Mi padre, Zharie Copel Ripstos (Lalo para los amigos) nace el 19 de enero de 1941 en Iași, Rumania, en el seno de una familia judía tradicional (no religiosa) de clase media y bien asentada en la sociedad rumana. Tenía un hermano dos años mayor, Shabtai (Charly), y muchos familiares. Su papá, mi abuelo (de quien llevo el nombre Iosef) era el menor de ocho hermanos, y su mamá, mi abuela Klara, era la penúltima de siete.
Para el año de 1941 eran los peores momentos de la Segunda Guerra Mundial, y más aún en Rumania, los pogromos y persecuciones estaban a la orden del día. En una de esas redadas se llevaron a mi abuelo, junto a su papá y cuñado (hermano menor de mi abuela). Era el verano de 1941, mi papá contaba con escasos seis meses de vida cuando quedó huérfano de padre, pues este se asfixió en un tren, de esos mismos vagones donde trasportaban ganado; su cuerpo debió ser arrojado fuera del tren y nunca fue encontrado. Su abuelo y tío si lograron salvarse.
Terminó la guerra en 1945, y hasta 1951 permanecieron en Rumania bajo la tutela del Ejército Rojo comunista, hasta que lograron conseguir un visado para emigrar a Éretz Israel; papá contaba con 9 años de edad. Él me contaba que las autoridades rumanas (o rusas) se burlaban de ellos, diciéndoles que “se iban a un país donde no había nada”, que Ben Gurión les daría (irónicamente) de todo, y que se iban del paraíso socialista que sí les garantizaba algo.
Llegaron en barco a Israel, y efectivamente las condiciones no eran mejores que en Rumania. Durmieron en un campamento de carpas donde las colchonetas estaban llenas de pulgas y otras plagas. Comían un solo huevo a la semana. Mi abuela, viuda desde los 31 años, trabajó limpiando casas y se las ingenió para salir adelante con dos varones pequeños; los inscribió en un internado, donde en el día estudiaban y el resto de la jornada hacían todo tipo de labores al estilo kibutz.
Mi papá, no siendo sabra, sabía a la perfección la gramática hebrea, historia y Biblia. Para esos años hablaba rumano, idish y hebreo fluido. Estuvo en dicha escuela hasta los 16 años, cuando culminó los 12 años de escolaridad, y recibió una invitación de un hermano mayor de su papá (Marcel Copel) a París. Este tío había salido de Rumania mucho antes de la guerra y se estableció en Francia, donde se graduó de médico y tuvo a su familia.
Era el año 1958, Mundial de Fútbol en Suecia la sensación del momento, el Brasil de Pelé y la Francia de Fontaine. Desde entonces nació la pasión de mi papá por el fútbol, que a mis 4 años de edad me trasmitió hasta la fecha, específicamente por el fútbol holandés.
Papá estuvo dos años en París estudiando francés, y trabajando en la sala de operaciones de la clínica de su tío. Le ofrecieron estudiar Medicina y trabajar como médico en la clínica familiar, pero decidió renunciar a esa oportunidad de oro y regresarse a Israel para cumplir con el servicio militar obligatorio a los 18 años recién cumplidos. Era una manera de retribuir todo lo que le había dado la naciente nación a su llegada de la posguerra.
Cumplió el servicio de tres años, del cual siempre se sintió orgulloso, feliz, y rememoraba los momentos únicos que vivió y que lo prepararon para la vida futura, según él mismo relataba.
Al salir del ejército se dedicó a varias labores, pero la que más desarrolló fue una modesta carrera artística cantando y actuando en teatros. Llegó a participar como extra en la película Kazablán junto a Yehoram Gaón, entre otros afamados artistas israelíes.
Entrados los años 60, Israel estaba sumido en una crisis económica y política y se le hacía difícil, como joven, poderse mantener. Así que decidió contactar nuevamente a los Copel de París, y se radicó allí por unos cinco años. Para mediados de esos años 60, su mamá, hermano y otros tíos maternos deciden dejar Israel y se trasladan a Chile, país al cual mi papá llega en 1968 y permanece en Santiago hasta principios de 1973, por la situación crítica del gobierno socialista de Allende. Todos salen rumbo a Costa Rica, luego Panamá, y finalmente, después de buscar en el mapa durante meses a dónde ir, llegan a Venezuela en julio de 1973, país en el cual permaneció 52 años de su vida, siendo en el que más tiempo residió.
Aquí en Caracas hizo su vida, trabajó en infinidad de empleos. El que recordaba con más cariño fueron los casi 15 años que estuvo a cargo de la cantina no láctea del Colegio Moral y Luces en San Bernardino, luego trasladada a la del Liceo en Hebraica. “Hoy no se fía, mañana sí”, era una frase que compartía con sus alumnos por sus cachitos de chocolate, mini-pizzas y sándwiches de pavo, entre otras creaciones personales.
Conoció a mi mamá, Mijal Goldstein-Rath, por un blind date que les prepararon en Hebraica, y luego de cuatro meses se casaron, permaneciendo juntos por más de 45 años; yo fui el único fruto de esa unión.
Papá tenía mucha ilusión por pasar sus últimos años en Israel; de hecho estábamos organizando la mudanza, pero los eventos del 7 de octubre de 2023 truncaron esa posibilidad, dadas las condiciones físicas y de salud que no le permitían estar en un escenario bélico. El destino quiso que, así como cuando llegó a Venezuela hace 52 años se residenció en San Bernardino, también sus últimos dos meses de vida los pasó en esa urbanización que tiene tanta historia en nuestra kehilá.
Querido papá, gracias por todo lo que me diste y por quien fuiste, que tu alma se eleve y logres el descanso eterno. Siempre te recordaré y extrañaré tu risa contagiosa, gran sentido del humor y amor por la vida. Descansa en paz.
Tu hijo Joel
2 Comments
Bellísimas y sentidas palabras, que nos dejan ver que su rol como padre fue muy bueno; Lalo es un recuerdo de la vida de muchos de nosotros, los mejores cachitos de chocolate del mundo, aunque la cola nos llevará el recreo lo valía! Que descanse en paz, y que su memoria sea una bendición …
Hola Solange, agradecido por tus palabras. Hace poco me contaron un anécdota de un muchacho que llevaba una bolsita vacía, para llenarla de la salsa rosada que hacía mi papá y así disfrutarla en su casa. Un abrazo.