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    Se acabó: Israel ha puesto fin al juego de terrorismo y duplicidad de Catar

    Published by Yossi Bentolila on 15 septiembre, 2025
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    Israel desenmascaró a Catar como lo que siempre ha sido: un patrocinador del terrorismo que debería ser tratado como tal por el mundo civilizado

    Amotz Asa-El*

    Se acabó. No, no los combates en Gaza, ni la lucha contra Hamás, ni las consecuencias del ataque del martes en Catar.

    Lo que se acabó es el juego de duplicidad, sobornos y subversión mantenido durante años por un jeque liliputiense que utilizó su inmerecida riqueza para radicalizar a los musulmanes, desestabilizar el Medio Oriente y corromper al mundo.

    Ese juego ya terminó.

    Al momento de escribir este artículo, los resultados del ataque en Doha no están claros. Sin embargo, en términos de su significado para la posición internacional de Catar, eso no importa. Lo que importa en este sentido es que Catar fue desenmascarado como lo que siempre ha sido: un patrocinador del terrorismo que debería ser tratado como tal por el mundo civilizado.

    Más pequeña que Puerto Rico, la península catarí alberga a apenas 3 millones de personas, el 90% de ellas trabajadores extranjeros. La ciudadanía catarí, estimada en 300.000, es menos de la mitad que la de Luxemburgo. Aun así, al igual que “Grand Fenwick”, el pequeño principado que le declaró la guerra a Estados Unidos en la película El ratón que rugió, Catar se enfrentó a Egipto, un país de 100 millones de habitantes y líder del mundo árabe.

    Edificio-bombardeado-en-Doha-Reuters millones

    El edificio destruido de Doha, Catar, donde Israel presumía que se encontraban los líderes de Hamás
    (Foto: Reuters)

    El método fue astuto. Sacando 137 millones de dólares de sus arcas, Catar creó un canal de cable, Al Jazeera, y lo utilizó para atacar al gobierno egipcio. Los crédulos occidentales elogiaron la novedad como una aceptación de la democracia, ignorando que Al Jazeera no cubre las noticias del propio Catar. El periodismo, la libertad y la democracia, por no hablar de la verdad, han sido lo que menos importa a los financistas de esa empresa. Lo que les importa es el caos que su nuevo juguete contribuyó a sembrar.

    Pero ¿por qué sembrar el caos? ¿Cuál es el objetivo final de Catar? se preguntaba la gente. Algunos creían que lo que impulsaba a Catar era la vanidad. Asentados sobre un montón de petrodólares —250.000 millones de dólares de producto interno bruto—, los cataríes querían comprar prestigio, según esa teoría. Por eso se esforzaron por organizar el mayor evento deportivo, la Copa Mundial de Fútbol, una iniciativa para la que el emirato era evidentemente inelegible, pero que aun así cayó en sus manos gracias a unos 150 millones de dólares en sobornos.

    Por impresionantes que fueran esa inversión y su rendimiento, y por corrosivos que fueran sus efectos en el deporte internacional, comprar prestigio no es el motivo de la intromisión global de Catar. El verdadero motor es el fervor islamista, que los líderes cataríes han financiado sistemáticamente en múltiples ámbitos.

    Catar ayudó a financiar a al-Qaeda en Iraq, al-Nusra en Siria y Hamás en Gaza. Sirvió como colaborador de Irán y, como todos comprenden ahora, albergó a los artífices de la peor masacre antijudía desde el Holocausto. Mientras hacía todo eso, Catar fingía ser prooccidental. Se codeaba con Israel, patrocinaba clubes de fútbol europeos, y albergaba la mayor base militar estadounidense en el Medio Oriente, que comprende unos 120 aviones y 11.000 soldados.

    Ahora todo esto debe acabar.

    Catar ha sido deshonesto todo el tiempo. Hizo creer que era neutral en la lucha entre la civilización y el yijadismo. No lo era, estaba del lado de los yijadistas. Eso no lo decimos nosotros, los israelíes, sino los egipcios. Catar financió a la Hermandad Musulmana egipcia, e hizo que Al Jazeera difundiera las narrativas del enemigo islamista del gobierno egipcio

    El papel de Washington en el ataque de la semana pasada no está claro. Al momento de escribir este artículo Estados Unidos niega su participación e incluso el conocimiento previo del ataque. Esto es comprensible, aunque poco convincente.

    Con una presencia militar estadounidense tan fuerte en Catar, las Fuerzas de Defensa de Israel deben haber alertado al mando de EEUU de la visita de 15 aviones israelíes. El tuit del presidente estadounidense Donald Trump, 48 horas antes del ataque, en el que afirmaba que le daba a Hamás una «última advertencia» para que aceptara su fórmula del fin de la guerra, solo refuerza la impresión de que conocía del ataque y que estaba ocultando su estrategia.

    Sin embargo, incluso si este ataque se libró con total ignorancia por parte de Estados Unidos, Washington debería preguntarse si Catar merece la inversión.

    Catar ha sido deshonesto todo el tiempo. Hizo creer que era neutral en la lucha entre la civilización y el yijadismo. No lo era, estaba del lado de los yijadistas. Eso no lo decimos nosotros, los israelíes, sino los egipcios. Catar financió a la Hermandad Musulmana egipcia, e hizo que Al Jazeera difundiera las narrativas de ese enemigo islamista del gobierno egipcio.

    Esto se suma a la participación de Catar en los eventos antisemitas de los últimos dos años en Estados Unidos. Y, por supuesto, a la financiación que Catar ha hecho durante años del desarrollo militar, la propaganda y la nómina de Hamás.

    Catar, en resumen, no es un amigo de Estados Unidos. Es su enemigo, al igual que de sus aliados árabes, del pueblo judío y del Estado judío. Y no es solo un enemigo político. Es un enemigo de la civilización, un enemigo corruptor, que contaminó la política, el mundo académico, los medios de comunicación y el deporte del mundo libre. Por eso, la actitud hacia Catar debe cambiar.

    Primero, las bases militares estadounidenses en Catar deberían ser reubicadas, quizás a Egipto. Catar no merece albergarlas, y no se puede confiar en él. En segundo lugar, las inversiones cataríes en Occidente deberían investigarse, especialmente en las universidades, donde el dinero catarí nunca tuvo como objetivo promover los valores occidentales de la libertad de pensamiento y la investigación independiente, sino sabotearlos, como lo demostraron los sucesos del año pasado en los campus estadounidenses.

    Políticamente, Catar personifica el siglo perdido del mundo árabe, una era en la que unos 400 millones de árabes permanecieron prácticamente en la indigencia a pesar de poseer gran parte del petróleo y el gas del planeta

    En tercer lugar, las empresas y los líderes cataríes deberían ser sancionados, al igual que los terroristas yijadistas que financiaron, y las empresas cataríes que buscan comprar activos occidentales —desde rascacielos y aerolíneas hasta clubes deportivos y hoteles— deberían ser rechazadas.

    Por último, Catar debería ser excluido de la reconstrucción de Gaza, cuando finalmente llegue el momento de este proyecto multimillonario.

    Los 54 años de historia de la independencia catarí han sido una doble tragedia. Sicológicamente, Catar fue víctima del síndrome de la riqueza súbita, la maldición del ganador de la lotería cuyo tesoro inesperado le lleva a hacer cosas muy estúpidas con él. Políticamente, Catar personifica el siglo perdido del mundo árabe, una era en la que unos 400 millones de árabes permanecieron prácticamente en la indigencia a pesar de poseer gran parte del petróleo y el gas del planeta.

    Los petrodólares árabes, que podrían haberse utilizado para educar, empoderar y enriquecer a millones de árabes desde Marruecos hasta Iraq, se gastaron en extravagancias como el Mundial de Fútbol, compras vanidosas como los hoteles Ritz y Savoy de Londres, y en máquinas de matar como al-Qaeda y Hamás.

    ¿Se divorciará el mundo de Catar mañana por la mañana? Por supuesto que no. Israel, sin embargo, acaba de hacerlo.

    *El autor escribió HaSfar HaYehudí HaAharon (“La última frontera judía”), una secuela del libro Vieja nueva tierra de Theodor Herzl.
    Fuente: The Jerusalem Post.
    Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

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    Yossi Bentolila
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