Menajem Creditor*
Tishá BeAv es más que una fecha en el calendario. Es una herida que se reabre año tras año, no para hacer daño, sino para enseñar; un espejo que nos exige detenernos lo suficiente para ver las grietas que se han acumulado con el tiempo en nuestra alma colectiva.
Ayunamos. Nos sentamos más debajo de lo normal. No nos saludamos. Nos abstenemos de leer la Torá, porque eso traería alegría. No nos lavamos, ni comemos, ni nos abrazamos. No nos apresuramos a dar explicaciones. Y no intentamos avanzar demasiado rápido.
Este es el día en el que recordamos lo que hemos perdido.
Recordamos cómo se derrumbaron los muros de Jerusalén, no de golpe sino de forma gradual y dolorosa. Las enseñanzas interpretativas nos recuerdan que antes de que cayeran las piedras perdimos algo aún más vital: la capacidad de vernos, de escucharnos. Antes de la caída del Templo, antes del exilio de nuestra patria, nos exiliamos unos a otros de nuestros corazones. Tishá BeAv, en su insoportable honestidad, nos devuelve a esas primeras grietas, mucho más profundas que el dolor que cualquier enemigo externo podría causar. Espiritualmente hablando, la destrucción no comenzó con fuego; comenzó con el olvido del valor del otro. ¿Y no es así como comienza tanta angustia?
(Imagen: aishlatino.com)
A nivel ritual el día es abrumador, no solo por la caída del Templo, sino porque la tradición ha condensado míticamente tantas pérdidas, tanta devastación, en esta única fecha. Los espías regresaron de la Tierra Prometida con falsos informes aterradores ese día. La revuelta de Bar Kojba contra los romanos terminó en derrota ese día. Las Cruzadas se recuerdan ese día. Los edictos que promulgaron la expulsión de los judíos de Inglaterra y el destierro de los judíos de España se firmaron ese día. Pogromos, Shoá, 7 de octubre. Tanto dolor se concentra en este solo día. ¿Por qué?
Porque se nos ordena proteger la alegría. El sabio talmúdico Rav Papa enseña que algunos días de ayuno, basados en calamidades históricas, son condicionales, pero que Tishá BeAv es diferente “porque varias desgracias ocurrieron en él”.
Se nos anima a estar completos la mayor parte del año, a elegir la vida cada día. Se nos ordena celebrar en las festividades. Esto nos enseña que incluso el dolor más profundo debe estar limitado en nuestro calendario ritual, porque el judaísmo insiste en que sobrevivimos recordando el dolor, no dejándonos consumir por él. Por eso, la tradición reserva un día, solo uno, para albergarlo todo. Tishá BeAv se convirtió en el recipiente que contiene nuestra angustia, para que no se filtre por todos los rincones de nuestras vidas.
Aun así, es muy pesado.
En Tishá BeAv lloramos. Pero no nos quedamos allí. La tradición insiste en que incluso en Tishá BeAv el duelo se suaviza al atardecer. Se nos ordena levantarnos del suelo. Ponernos de pie. Ponernos los tefilín y preguntarnos por los demás una vez más. Reanudar la vida paso a paso, culminando en un firme compromiso colectivo de reconstrucción.
Este año, este complicado, indefinible y abrumador segundo Tishá Beav después del 7 de octubre, nos sentamos en el dolor, no para revolcarnos, sino para reconocerlo. Y luego nos levantaremos, no para olvidar, sino para comenzar de nuevo. Ese también es un mandato.
Que nuestro duelo nos despierte.
Que nuestro ayuno nos ablande.
Que nos abracemos de nuevo.
Esta es nuestra labor.
Esta es nuestra herencia.
Que seamos dignos de ella.
Como enseñaron los rabinos que vivieron inmediatamente después de la destrucción del Templo de Jerusalén: “Quienes recuerden la destrucción merecerán ser parte de la gran reconstrucción”.
Que así seamos bendecidos.
*El autor es rabino ejerce en la UJA-Federation de Nueva York y fue el fundador de Rabinos Contra la Violencia con Armas. Aclamado autor, académico y conferenciante, fue designado por Newsweek como uno de los cincuenta rabinos más influyentes de Estados Unidos.
Fuente: The Times of Israel.
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.