Josué Medina M.
Si la Shoá fuera únicamente un tema judío, el mundo quizá podría darse el lujo de dejarla atrás. Pero no lo es. Y precisamente ahí comienza la incomodidad.
Dejar de estudiar la Shoá —“catástrofe”, en hebreo— no implicaría simplemente una pérdida futura: significaría reconocer una pérdida que ya ocurrió. Como humanidad, hemos demostrado —una y otra vez— nuestra incapacidad para aprender de nuestros propios abismos. El genocidio en Camboya (1975–1979), con cerca de dos millones de víctimas; el genocidio de Ruanda (1994), donde en apenas cien días fueron asesinadas aproximadamente 800.000 personas; y la masacre de Srebrenica (1995), en la que fuerzas serbobosnias ejecutaron a más de 8000 hombres y niños musulmanes en un enclave supuestamente protegido por la ONU, no son episodios aislados. Son la confirmación de que el problema no es una anomalía histórica, sino una falla estructural en la forma en que asumimos la responsabilidad humana, política y moral.
Con frecuencia surge la pregunta “¿Para qué seguir hablando de esto?”. Lo llamativo es que, en muchas ocasiones, quien formula esta pregunta no posee un conocimiento profundo del tema, ni tiene argumentos sólidos para respaldar su cuestionamiento. Más que cansancio histórico, lo que aparece es un mecanismo humano ampliamente estudiado: la disonancia cognitiva —descrita por el sicólogo estadounidense Leon Festinger en 1957—, que opera como una forma de defensa frente a aquello que incomoda. Cuando el conocimiento entra en conflicto con la imagen que tenemos de nuestra propia bondad o capacidad moral, tendemos a evitarlo. Nos convencemos de que no seríamos capaces de cometer tales crímenes y, por tanto, de que no necesitamos confrontarlos. Sin embargo, ¿cómo aspirar a ser mejores si eludimos los peores fracasos del pasado?
Centro Memorial y Cementerio de Potocari en Srebrenica, Bosnia-Herzegovina
(Foto: EFE/EPA)
Recordar la Shoá no es un ejercicio anclado en la nostalgia ni una insistencia estéril en el dolor. Es un acto profundamente de humanidad que interpela al presente y sostiene un imperativo ético frente a nuestra sociedad. Fue necesario acuñar el concepto de genocidio —propuesto en 1944 por el jurista Raphael Lemkin y posteriormente definido por la ONU—, porque no existía jurisprudencia para nombrar lo ocurrido. No fue una guerra más ni una persecución más: fue el uso planificado y consciente del aparataje del Estado para destruir grupos humanos específicos, entre ellos judíos, pueblos romá, personas con discapacidad, prisioneros de guerra soviéticos, homosexuales, disidentes políticos y opositores al régimen. Aquello que no puede ser nombrado tampoco puede ser juzgado; y lo que no se juzga queda peligrosamente disponible para repetirse. La historia, lamentablemente, lo confirma hasta hoy.
Lo que más incomoda hoy no es solo el crimen en sí, sino el espejo que nos coloca delante. Resulta más sencillo acusar al pasado que reconocernos en mecanismos que siguen vigentes: el lenguaje que deshumaniza, la propaganda que simplifica al “enemigo”, la obediencia que se disfraza de neutralidad y, sobre todo, la indiferencia activa de quienes deciden que “esto no es conmigo”.
Recordar es comprender que el exterminio no comenzó directamente en las cámaras de gas, sino que fue el resultado de una escalada progresiva de violencia que involucró a diversos grupos humanos, hasta desencadenar el horror que hoy conocemos como la Shoá. Esta violencia se manifestó desde los primeros asesinatos sistemáticos, y las señales que podrían haberse previsto ya estaban presentes en las acciones iniciales del régimen nazi, indicando la brutalidad que se avecinaba.
Antes de que comenzara la guerra a gran escala, los primeros asesinatos sistemáticos organizados por el Estado nazi no se dirigieron a los judíos, sino a los propios ciudadanos alemanes con discapacidades físicas y mentales. Bajo el programa Aktion T4 (1939–1941), médicos y enfermeros supervisados por las SS utilizaron cámaras de gas experimentales y furgones de monóxido de carbono para asesinar a los considerados “indeseables”. Este programa no solo marcó el inicio del asesinato sistemático, sino que también perfeccionó técnicas de gaseamiento que luego se aplicarían en los campos de exterminio.
Tras la invasión de Polonia en 1939 y, especialmente, la de la Unión Soviética en 1941, aparecieron los Einsatzgruppen, unidades móviles de matanza compuestas por miembros de la SS, la Policía de Seguridad (Sipo) y la Policía del Orden (Orpo). Su tarea principal, en coordinación con la Wehrmacht era reunir y fusilar a judíos, romás y comisarios comunistas para sepultarlos en fosas comunes. Por ejemplo, el Einsatzgruppe C operó en Ucrania, y se estima que estas unidades asesinaron a más de 1,5 millones de personas antes de que las cámaras de gas fijas se convirtieran en el método principal.
Durante mucho tiempo se intentó mantener el mito de que el ejército alemán “solo peleaba la guerra” y no participaba en las masacres. Sin embargo, la evidencia histórica demuestra que soldados de la Wehrmacht apoyaron logísticamente a los Einsatzgruppen y participaron directamente en ejecuciones masivas de civiles en el frente oriental.
En los países ocupados, especialmente Ucrania, Lituania, Letonia y Polonia, grupos paramilitares locales y civiles participaron en pogromos y ejecuciones. Motivados por el antisemitismo local o el miedo, ayudaron a identificar, capturar y asesinar a sus vecinos judíos incluso antes de que los nazis establecieran un control total. Un ejemplo es el pogromo de Jedwabne, Polonia, en 1941, donde la comunidad local asesinó a decenas de sus vecinos judíos.
Resulta más sencillo acusar al pasado que reconocernos en mecanismos que siguen vigentes: el lenguaje que deshumaniza, la propaganda que simplifica al “enemigo”, la obediencia que se disfraza de neutralidad y, sobre todo, la indiferencia activa de quienes deciden que “esto no es conmigo”
Es entonces cuando una sociedad decide que la memoria es opcional, pierde algo más que datos históricos: pierde orientación moral. El olvido nunca es neutral; siempre beneficia a alguien, y jamás autoriza a reescribir el dolor ajeno ni a acomodar la historia según la conveniencia del presente. Sobrevivir no fue el desafío más difícil. Lo verdaderamente arduo fue reconstruir una vida sin mentirse, asumir una memoria que duele y, aun así, vivir con conciencia y dignidad.
Mantener viva la memoria de la Shoá implica enfrentar ese recuerdo punzante y asumir la responsabilidad colectiva de educar y advertir a las generaciones presentes y futuras. Por esta razón, la trasmisión del pasado —a través de la educación, el diálogo y la música— se convierte en un acto de resistencia. La música, en particular, posee una capacidad singular para sostener lo humano cuando las palabras se agotan: no pretende explicar ni justificar, pero acompaña y recuerda, preservando en su sonido la dignidad de la memoria.
La pregunta que nos atañe respondernos es ¿qué tipo de seres humanos queremos ser frente a la injusticia y el sufrimiento? Tratar la Shoá como un hecho ajeno nos permite delegar el compromiso, evitar la incomodidad y empobrecer nuestra propia humanidad. La Shoá se conecta con otros genocidios, dictaduras y violaciones de derechos humanos por patrones recurrentes: deshumanización, propaganda, construcción de superioridad a partir del miedo y el silencio cómplice. El negacionismo y la distorsión histórica no son meras expresiones de ignorancia; son actos conscientes que buscan vaciar de sentido aquello que exige tomar postura.
Decir “nunca más” hoy no puede reducirse a una consigna compartida en redes sociales. Implica oponerse, desde la propia trinchera —sin excusas de origen, religión o contexto—, a toda forma de deshumanización, incluso cuando no nos afecta directamente. La pregunta final no es qué tipo de pasado recordamos, sino qué tipo de sociedad construimos cuando recordar deja de ser una prioridad. No olvidar no es solo un derecho: es una responsabilidad.
La Shoá se conecta con otros genocidios, dictaduras y violaciones de derechos humanos por patrones recurrentes: deshumanización, propaganda, construcción de superioridad a partir del miedo y el silencio cómplice
La resiliencia de no olvidar consiste en negarse a permitir que el horror sea trivializado o silenciado. Consiste en comprender que la memoria no es un peso, sino un escudo. Al recordar a las víctimas de la Shoá, no solo honramos su memoria: reafirmamos nuestro compromiso con un futuro en el que el odio no tenga la última palabra.
Y para quienes creen que “ya basta con la Shoá”, queda una pregunta imposible de eludir: ¿hemos aprendido lo suficiente como para evitar que algo así vuelva a suceder? Porque todo aquello que no se revisa termina olvidándose, y todo lo que se olvida queda peligrosamente disponible para repetirse.
«Quien escucha a un testigo, se convierte en testigo«
Elie Wiesel
1 Comment
Excelente artículo, lástima que solo llegue a pocos. Muchas gracias por mantenernos dentro del “no olvidar”