Sami Rozenbaum
(Foto: CNN)
Israel celebra el 78 aniversario de su independencia, representando una de las trasformaciones nacionales más vertiginosas de la era moderna. En menos de ocho décadas, una nación nacida en la precariedad y el conflicto se ha consolidado como una potencia tecnológica, económica, cultural y militar de primer orden.
Se estima que Israel concentra hoy el 45% de la población judía del mundo. El número total de habitantes ha pasado de 806.000 en 1948 a 10.244.000, según la Oficina Central de Estadísticas. Es el país desarrollado que ostenta la tasa más alta de crecimiento demográfico con 1,4% anual y una tasa de fecundidad de 2,9 hijos por mujer, lo que lo convierte en la única nación avanzada que supera la tasa de reemplazo de 2,1. Por ello sigue siendo un país joven, con 27% de su población por debajo de los 14 años de edad. Debe destacarse que estas tasas caracterizan tanto a la población judía secular como a la de los haredim y los musulmanes.
En el último año han arribado al país 21.000 inmigrantes, a pesar de la tensa situación de seguridad, aunque por otra parte miles de israelíes han decidido radicarse en el exterior.
Tel Aviv, fundada apenas en 1909, es una de las principales metrópolis del Mediterráneo
Otro dato divulgado por la OCI es el nivel de satisfacción de la población israelí: 66% afirman sentirse satisfechos con su situación económica, 83% con su salud (que califican como “buena” o “muy buena”), 96% en su relación con los miembros de su familia, y un asombroso 91% dice estar satisfecho con su vida en general. El informe sobre “felicidad” de la ONU (World Happiness Report) coloca a Israel en el octavo lugar mundial para este año 2026. Tales cifras explican, en buena parte, la alta tasa de natalidad del país.
Parque tecnológico de Israel (“Silicon Wadi”), que incluye las plantas de producción de Hewlett-Packard, Micron e Intel (Foto: La Vanguardia)
El logro más visible de Israel es su metamorfosis de una economía agrícola a uno de los núcleos más importantes de la innovación global, que invierte más del 4% de su PIB en investigación y desarrollo, la proporción más alta del mundo. También encabeza al planeta por la cantidad de ingenieros: 140 por cada 10.000 trabajadores.
Con la mayor densidad de start-ups per cápita del mundo, Israel ha redefinido sectores enteros. Empresas tecnológicas locales, sumadas a las sedes israelíes de firmas como Intel, Google, IBM y Nvidia, son los principales motores de la economía.
El desarrollo de sistemas como Cúpula de Hierro (Iron Dome) y el más reciente Rayo de Hierro (Iron Beam, tecnología láser) no solo protegen su territorio, sino que han posicionado a Israel como exportador líder de sistemas avanzados de seguridad.
En el último año el país ha dado un salto cualitativo, al lanzar centros binacionales de computación cuántica e inteligencia artificial, consolidando su soberanía tecnológica en la llamada Cuarta Revolución Industrial.
A pesar de los desafíos geopolíticos, la economía israelí ha demostrado una robustez extraordinaria. En 2026, Israel mantiene un PIB per cápita superior a los 60.000 dólares, situándose por encima de muchas naciones de Europa Occidental.
La diversificación ha sido clave: de las naranjas “Jaffa” a la talla de diamantes, y de ahí al software y la biotecnología. Además, el descubrimiento y explotación de yacimientos de gas natural en el Mediterráneo (como Leviatán y Tamar) han trasformado a Israel de un país energéticamente dependiente a exportador de energía, fortaleciendo sus lazos estratégicos con Egipto, Jordania y Europa.
Israel ocupa el puesto 27 en el Índice de Desarrollo Humano, dentro de la categoría “muy alto”, y el octavo lugar en el informe sobre felicidad de la ONU
A pesar de las guerras de los últimos años, en las cuales Israel ha debido enfrentar varios frentes simultáneamente (incluyendo a la potencia militar iraní), la economía ha seguido creciendo. La bolsa de Tel Aviv alcanza niveles históricos, y el shékel se ha revaluado hasta acercarse a la tasa de 3 por dólar estadounidense; paradójicamente, esto último entraña riesgos para las exportaciones y el turismo.
La revista The Economist calificó a la economía de Israel como la tercera con mayor desempeño en 2025, destacando su rápida recuperación tras la guerra de Gaza.
Cultivo de flores en el kibutz Nir Itzjak
(Foto: archivo NMI)
Israel ha logrado lo que parecía imposible: revertir la desertificación. A través de la desalinización avanzada (que proporciona el 80% del agua potable del país), un eficaz reciclaje hídrico y el riego por goteo, Israel es hoy una autoridad mundial en gestión del agua.
Por otra parte, más de cien años de siembra sistemática han reverdecido buena parte de un territorio que a principios del siglo XX se encontraba en el abandono.
Este liderazgo se extiende a la seguridad alimentaria. Sus innovaciones en agricultura de precisión permiten cultivar en condiciones extremas, una tecnología que Israel comparte con naciones en desarrollo a través de su agencia de cooperación, Mashav.
Hospital universitario Hadassah Ein Kerem en Jerusalén
(Foto: archivo NMI)
El sistema de salud israelí, digitalizado mucho antes que en la mayoría de los países desarrollados, es un referente global. Sus logros más destacados incluyen:
Como resultado de todo esto, Israel posee una de las expectativas de vida más altas del mundo: 85,7 años en las mujeres y 81,7 años en los hombres, para un promedio de 83,8 años, niveles que están entre los más altos de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, el llamado “club de los países avanzados”).
En cuanto al Índice de Desarrollo Humano, la última evaluación (2023) dio un valor de 0,919, lo que lo coloca en el puesto 27 del planeta, dentro de la categoría “muy alto”. Uno de los elementos para este logro es la alta tasa de escolaridad, con 15 años de educación en promedio.
La nueva sede de la Biblioteca Nacional de Israel en Jerusalén, una de las más importantes del globo por el inestimable valor de sus colecciones
(Foto: Wikimedia Commons)
La sociedad israelí es un mosaico vibrante. El país ha integrado exitosamente a millones de inmigrantes de más de 100 países, desde la antigua Unión Soviética hasta Etiopía. Este «crisol» ha generado una rica escena cultural. Numerosos escritores y cineastas israelíes han ganado premios internacionales, y muchas películas que narran la complejidad de la experiencia israelí han sido nominadas a premios como el Oscar, los Globos de Oro, el Bafta y en numerosos festivales europeos.
En el año 2024 se editaron en Israel 6928 libros nuevos, lo que lo mantiene como uno de los primeros países en el mundo en libros publicados por habitante. También es el primer país del mundo en cuanto a la cantidad de museos per cápita, con un total que supera los 200, en campos que van desde la historia y el arte hasta la ciencia y tecnología, pasando por las instituciones que conmemoran la Shoá.
Hasta 1967, Israel estaba incompleto. El Kótel es el corazón espiritual de la nación judía
Israel llega a sus 78 años enfrentando retos significativos en seguridad y cohesión social, pero con una base de logros que parece incluso desafiar la lógica histórica. De ser un proyecto de mera supervivencia en 1948, se ha convertido en un motor esencial del progreso global. La historia de Israel es, en última instancia, la historia de cómo la inversión en capital humano y la creatividad bajo presión pueden trasformar un territorio pequeño y árido en un faro de innovación para el siglo XXI.
El primer y más audaz paso hacia la paz se dio en 1979 con la firma del tratado entre Israel y Egipto. Tras décadas de guerras sangrientas, el primer ministro Menajem Beguin y el presidente Anwar el-Sadat firmaron un acuerdo que devolvió la península del Sinaí a Egipto a cambio de reconocimiento diplomático y paz duradera. Este tratado rompió el tabú árabe de «no paz, no reconocimiento, no negociación».
Posteriormente, en 1994, se firmó el tratado de paz con Jordania. Este acuerdo no solo aseguró (en teoría) la frontera más larga de Israel, sino que estableció la cooperación en temas de seguridad, agua y comercio.
La historia de Israel es, en última instancia, la historia de cómo la inversión en capital humano y la creatividad bajo presión pueden trasformar un territorio pequeño y árido en un faro de innovación para el siglo XXI
El conflicto palestino-israelí sigue siendo un reto abierto. Los Acuerdos de Oslo de 1993 y 1995 crearon muy altas expectativas, pero el terrorismo frenó su implementación. El resultado concreto fue la creación de la Autoridad Nacional Palestina, que asumió un autogobierno en Judea, Samaria y la Franja de Gaza, como base para una posible solución de dos Estados, lo cual hoy en día luce más lejano que tres décadas atrás, después de que el grupo terrorista Hamás tomó el control de Gaza y la ANP sigue fomentando el terrorismo a través del sistema “pago por matar” y un sistema educativo que promueve el antisemitismo.
El mayor logro diplomático del siglo XXI para la región han sido los Acuerdos de Abraham de 2020, por medio de los cuales se normalizaron las relaciones de Israel con los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos, a los que posteriormente se sumó Sudán. Azerbaiyán, otro país de mayoría musulmana, ha indicado su disposición a unirse a estos acuerdos de normalización diplomática.
A diferencia de los acuerdos con Egipto y Jordania, calificados como de “paz fría”, los Acuerdos de Abraham se basan en una «paz entre pueblos» que fomenta el turismo, la inversión tecnológica y la cooperación en defensa ante amenazas comunes. Así, en este siglo Israel ha dejado de ser un país paria en la región para integrarse a una arquitectura de seguridad regional, en la que las naciones sunitas lo ven como un aliado en lugar de un adversario.