Simjat Torá, literalmente “la alegría de la Torá”, marca el fin y el comienzo del ciclo anual de lectura del texto sagrado del pueblo judío. Es una celebración de júbilo que combina canto, danza y emoción colectiva. No conmemora la entrega de la Torá en el Sinaí, sino la alegría de vivirla cada día y de volver a recorrerla sin fin. Su mensaje es claro: el estudio y la tradición no tienen cierre, solo renovaciones.
La festividad sigue a Sucot y Sheminí Atzeret, completando un mes lleno de espiritualidad. Después del recogimiento de Yom Kipur, llega el tiempo de la alegría desbordante. En Israel, Simjat Torá y Sheminí Atzeret se celebran juntos; en la diáspora, en días consecutivos. La comunidad termina el libro de Devarim (Deuteronomio), el quinto del Pentateuco, con las palabras que narran la muerte de Moisés y, sin pausa, abre el libro de Bereshit (Génesis). Este gesto expresa que cada final contiene un nuevo comienzo, que la Torá se vive como un ciclo continuo de aprendizaje.
Hakafot Shniot en una calle de Tel Aviv
(Foto: The Jerusalem Post)
El origen de la festividad se remonta al momento en que las comunidades comenzaron a completar la lectura anual del Pentateuco. Con el tiempo, la conclusión del ciclo se convirtió en una ocasión de júbilo colectivo. En la Edad Media ya se describían danzas con los rollos y cantos que expresaban la unión entre el pueblo y la Torá. Esa alegría, lejos de ser simple emoción, se trasformó en un acto de fe: celebrar que la palabra divina sigue viva.
El rito más característico de Simjat Torá son las hakafot, las siete vueltas con los rollos alrededor de la bimá de la sinagoga, acompañadas por música y danzas. El número siete simboliza plenitud: los días de la creación, las bendiciones nupciales, los ciclos del tiempo. Con esas vueltas, la comunidad expresa que la Torá está en el centro de su vida. Los rollos se mantienen cerrados durante la danza: no se leen, se abrazan. Así se afirma que la relación con la Torá no es solo intelectual, sino también emocional y corporal.
Durante la celebración, varios miembros de la kehilá reciben honores: el jatán Torá lee el final del texto, y de inmediato el jatán Bereshit inicia el Génesis. Son los “novios” de la Torá, símbolos de compromiso y renovación. Todos los presentes, incluso los niños, pueden subir a la Torá (aliyá). En muchas sinagogas, los pequeños se agrupan bajo un talit extendido mientras reciben dulces y bendiciones. Se les enseña así que la Torá es dulce, y que la alegría forma parte de la espiritualidad.
Simjat Torá enseña además una visión circular del tiempo. Cada año se lee lo mismo, pero nunca de la misma manera. La Torá se vuelve espejo de la experiencia humana: cada generación la interpreta de nuevo, cada lector encuentra un sentido distinto. Así, el pueblo reafirma que su historia no termina nunca, sino que se renueva con cada lectura
La alegría (simjá) de esta fecha tiene un sentido profundo. Después de la introspección de los días solemnes, el pueblo celebra la vida con gratitud. No hay contradicción entre fe y gozo: el entusiasmo también es una forma de servir a Dios. En la danza, el cuerpo se convierte en plegaria; los pies, en instrumentos de devoción. Es la espiritualidad que pasa del pensamiento a la acción.
Simjat Torá enseña además una visión circular del tiempo. Cada año se lee lo mismo, pero nunca de la misma manera. La Torá se vuelve espejo de la experiencia humana: cada generación la interpreta de nuevo, cada lector encuentra un sentido distinto. Así, el pueblo reafirma que su historia no termina nunca, sino que se renueva con cada lectura.
El carácter comunitario de la festividad es esencial. La Torá no pertenece a un individuo, sino al conjunto. En las danzas desaparecen las jerarquías: todos giran alrededor del mismo centro. Los niños aprenden, los adultos trasmiten, y la comunidad entera se funde en una sola voz. En ese movimiento compartido se expresa la idea de que la fe no se vive en soledad, sino en compañía.
A lo largo de la historia, Simjat Torá también ha sido símbolo de resistencia. En tiempos de persecución o censura, las danzas con los rollos fueron una afirmación de identidad. En muchas comunidades, incluso bajo regímenes que prohibían la práctica religiosa, los judíos se reunían para celebrar. Bailar se convirtió en un acto de libertad, en una manera de decir: seguimos aquí, seguimos leyendo, seguimos vivos.
En un mundo acelerado, donde el tiempo parece correr sin pausa, Simjat Torá recuerda el valor de volver al principio. Terminar y comenzar no son opuestos, sino parte de un mismo movimiento
Hoy, la festividad se celebra con gran diversidad de estilos. En Israel y en muchas ciudades del mundo, las hakafot Shniot —“segundas hakafot”, que son fuera de la simagoga— llenan las calles de música y alegría. En templos y plazas, las personas bailan con los rollos y con banderitas, convirtiendo la celebración en una muestra abierta de identidad. La modernidad ha introducido luces, coros y nuevas melodías, pero el sentido profundo se mantiene: la Torá sigue siendo el centro.
Simjat Torá también es una lección educativa. Enseña que la tradición se trasmite mejor cuando se asocia con la alegría. Los niños que ven a sus padres danzar aprenden que la Torá no es un peso, sino una fuente de vida. La memoria se graba en el cuerpo y en el corazón. Así se construye continuidad: a través de gestos, canciones y emociones compartidas.
En un mundo acelerado, donde el tiempo parece correr sin pausa, Simjat Torá recuerda el valor de volver al principio. Terminar y comenzar no son opuestos, sino parte de un mismo movimiento. Cada año, cuando la comunidad abre el Génesis, renueva su pacto con la palabra, con la vida y con la esperanza. En su danza, el pueblo entero se convierte en testigo de que la fe, cuando se celebra con alegría, nunca envejece.
Redacción NMI.