Hoy nos referiremos a estos cánticos que en forma de poemas, utilizamos tanto en la fe judía como cristiana, para expresar nuestros sentimientos, emociones, solicitudes y conectarnos con Dios.
Los Salmos están repartidos en una colección de 150 poemas que constituyen parte del Antiguo Testamento, y casi la mitad de ellos —73 para ser exactos— fueron escritos por el rey David, al que se conocía como el “dulce cantor de Israel”.
La palabra salmo proviene del hebreo Hizmor, cuyo significado evoca al canto o alabanza que se solía usar en el Templo de Jerusalén para expresar la fe incondicional al Creador a través de dichos poemarios, cantados y escogidos según la ocasión.
Nosotros en la comunidad, y el pueblo judío en general, los usamos con mucha frecuencia cuando queremos hacer una solicitud que puede variar en su contenido, desde la petición de una ayuda para algún enfermo, para protección de Israel en momentos de conflictos bélicos, de la paz en nuestro país o la exaltación y agradecimiento a Dios por sus bendiciones, y en fin para todo aquello que a través de nuestra conducta decidimos acercarnos a la palabra, mensaje, camino y protección que nos ofrece el Creador.
El Salmo 91, que titula nuestro artículo, es quizá el más o uno de los más poderosos poemas de los 150 que conforman ese extraordinario libro, que nos exhorta a la fe incluso en los momentos más difíciles que podamos atravesar en alguna etapa de nuestras vidas.
El uso de este salmo en el Ejército de Defensa de Israel es cotidiano, arraigado en la tradición judía y en la búsqueda del escudo protector de Dios. Hemos oído relatos de rehenes liberados por Hamás, en estos intercambios de terroristas por cautivos, en lo que significó la guerra más prolongada que ha librado Israel, que ante sus angustias ante una muerte inminente en los túneles del horror en Gaza, usualmente invocaban el Salmo 91 como una forma de mantenerse fuertes espiritualmente, ante la adversidad y el miedo más profundo.
Una de las cosas más importantes de los Salmos, y en especial del 91, es que debe provenir de uno mismo iniciar el acercamiento y contacto, porque Él siempre estará ahí para nosotros; por eso dice el salmista: “Me invocará y Yo le responderé, con él estaré Yo en la angustia”.
El Antiguo Testamento nos llama a habitar al abrigo, fe y enseñanza, en una relación personal en el camino trazado por Hashem en la Torá, en cuyos cinco libros reposa la sabiduría más profunda y la respuesta a muchas, si no todas de las interrogantes que nos hacemos como seres humanos, en cuanto a nuestra estadía en este plano terrenal.
Una de las cosas más importantes de los Salmos, y en especial del 91, es que debe provenir de uno mismo iniciar el acercamiento y contacto, porque Él siempre estará ahí para nosotros
En una de mis lecturas cotidianas me conseguí con un hecho milagroso relatado por C.B. Morelock, quien fue corresponsal en la Segunda Guerra Mundial, quien informó de una situación extraordinaria e inexplicable, cuando decenas de aviones alemanes ametrallaron a 400 hombres que habían quedado varados en la playa de Dunkerque en Francia, siendo que ni uno solo de ellos sufrió heridas, lo que causó asombro a los rescatistas cuando oyeron los relatos de los sobrevivientes, quienes expresaron que no solo invocaron el Salmo 91 sino que lo gritaron con todas sus fuerzas a viva voz.
Así es. La fe, manifestada tanto por el Ejército de Defensa de Israel como los rehenes cautivos de Hamás, o esos soldados varados en Dunkerque, que nos llama, nos invoca y exhorta a iniciar o mantener, según cada caso, nuestro contacto directo, nuestra conversación cotidiana con el Creador, que como un buen padre de familia, amoroso y protector, siempre estará ahí para nosotros.