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    Opinión

    “Prejuicios: la cómoda pereza del pensamiento”, por Soledad Morillo Belloso

    Published by Yossi Bentolila on 22 agosto, 2025
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    • Prejuicios
    • Soledad Morillo Belloso

    El prejuicio es como el reggaetón malo: se pega, se repite, y se mete en la cabeza como jingle de detergente barato. Ahí se queda, haciendo fiesta sin invitación.

    “Los judíos son avaros”. “Los cristianos son hipócritas”. “Los musulmanes son violentos”. “Los judíos controlan los bancos y hasta el clima si les da la gana”. “Los cristianos se creen santos, pero pecan más que marido escapado en martes de Carnaval”. “Los musulmanes tienen bombas en la mochila y rezan cinco veces al día para afinar la puntería”. “Los judíos no prestan ni el saludo, y si lo hacen, te lo cobran con intereses”. “Los cristianos te juzgan mientras te sonríen, como quien te bendice con una mano y te clava el cuchillo con la otra”. “Los musulmanes tienen más esposas que dientes, y más reglas que un internado suizo”.

    ¡Ah, qué delicia! Un buffet libre de prejuicios, servido con salsa de ignorancia, guarnición de miedo y postre de arrogancia. Todo listo para el comensal perezoso que no quiere pensar, como quien repite lo que oyó en la cola del pan, justo entre el “ya no hay harina” y el “esto se lo llevó quien lo trajo”.

    Los prejuicios son como memes sin contexto: se comparten como pan caliente, se celebran como cumpleaños ajeno, y nadie se pregunta si tienen sentido. Sobreviven generaciones como cucarachas con doctorado y se reproducen más rápido que conejos en temporada alta. “Mi abuela decía que los judíos no prestan ni el azúcar”. “Mi tío decía que los cristianos son como el papel tualé: blancos, suaves y llenos de m…”. “Mi primo decía que los musulmanes tienen más esposas que días en la semana, y que rezan tanto que ni tiempo les queda para pecar”.

    Y así, con frases idiotas y risas cómplices, se va armando el álbum de la ignorancia. Un collage de clichés, adornado con la seguridad de quien nunca ha leído ni el prospecto de un jarabe, pero se cree experto en geopolítica y religión porque vio tres TikToks y leyó un post de 142 palabras. Es como quien se cree chef porque calentó una empanada en el microondas.

    El prejuicio es como ese vecino que nunca estudió, pero opina de todo: política, religión, fútbol, física cuántica, culinaria y hasta Astronomía. Es el orador con máster en ignorancia: mezcla frases sin sentido y las repite a todo volumen en la platea del pensamiento flojo. Y lo peor: tiene público y club de fans. Porque hay gente que prefiere el reggaetón con clichés antes que escuchar la sinfonía compleja de la realidad

    Ah, pero lo mejor es la firmeza con la que se dicen. Como si fueran verdades reveladas por el Espíritu Santo, el Talmud, el Corán y el Wall Street Journal en sesión espiritista con velas de sebo. “Yo no soy antisemita, peero…” “Yo respeto todas las religiones, peeero…” “Yo tengo amigos cristianos, peeero…” Y así, se repite el guión con la convicción del que nunca ha dudado de sí mismo, ni por error.

    ¡Qué nivel de análisis! ¡Vaya profundidad filosófica! Si Aristóteles viviera, se retiraría por vergüenza. Sócrates se tomaría la cicuta sin pensarlo dos veces. Y Descartes, viendo tanto prejuicio disfrazado de certeza, dudaría hasta de su propio “pienso, luego existo”… y pediría una segunda opinión.

    ¿Y detrás de todo eso? Miedo. Miedo torpe, miedo flojo, miedo con chancletas. Miedo a lo que no se entiende, a lo que no se controla, a lo que no se parece a uno. Y mucha flojera mental. Porque pensar implica esfuerzo, y el prejuicio es el Uber de la mente: te lleva directo sin pasar por la experiencia de manejar.

    Es más fácil decir “los judíos son…” que leer sobre el Holocausto. Más cómodo afirmar “los cristianos son…” que entender el Concilio de Trento sin quedarse dormido. Más sencillo declarar “los musulmanes son…” que aprender qué significa ayunar en Ramadán sin confundirlo con dieta keto.

    ¿Para qué leer si puedes opinar? ¿Para qué preguntar si ya tienes la respuesta en formato de sticker?

    El prejuicio es como ese vecino que nunca estudió, pero opina de todo: política, religión, fútbol, física cuántica, culinaria y hasta Astronomía. Es el orador con máster en ignorancia: mezcla frases sin sentido y las repite a todo volumen en la platea del pensamiento flojo. Y lo peor: tiene público y club de fans. Porque hay gente que prefiere el reggaetón con clichés antes que escuchar la sinfonía compleja de la realidad.

    Y así, se perpetúa la comedia del absurdo. Una obra donde los personajes no tienen rostro, solo etiquetas. El guión lo escribe el miedo, la escenografía la decora la pereza, y el telón lo sostiene la arrogancia. Y en esa obra, la señora humanidad queda sin papel protagónico, como burro amarrado afuera, esperando que alguien la invite a participar.

    Hay judíos que no son buenas personas, sí, como hay arepas que salen chuecas. Pero no son “los judíos”, son personas con nombre, apellido y carácter propio. Hay cristianos que pecan con entusiasmo y luego se santiguan como quien borra la pizarra con saliva, pero no son “los cristianos”, son individuos que usan la fe como paraguas cuando llueve culpa. Hay musulmanes que tiran bombas, claro, como hay gente que lanza posts venenosos, pero no son “los musulmanes”, son fanáticos que confunden religión con pólvora. Generalizar es como decir que todos los gatos son ladrones porque uno se robó un pescado. Es cómodo, es fácil, y es profundamente estúpido. El prejuicio es como costura mal hecha: se ve bien de lejos, pero se deshilacha al primer uso.

    Quizá, con una cucharadita de sensatez en el café, los prejuiciosos se darían cuenta de que el verdadero enemigo no es el otro, sino el eco que repite lo que escucha sin pensar. Ese eco que vive en la cabeza, disfrazado de opinión, y que solo se calla cuando se enciende la luz del pensamiento

    Si algún día usamos el cerebro antes de darle a la sinhueso, si decidimos apagar el ruido, bajar el telón del prejuicio y mirar al otro sin filtros, sin frases heredadas, sin miedo, quizás descubramos que el buen judío no es avaro, aprendió a ahorrar porque su historia está llena de pérdidas. Que el buen cristiano no es hipócrita, lucha con sus contradicciones. Que el buen musulmán no es violento, reza por paz más veces al día que muchos lo hacen en toda su vida.

    En un supermercado en Margarita, frente al estante de cafés, coincidimos tres señoras: una con hiyab, otra con estrella de David, y yo, con mi pulserita de San Antonio. Hablábamos como cotorras locas sobre lo insípido de los cafés comerciales —“todos saben igual, a nada”— y entre risas decidimos irnos a la panadería del mercado a tomarnos uno decente. Y no, no estalló la tercera guerra mundial. Nadie lanzó versículos, ni fatwas, ni excomuniones. Solo hubo café, conversa y humanidad sin etiquetas.

    Quizá, con una cucharadita de sensatez en el café, los prejuiciosos se darían cuenta de que el verdadero enemigo no es el otro, sino el eco que repite lo que escucha sin pensar. Ese eco que vive en la cabeza, disfrazado de opinión, y que solo se calla cuando se enciende la luz del pensamiento…

    Sí, me opongo a los prejuicios y no paso agachada ni aunque me lo pidan con cafecito y sonrisa de misa. Porque aunque se disfrazan de sabiduría ancestral —con tono solemne y cara de prócer en busto de plaza—, tienen la profundidad de un charco fotografiado desde un dron: parece lago, pero apenas moja el zapato. Son tan superficiales que deberían venir con etiqueta de “altamente inflamables para el pensamiento”, y quizás también con tapa de seguridad para evitar derrames de ignorancia. Pero ahí siguen, colándose en conversaciones como si fueran genialidad embotellada, cuando no pasan de ser bobadas con ínfulas de tesis doctoral.

    *Periodista, ensayista y novelista venezolana.

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    Yossi Bentolila
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    1 Comment

    1. Marlene Tovar dice:
      23 agosto, 2025 a las 5:58 pm

      Me gustó mucho😍👏👏👏👏👏

      Responder

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