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    Especial

    “Y no le dije nada”

    Published by Yossi Bentolila on 6 febrero, 2026
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    Lea Chocrón de Bentolila

    Esta breve ficción de Lilian Chocrón de Bentolila clasificó en el Concurso Internacional de Cuento “Renacer después de la tormenta”, organizado por Editorial Luminaria. Tras evaluar los 867 relatos recibidos, la editorial lo incluyó entre los 41 que “despertaron el interés y la valoración del jurado. Alcanzar esta instancia representa un reconocimiento significativo a la crudeza y honestidad de tu propuesta narrativa”, indicó el comité evaluador, que le asignó un puntaje de 97/100.

    En NMI lo reproducimos para darlo a conocer en la comunidad

    Aún estábamos en la faena de las tareas de la escuela, acaecía la tarde, era casi la hora de retirarnos a ducharnos, cenar y jugar un rato. Sacamos los juegos de mesa que nos compró mamá, sobre todo nos encantaba el Monopolio; lo descartamos porque era complicado, y Orlandito muy pequeño para jugarlo. Optamos por un jueguito de dominó con piezas de cartón que cruzaba números con letras, más acorde a su edad.

    Mi mamá se ausentó por unas horas, nada muy largo, tampoco supimos ese día ni nunca el motivo de su salida. Nos pareció divertido quedarnos solos jugando y, ya sabes, inventando tremenduras que nos gustan hacer a los niños cuando mamá sale.

    Nuestra casa no era muy grande, más bien pequeña, la salita, la cocina, el cuarto de mamá y papá y el cuarto de los niños, nuestro lugar preferido. Tenía 3 camas. Una litera donde dormíamos mi hermana y yo y una camita pequeña más pegada a la ventana para Orlandito. A pesar de lo pequeño del dormitorio, la ventana lucía grande, más bien en las noches la cerrábamos porque entraba mucho frio y temía que entraran pájaros. Tenía recurrentes sueños, más bien pesadillas, con aves negras, murciélagos y cuervos que entraban a medianoche por esa ventana y se posaban sobre mi almohada; justamente me había sucedido en esa semana, así que le dije a mi mamá: “Deja esa ventana cerrada”.

    Mi mamá se despidió aceleradamente de nosotros mientras escuchábamos sus tacones cada vez más lejos hasta que, escaleras abajo, pisó la calle. Vivíamos en un tercer piso.

    Mientras jugábamos el dominó, veía la ventana abierta y no podía dejar de recordar mis pesadillas. Me atormentaban esos animales negros que entraban aleteando fuerte y se posaban al borde de mi cama, luego caminaban de puntillas, como quien quiere que no lo escuchen en la noche, seguían despacio sobre mi colcha hasta llegar a mi pecho. Yo procuraba quedarme petrificada. Mi mamá siempre nos había dicho que, si alguna vez nos atacaba una serpiente o un animal salvaje, “quédense tiesas” y el animal se escabulliría sin atacarnos. Pero ¿cómo paralizar mi corazón?, seguro que ese pájaro lo sentía, eran mis latidos a punto de estallido nuclear debajo de mi frazada. Arqueando mis pupilas, veía cómo este bailaba sobre mi pecho y mi miedo crecía. Luego lo miraba de nuevo, sus garras avanzaban y se posaban sobre mi almohada. Así me despertaba cada noche sudando y con el cerebro fatigado.

    Me sentía esclava de esos sueños anuladores. No lograba soltarlos. Amarrada de miedo a ellos.

    Nunca le había contado a mamá que tenía pesadillas o malos sueños y que me despertaba sobresaltada, presentía malos presagios. Eran unos pájaros espantosos, más que pájaros a veces parecían los dragones de Avatar. Yo tenía apenas 6 años, pero cómo atormentar a mi mama con más cosas. Malamente podía con su trabajo, la casa, atender a mi papá que salía de madrugada y regresaba hambriento y, a veces, gruñón. Con frecuencia, desde mi cuarto la escuchaba llorando, como un llanto desesperado y, entre gemidos silenciosos procurando que no la escucháramos, como quien está en un velorio y no quiere aumentar el dolor: murmuraba entre dientes “Ya no puedo más con esto, mucha carga”.

    Fue por eso que guardé en secreto mis pesadillas.

    “Irán desapareciendo cuando crezcas, Mari, fantasías de niña”, me decía Luisa, mi hermana mayor.

    El silencio reinaba en la casa. Al rato llego mi mamá, debió haberse demorado en sus diligencias, que repito, nunca supimos a dónde fue. Yo rezaba porque regresara para que cerrara esa ventana que me hacía recordar mis sueños que envenenaban mi alma.

    “Marisela, Luisa, Orlandito, llegué. Cuéntenme, ¿cómo les fue? ¿Terminaron sus tareas? Les dejé la merienda en la mesita de la cocina. La veo intacta. Por lo que veo se quedaron dormidos como siempre sin ducharse y sin ponerse el piyama”.

    “Mari, olvidé cerrar la ventana, tengo que disculparme contigo, sé que te afectan los ruidos de los carros y Luisita tose sin parar por el humo de los buses y de los camiones de basura. Ya paso a cerrárselas para que duerman tranquilas”.

    Mi mamá seguía hablándonos, mientras se descalzaba en la cocina y recogía la merienda que habíamos dejado dañar sobre la mesa. Apenas se veía un vasito de agua que Orlandito me había pedido de tanto que había sudado. Se bebió casi el vaso completo, y lo devolví a la cocina antes de que se quebrara y las astillas de los vidrios se le metieran en sus piececitos. Apenas tenía 3 años y mamá pidió que lo cuidáramos. Las gotas de sudor le seguían corriendo por la franela, era la misma de la guardería, que aún mamá no se la había cambiado por el piyama para dormir. Sus manitos lucían polvorientas, como el niño que regresa del patio de la escuela y se ha lanzado por el tobogán. Sus rulos castaños empapados, esos rulos que identifican a los niños preescolares y desaparecen en la Primaria.

    Orlando era terriblemente inquieto, más bien amorosamente inquieto. ¿Como se puede ser las dos cosas a la vez? 

    “Orlandito, para”, le pedí una y otra vez mientras veía que los sudores y sus cabellos enroscados seguían alborotándose cada vez más. Pensé que llegaría al cielo.

    “Orlandito, para”, le volví a repetir, mientras iba por otro vasito de agua. Esta vez de plástico. “No tomen en los vasos de vidrio” —nos advertía siempre mi mamá—. “Abran el armario de madera, allí hay vasos de plástico”. Mi mamá era muy ordenada a pesar del poco tiempo y de su agobio diario.

    Hoy a mi mamá se le olvidó algo por ordenar. La merienda la dejó preparada y sabíamos cómo resolver en casa, excepto cerrar la ventana. La lluvia solía golpear intensamente en los días de verano sobre sus cristales y, además de asustarnos con la tormenta y las gotas que sonaban como granizo sobre los grandes ventanales, el agua había oxidado sus rieles. ¡Imposible deslizarlos! sobre todo para mí, una niña de apenas 6 años. A Luisa no le importaba, quizás ella podría tener más fuerza, tenía 8, pero como no le daban miedo los pájaros nocturnos, ni se esforzaba. Aunque, a veces, le atacaba la tos del humo. Yo me asustaba mucho.

    El silencio se rompió, ya no reinaba en la casa como antes. No respondimos al saludo de mamá. No hizo falta, nuestros alaridos lo hicieron.  Luisa y yo estábamos tiradas en la cama de Orlandito. Luisa se había quedado sin habla. “Ororlanlandiditoto”, tartamudeaba. Yo por mi lado, con las uñas ensangrentadas del rasgado de mis mejillas, seguía gritando. Las dos agonizábamos asomadas a ese inmenso ventanal. Allí nos encontró mamá.

    Tirado en la calzada, casi irreconocible. Allí estaba. Se veía como de 2 y tenía 3 añitos. La sangre le cubría su carita, sus rizos aún mojados caían sobre ella. Lo detallamos, apenas se distinguían las insignias del preescolar en su franela. Si, era él.

    “¿Dónde está Orlandito? ¿Qué pasa aquí? Habla, Luisa. Marisela, te veo ensangrentada”.

    El llanto no nos permitía hablar. No hizo falta. Los chillidos de la calle exacerbaban el dolor de mamá. Desgarraba nuestras almas, mientras gritaba “¡la dejé abierta!”.

    “Orlandito para, Orlandito para. No le dije ‘bájate de la cama’”, pensé desconsolada.

    Recuerdo que, cuando regresé con el vaso de agua de plástico, Orlando no estaba. Luisa hiperventilaba, tartamudeaba y palpitaba de miedo; igual como sucedía cuando los pájaros de la noche se posaban sobre mi pecho. No sabía qué pasaba. Orlandito no estaba más.

    Meses después mamá nos dijo: “Debí haberme lanzado”.

    Mi hermana y yo hemos llorado mucho. Aún no hemos logrado pasar ese puente que dicen que se consigue, con tiempo, entre el dolor y la alegría. Mi mamá no se ha parado en 9 meses. Luisa y yo, sin poder vivir nuestro dolor, la hemos atendido. Mi papá se volvió más gruñón. A Orlandito lo recordamos cada día, pero sin llanto. Mamá no debe escucharnos.

    Y la culpa me atormentaba en silencio. Solía sentarme detrás de la puerta del baño a llorar sin consuelo. ¿Era Orlandito el de la calzada? Mi papá culpaba. Mi mamá culpaba. Yo culpaba a Luisa, era mi hermana mayor y NO HIZO NADA, yo tampoco. NO LE DIJE NADA.

    “Para, Orlandito”, pero no nos escuchó. Siguió brincando y brincando cada vez más alto. Y se fue para siempre.

    ¿Habrá sido ese cuervo? ¿Esas aves de la noche que vinieron para quedarse? Unos días después, Luisa, convencida, me dijo: “Hermanita, no eran fantasías tuyas. Esos pájaros existen. Se llevaron a Orlandito. Seguro que le chillaban tan fuerte a sus oiditos que él no logró escucharnos. No es nuestra culpa”.

    Mi papá cerró la ventana para siempre. A pesar de ello, comencé a dormir en el sofacito de la sala. Luisa me abrazaba fuerte y allí nos quedábamos dormidas. Difícil conciliar el sueño en ese cuarto, la ventana seguía” abierta” y el colchón de Orlando, como lo llamaba mi papá, bandeado por sus brincos. La calzada tampoco ya era la misma. Su marca estaba allí, y cómo pisar su cuerpecito, sentíamos que pisábamos su alma, la aplastábamos y no la dejábamos volar.

    Luisa y yo vivimos muchos años con el disfraz del duelo, para no cargar a mi mamá con nuestra tristeza. A pesar de ello, la suya fue suficiente. Mi mamá se fue a los 11 meses. No pudo superar su pérdida, o su culpa. Nunca lo supimos.

    Viéndola sufrir tanto, decidí hablarle a su corazón.

    “Se lo llevaron los pájaros, mami. Eran unos pájaros preciosos de mil colores en sus grandes alas. Lo veo volar alto y libre. Ya no tengo miedo”.

    “Estarán bien, hijitas mías”, nos susurró antes de ir deslizando su cabeza en la almohada húmeda de tanto llanto infinito. Su corazón desgarrado y el tumor de su cerebro creció con su duelo. Y por último, agregó: “No las culpo. Se lo llevó un pájaro de colores. Los encontraré a ambos. Le dijiste todo, Mari. No te escuchó”.

    Luisa y yo la abrazamos, queriéndola más que nunca.

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    Yossi Bentolila
    Yossi Bentolila

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    1 Comment

    1. Marlene Tovar dice:
      8 febrero, 2026 a las 5:29 pm

      Gracias por compartir
      Un gran relato.

      Responder

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