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OPINIÓN

El camino de la legitimidad de Hamás: ¿qué nos perdimos?

Gastón Saidman*

L a mañana del viernes 15 de junio de 2007, las calles de Gaza vivieron un revuelo que cambió la realidad política palestina. Este suceso se basó en el conflicto que desde 2006 se vivía en la Franja de Gaza entre dos bandos, al-Fatah y Hamás.

La rivalidad entre estos grupos nació ya en la década de los 80 y se fue desarrollando con el trascurso de los años, pero ese viernes algo sucedió frente nuestros ojos: dicha organización, que hasta el momento era considerada un grupo terrorista, comenzó a tomar posiciones significativas, como el control de la principal carretera norte-sur y la carretera de la costa de Gaza.

Aunque en 2006 Hamás ganó las elecciones, eso no fue obstáculo para sus opositores de al-Fatah, quienes comenzaron una ola de eventos agresivos con la intención de despojarlos del poder. Este conflicto duró hasta 2007, y para nuestra sorpresa terminó con la victoria de Hamás, que no solo ya tenía sus raíces en el gobierno sino que ahora se consideraba una fuerza militar frente a la cual Fatah no se preparó, o mejor dicho, subestimó al igual que el resto del mundo.

La historia de Hamás es el típico caso en que el mundo occidental no quiso ver cómo se fue fortaleciendo, y por no tener en cuenta ciertos aspectos de su comportamiento dentro de la comunidad palestina, no supo descifrar lo que se estaba desarrollando dentro de la misma.

Para empezar, promocionada por los Hermanos Musulmanes, Hamás creó dentro de las mezquitas la llamada institución Dawa, que tiene como objetivo introducir a la comunidad musulmana a la predicación a través de diversas actividades en el marco social, de educación, bienestar, caridad y deporte. La primera institución Dawa llegó a Gaza a principios de los años 1970, y entre sus primeros alumnos y activistas voluntarios que lograron cautivar se encontraba Áhmed Yasín, quien 15 años más tarde sería el líder e imagen espiritual de la famosa organización terrorista en cuestión, Hamás.

Bajo la misma doctrina de Dawa, Áhmed Yasín creó en el campamento de refugiados Shati, localizado al norte de la Franja de Gaza, una institución a la cual llamó “Centro Islámico” y que no tardó mucho en consolidarse, ni se le dificultó recibir apoyo económico por parte de los Hermanos Musulmanes y miembros de la misma organización que residían en Europa y Estados Unidos.

Hoy en día, Hamás sigue expandiendo su influencia de la misma manera astuta, lenta, planificando su estrategia, hasta el punto que la misma ONU creó una comisión para analizar si se debe considerar o no a esta organización como terrorista

En los años 80 y principios de los 90, Israel y el resto de las potencias occidentales aportaron al desarrollo del Centro Islámico, otorgándole un estatus legal. La fantasía era que de esta manera podrían ganar en dos terrenos: primero, conseguir que dicho centro asumiera la responsabilidad dentro de los sectores más débiles en la sociedad, y un reemplazo a la organización que en su momento era considerada una amenaza, la OLP. Entre los factores que fortalecieron al Centro Islámico estuvo la indiferencia del mundo cuando este tomó el poder de la Universidad Islámica, la misma fundada por Yasser Arafat, que representaba su más grande orgullo.

Quien fuera el ministro de Seguridad de Israel en su momento, el difunto Itzjak Rabin, solía reunirse en sus oficinas de Tel Aviv con representantes del Centro Islámico. A estas reuniones también se incorporaban militares de alto rango, los cuales, como Rabin, veían en este Centro una alternativa positiva con la cual podrían cooperar en el futuro.

Por el año 1988, mientras ya comenzada la primera Intifada de la mano de Hamás, Mahmud az-Zahar, miembro del Centro Islámico, siguió frecuentando la oficina de Rabin con el objetivo de derivar inversiones israelíes a los medios públicos palestinos utilizando al Centro Islámico como mediador. Israel no se percató de que realmente estaba fomentando la violencia en el suelo palestino. Meses después de estas reuniones, el mismo Centro Islámico declaró su convención junto a Hamás, pidiendo la destrucción de Israel.

Debemos recordar que el Centro Islámico, cuyos miembros se convertirían más tarde en parte orgánica de Hamás, nació de las clases sociales que representaba el sistema Dawa, siendo ya una sólida organización representante, por llamarla de alguna manera, del pueblo palestino. Hamás trabajó desde las escuelas, hospitales y mezquitas, que con el tiempo utilizó como escudo en sus enfrentamientos con Israel, y llegado el conflicto surgió el dilema de si atacar o no; Israel tuvo siempre que tener en cuenta, como país y ejército moral, cómo mantener una guerra infligiendo el menor daño a la población palestina. Esto llevó a diversos gobiernos israelíes hasta a evitar seguir atacando, pero ello fue percibido desde otro punto de vista. Esta actitud fortaleció a Hamás, que utilizó a su favor la vista gorda del mundo para poder trabajar libremente, dejando bien claro que esa fue una libertad que le dio el mundo occidental al no querer ver hasta dónde podía afectar su accionar.

Hoy en día, Hamás sigue expandiendo su influencia de la misma manera astuta, lenta, planificando su estrategia, hasta el punto que la misma ONU creó una comisión para analizar si se debe considerar o no a esta organización como terrorista. ¿Cómo podríamos alertar al mundo? ¿Cómo frenar el hecho factible de que de aquí a 20 años Hamás tenga oficialmente sucursales en otras partes del mundo? Quizá ya estén comenzando su camino.

Fuente: Aurora. Versión NMI.

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