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VIDA RELIGIOSA

Por: Chaim Raitport
Rabino de la Unión Israelita de Caracas
rabinoraitport@gmail.com

El templo subterráneo

N uestros sabios dicen que cuando el rey Salomón construyó el sagrado templo, sabía que estaba destinado a ser destruido. Planificó un lugar en el cual ocultar el arca, al final de profundos y serpenteantes pasadizos ocultos. Fue allí donde el rey Josías colocó el arca, veintidós años antes de la destrucción del templo, tal como lo relata en la Biblia en el “Libro de crónicas”.

El templo de Jerusalén fue construido por el rey Salomón en el año 2928 de la creación (833 a.e.c.), y destruido 410 años más tarde, el 9 de Av, por los ejércitos del emperador babilonio Nabucodonosor. Setenta años más tarde fue reconstruido; el segundo templo se mantuvo durante 420 años, hasta su destrucción por los romanos, también el 9 de Av, en el año 3829 (69 e.c.). Desde ese entonces, el 9 de Av ha sido un día de ayuno y arrepentimiento, un día en el que lloramos la destrucción y oramos por la llegada del Mashíaj. Entonces el tercer y último templo será restaurado como el epicentro de la divinidad en el universo.

El sagrado templo era la casa de Dios, el lugar que él escogió para manifestar su verdad que todo lo penetra. ¿Cómo entonces pudo haber sido destruido por humanos? Solo porque la propia estructura del templo permitía tal posibilidad. Es el significado más profundo el hecho de que el rey Salomón construyera el templo, sabiendo que estaba destinado a ser destruido e incorporado a él un refugio para el arca previendo tal eventualidad. De no haberse construido con el conocimiento y la previsión de lo que iba a suceder el 9 de Av, ningún mortal hubiera podido mover de su lugar una piedra del templo.

El hecho de que el escondrijo del arca fuese construido desde el principio, tiene también otra implicación: significa que el primero, segundo y tercer templo no son tres estructuras diferentes, sino la continuidad de una única edificación.

El arca contenía las dos tablas de piedra con los Diez Mandamientos inscritos por la mano de Dios que Moisés bajó del Monte Sinaí. Era el objeto más sagrado y el único en la cámara más interior del templo: el santo de los santos. De hecho, nuestros sabios definen que la función principal del sagrado templo era ser la carcasa del arca. Este arca constituía el lugar de descanso de la Shejiná (presencia divina). De este modo, la cámara subterránea construida por Salomón es mucho más que otra parte del templo. El hecho de que se construyera con el propósito expreso de contener el arca significa que está íntimamente ligada con el santo de los santos, el corazón del templo y su razón de ser.

Lo mencionado mantiene su validez por el hecho de que el arca se ha mantenido en esa cámara desde el momento en que fue colocado allí por Josías, veintidós años antes de la destrucción del primer templo, y hasta el presente. Ello significa que durante los 420 años del segundo templo, el arca no se encontraba en el santo de los santos, pero sí en la cámara subterránea. Si la función más fundamental del templo es albergar el arca, ¿cómo puede existir un sagrado templo sin el arca? Además, en el momento en que Josías la ocultó, no había ninguna amenaza sobre el templo o la soberanía judía sobre Jerusalén; solo el conocimiento profético de que el templo estaba destinado a ser destruido. Si la esencia del templo hubiese sido negada por el traslado del arca al subsuelo, ello ciertamente no se habría hecho hasta el momento en que realmente hubiese el peligro de que cayese en manos enemigas. Obviamente, entonces, el escondite subterráneo del arca es parte del templo, y un lugar tan válido para el arca como el santo de los santos.

En otras palabras, el santo templo fue inicialmente diseñado y construido para existir en dos estados: uno revelado y otro oculto. En consecuencia, había dos lugares designados para el arca. La porción correspondiente al santo de los santos, y la cámara oculta al final de profundos pasadizos serpenteantes. En su estado revelado, el sagrado templo era un faro de la luz divina, un lugar donde el hombre, abiertamente, percibe y experimenta la presencia divina. En su estado oculto, la revelación divina en el templo está silenciada o casi completamente oscurecida. Pero el tiempo que el templo albergue el arca, continuará sirviendo como la morada de Dios en la tierra.

En los veintiocho siglos desde que fue construido por primera vez, el templo nunca ha dejado de cumplir su función fundamental como asiento de la presencia divina. Hubo momentos en los que su estructura se percibió con toda gloria, en lo alto del Monte del Templo en Jerusalén; hubo también tiempos en que se encontraba disminuida (como en la época del segundo templo), y tiempos en que fue destruida casi en su totalidad. Sin embargo, una cierta parte del sagrado templo nunca ha sido perturbada, y su corazón nunca ha dejado de latir. Cuando el tercer templo sea construido, pronto en nuestros días, y el arca restaurada a su cámara en el santo de los santos, no ocurrirá en un nuevo edificio, o incluso en una reconstrucción, sino una revelación y reafirmación de lo que ha estado presente siempre.

“Debido a que hemos pecado delante de ti, nuestra ciudad fue destruida, nuestro santuario asolado, nuestra grandeza expulsada, y la gloria se apartó de nuestra casa de la vida; ya no somos capaces de cumplir con nuestros deberes en tu casa elegida, en la grandiosa y santa casa sobre la cual se proclama tu nombre”.

A medida que estas líneas expresan la susceptibilidad del templo a la destrucción, es en el nivel más básico algo negativo. Debido a que Dios sabía que podríamos demostrarnos indignos de su presencia en nuestras vidas, instruyó a que el sagrado templo se construyera de manera que permitiese períodos de disminución y ocultamiento.

Pero nuestra vulnerabilidad al pecado no es más que la trama impresionante sobre los hijos de los hombres por parte de la divinidad. Dios nos creó con la capacidad de hacer el mal solo para permitirnos descubrir la mayor luminosidad que proviene de la oscuridad, para permitirnos explotar el deseo de nuestros instintos más bajos, para impulsarnos a nuestros logros más elevados. Mucho puede lograrse mediante el desarrollo virtuoso de nuestro potencial positivo, pero nada se compara con el fervor del pecador arrepentido, con la pasión de quien se ha enfrentado a su yo más oscuro para retroceder en busca de la luz. Ningún hombre puede buscar la vida con la intensidad de quien huye de la muerte.

Durante siglos, el templo ha permanecido desolado, su esencia se contrajo a una cámara subterránea. Sin embargo, su terrible descenso es el impulso para un mayor ascenso; aun mayor de lo que resplandeció el templo en sus dos encarnaciones.

Las rutas de acceso a esta cámara están ocultas, son profundas y sinuosas. No es el camino recto y verdadero de los justos, pero sí el camino tortuoso furtivo de los retornados (baaléi teshuvá): un camino que se hunde hasta el fondo de su alma para liberar las más potentes fuerzas contenidas en ella.

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