En el año 1967 mi familia, compuesta para ese entonces por mis padres Alberto y Elvira, de benditas memorias, junto a mi hermana Mercedes —ya que el travieso Meir (Pipo) llegaría tiempo después—, nos mudamos a la urbanización El Marqués, edificio Belinda, quinto piso.
Tenía nueve años, y al frente del Belinda había un inmenso terreno, que a los meses descubrí que se trataba de un campo de béisbol (hoy en día es el Unicentro El Marqués), deporte que me interesó. Ya con diez años, mis padres me compraron los primeros spikes con ganchos de hierro, que eran legales en esa época para mi edad. Parece increíble, pero pasados 57 años todavía recuerdo vívidamente la sensación al usarlos, cuando se enterraban en la tierra, el sonido y la firmeza que producían.
En ese campo se jugaba una liga doble “A”. Allí di mis primeros pasos, primero como recogebates y luego aprendiendo el oficio de los adultos, lo que llamó la atención de alguien que habló con mis padres para que me inscribieran en la liga Criollitos de Venezuela, que jugaban (hasta el sol de hoy) en el Parque Miranda.
Así que de esa forma, por azares del destino, llegue a jugar Preinfantil, Infantil y Junior con uno de los mejores equipos de la liga, el Tamanaco.
De ahí ya tenía deberes con mis compañeros de Hebraica, armando un buen equipo en Juvenil, y jugábamos en el campo de Sierra Maestra en el 23 de Enero, pasando después a la clase “A” en el Vidal López de El Cafetal, donde (parece un chiste) pero nos prohibieron usar bates de aluminio, porque hacíamos muchas carreras. Después pasamos a la categoría ascenso previa al Doble A, y jugábamos entre otros campos en el de la Pagüita en Miraflores.
Bueno, como no todo en la vida es diversión, me tocó ir a la universidad, donde estudié Derecho y jugué con el equipo de dicha Facultad con el rango de capitán.
Aunque parezca un poco loco, el softball fue declarado deporte olímpico antes que el béisbol, por lo que un grupo de compañeros del equipo de béisbol tuvimos que pasarnos al softball en 1981 para poder participar en las olimpíadas del mundo judío, las Macabiadas Mundiales, que es el tercer evento olímpico con mayor participación de atletas de todo el mundo.
Recuerdo a peloteros que cambiamos al softball como Ricardo Landau, Samuel Moscatel, Armando Cohen, Víctor Szkolnick, entre otros.
En este devenir deportivo, ya con el softball como deporte oficial, tuve la oportunidad de participar con los equipos de los Colegios de Abogados del estado Miranda y el Distrito Federal durante 25 años, siendo que los juegos se celebraban en agosto, mes de vacaciones judiciales, y cada año se jugaban en un estado diferente, dando la oportunidad de conocer toda Venezuela, sus campos, árbitros, público, dirigencia y colegas de cada Colegio de Abogados.
Con el equipo de abogados de Miranda tuvimos una década dorada; éramos casi imbatibles: siete medallas de oro y tres de plata, donde Zulia y Carabobo eran los enemigos a vencer.
Hago mención de la insospechada y repentina pérdida de un gran amigo y mánager, tanto de Abogados como de Hebraica, y me refiero a Igor Reyes.
En cuanto al equipo de Hebraica, fueron casi cuatro décadas al servicio de nuestras insignias, siempre con el espíritu macabeo y el Maguén David como símbolos de disciplina y arrojo. Fueron 17 participaciones en Juegos Macabeos, diez Macabiadas Mundiales (que se celebran en Israel cada cuatro años), y siete Panamericanos, que se van rotando entre países; a Venezuela le tocó en 1987. También asistimos a los Juegos Macabeos en Brasil, Argentina, Uruguay, México y Chile.
Si hay dos cosas que pueden unir a la Humanidad, desde mi punto de vista, son la música y el deporte, dos herramientas que nos elevan, nos dan felicidad y nos hacen ser mejores personas
Por supuesto, mi pasión por el deporte al iniciarme en el béisbol me llevó ineludiblemente a ser fanático del equipo más laureado, con más brillo y gloria en Venezuela, que no podía ser otro que los Leones del Caracas. Siempre llevé el número 2 en todos los uniformes de los equipos en que participé, era un número que ya todos sabían que me pertenecía, en homenaje al gran Vitico Davalillo.
Ser de los Leones del Caracas me llevó desde la más tierna infancia a tener riñas y eternas discusiones que discurren hasta hoy día, con unos seres que no sé por qué motivo se enlistaron en la fanaticada salada, como “El Pollo”, “El Negro”, “Piolín”, Zafrani”, “Samuca” y “Pilman”, entre otros. Hubo un caso muy particular y extraño, el único magallanero que conocí en aquella época (década del 70) era “El Búho”, imagínense que hay que tener guáramo para ser un solo magallanero rodeado de leones y sardinas, pero mérito y coraje tenía.
En cuanto a las fotos con tres glorias de los Leones del Caracas, la primera con manos de seda, Omar Vizquel, con quien compartí en casa de Mikel Pérez, hija de nuestra querida amiga Gloria, vecinos de la calle Lomas de Maturín en El Cafetal; en la foto aparece con mi hijo Moisés de carajito, Omar fue sin lugar a dudas el mejor short stop defensivo de las Grandes Ligas con 11 guantes de oro, jugó 13 temporadas con los Leones del Caracas. Lo vi en la serie mundial de 1997 que perdieron contra los Marlins de Florida (junto al Pollo y el Negro).
Antonio “El Loco” Torres, un personaje entrañable e inolvidable del béisbol profesional venezolano, fue nuestro Coach en algunas temporadas con el equipo de softball de Abogados del Distrito Federal, Coach en los años 70 y 80 con los Leones de Caracas, y por último uno de los mejores primeros bates que ha tenido la liga y por supuesto los Leones. Me lo encontré estando trotando en un estadio que tenía una pista olímpica que le daba la vuelta a un campo de béisbol, y cuando me acercaba a nivel del Home, me dije “No puede ser”: ahí estaba el mismísimo Roger Cedeño. Pues paré la corrida y me presenté, conversamos, y me incorporó a su práctica de béisbol, además de darme unos buenos consejos de un grandeliga de ese nivel que jugó diez temporadas con los Leones del Caracas.
Amigos, si hay dos cosas que pueden unir a la Humanidad, desde mi punto de vista, son la música y el deporte, dos herramientas que nos elevan, nos dan felicidad y nos hacen ser mejores personas.