Paulina fue una figura única en el país y en nuestra comunidad. Su muy sentida desaparición física es momento propicio para reproducir la entrevista que le hice cuando acababa de aparecer su libro autobiográfico Permítanme contarles, que se convirtió en un verdadero best seller para los parámetros venezolanos, y en el cual reflejó esa mezcla de absoluta honestidad y buen humor que siempre la caracterizaron
Sami Rozenbaum
(Foto: archivo NMI)
Usted estudió en el Colegio Moral y Luces durante la dictadura de Pérez Jiménez. ¿Cómo se vivió eso? ¿Cuál fue la actitud de la comunidad ante el régimen?
Yo estudié mi Primaria en la Escuela Experimental Venezuela, para mí una escuela irrepetible, no sé si la mejor de Venezuela. Esas escuelas experimentales las fundó un educador uruguayo llamado Sabás Olaizola y fueron escuelas integrales, que de verdad que formaban ciudadanos, seres humanos. Allí adquirí conciencia cívica. Comencé el primer año del bachillerato en el Liceo Andrés Bello, y luego pasé al Moral y Luces, que estaba en San Bernardino, en una casona vieja donde después montaron una agencia de festejos, en todo el frente de Crema Paraíso.
Era un colegio muy pequeño; cuando empecé allí éramos once o doce por sección. Teníamos un tren de profesores extraordinario. A esa edad no estábamos al tanto de saber, aparte de que había algunos exiliados españoles fabulosos, que teníamos también profesores venezolanos que estaban vetados en los colegios oficiales por ser acciondemocratistas; quizá alguno era de izquierda, pero la mayoría eran de Acción Democrática. José Bellorín, quien creo que era el director de la Primaria, era militante de AD, que era un partido clandestino, y él se ocupó de traer al colegio a otros profesores que estaban vetados como Leandro Mora, Mario Torrealba Lossi, Siso Martínez, excelentes profesores.
¿El director David Gross no objetaba eso?
No, él no tenía inconveniente, y aparentemente el colegio tampoco fue perseguido por tener profesores adecos. Sí recuerdo que a mitad del año, en tercero de bachillerato, de pronto desapareció nuestro profesor de Geografía, Pedro Felipe Ledezma. Nadie supo por qué se había ido a mitad de año. Después de mucho tiempo supe que él había sido el secretario general de Acción Democrática en la clandestinidad, que lo habían puesto preso acusado de conspiración, y lo habían torturado horriblemente en la Seguridad Nacional. A Siso Martínez, quien era nuestro profesor de Historia en segundo año, lo expulsaron del país también a mitad del curso. Eso sí lo supimos, porque sus hijos estudiaban también en el colegio y de pronto tampoco estaban más.
Cuando cursaba segundo año ocurrió el asesinato de Delgado Chalbaud, lo único que recuerdo es que nos mandaron a todos para la casa porque había toque de queda. El toque de queda era un clásico de aquella época: lo hubo cuando derrocaron a Rómulo Gallegos, cuando el asesinato de Delgado Chalbaud, después cuando las elecciones esas fraudulentas que se robó Pérez Jiménez en 1952. A los muchachos nos parecía estupendo el toque de queda, porque era una manera de no ir al colegio además de recogernos temprano en las casas. Nosotros vivíamos en El Conde, y durante el toque de queda los muchachos nos reuníamos en el patio a jugar, era como una cosa emocionante.
La primera vez que Paulina Gamus apareció en la prensa fue cuando cumplió 11 años, y don Moisés Sananes publicó esta felicitación en El Mundo Israelita, edición del 24 de enero de 1948
No estábamos muy conscientes de cómo se comportaba la comunidad. Se mantuvo al margen de la política. Uno que estuvo preso fue Rafael Serfaty, quien era miembro de AD; él estuvo incluso en la cárcel de Ciudad Bolívar, que era una de las peores. Era maravilloso como ser humano; más tarde fue presidente de la Cantv, una persona muy querida por Rómulo Betancourt. Que yo recuerde fue el único militante activo de la comunidad, que fue encarcelado y pasó por todas las persecuciones del régimen.
En esa época todavía se mantenía, y creo que fue levantado ya entrados los años 50, el tristemente célebre instructivo −que existió en casi toda América Latina− que no permitió que los consulados en el exterior expidieran visas a los judíos que querían escapar de la persecución nazi. Eso pasaba en Venezuela, en Argentina, en casi toda América Latina. Incluso, muchas personas sobrevivientes del Holocausto tuvieron que venir con los apellidos cambiados, y declaraban “religión ortodoxa” en los pasaportes. No se sabía “ortodoxo” de qué, podía ser judío o musulmán. Lo que pasó con ese instructivo es un misterio. Uno trata de buscar en los archivos de la Onidex, lo que entonces era la DIEX, y no se consigue nada. Yo lo he buscado en todas partes. Sé que hay mucha literatura sobre el instructivo de Argentina, pero es que eran todos muy parecidos, el de Colombia, el de Ecuador; era como si se hubiesen puesto de acuerdo para tener un reglamento similar.
Aquella era una época de mucho miedo. Dicen que en tiempos de Pérez Jiménez todo era maravilloso, y que al que no se metía en política no le pasaba nada. No le pasaba nada a la gente que ni siquiera hablara del gobierno, porque había temor de los espías… Nunca llegó a ser como las dictaduras del sur, como la de Argentina, que fueron de una crueldad horrenda, y tampoco hubo esa cantidad de muertos o desaparecidos, pero era un régimen de fuerza.
Usted menciona en el libro que intentó ser cantante. Pero ¿qué carrera universitaria habría estudiado de no haber sido Derecho?
Yo no pensaba jamás en la vida estudiar Derecho. Yo quería ser profesora de Historia y Geografía, esa era mi vocación. Me encantaba. Es más, me fui a inscribir en el Instituto Pedagógico. En esa época, para estudiar en el Pedagógico no hacía falta el título de bachiller, sino cuarto año. Era distinto que ahora: uno terminaba cuarto año y en el quinto había tres posibilidades: Filosofía y Letras para estudiar carreras humanísticas; Física y Matemática para estudiar carreras como Ingeniería, Arquitectura o Economía; y Biología, para quienes iban a estudiar Medicina. En el Moral y Luces no había quinto año, entonces yo me fui a inscribir en el Pedagógico, le expliqué al director por qué me gustaba eso y enseguida me dieron mi inscripción. Un día se encuentra mi mamá con el profesor Cortesía, uno de los profesores legendarios del colegio, y cuando ella le dijo que me iba para el Pedagógico él le dijo: “¿No se va a graduar de bachiller? Ese es un gravísimo error”. Mi mamá me lo dijo y yo entendí que era así, entonces me inscribí en el Liceo Andrés Bello para estudiar mi quinto año de bachillerato en Filosofía y Letras. La mayoría de mi grupo, creo que el 95%, iba a estudiar Derecho. Y fue un poco la presión del grupo, yo me metí también, y la carrera de Derecho me fascinó. Lo que no me gustó fue el ejercicio. Es una carrera sumamente apasionante; además te da una base extraordinaria para muchas cosas en la vida, incluso para la actividad política que desarrollé después.
Dicen que en tiempos de Pérez Jiménez todo era maravilloso, y que al que no se metía en política no le pasaba nada. No le pasaba nada a la gente que ni siquiera hablara del gobierno, porque había temor de los espías… Nunca llegó a ser como las dictaduras del sur, como la de Argentina, que fueron de una crueldad horrenda, y tampoco hubo esa cantidad de muertos o desaparecidos, pero era un régimen de fuerza
Si tuviera a su disposición una máquina del tiempo y pudiera viajar a la época de oro de Acción Democrática para encontrarse con Rómulo Betancourt o Raúl Leoni, ¿qué les recomendaría para evitar la decadencia y el colapso que vinieron después?
Rómulo fue un genio de la política, en el sentido de que él entendió que la manera de que un partido se hiciera fuerte y popular, que tuviera arraigo en los sectores populares, era tener, como él decía, una casa del partido en cada pueblo, en cada parroquia, en cada barrio. Ese era el contacto con la gente. La casa del partido se convirtió en una especie de centro de resolución de problemas de todo tipo. La gente no iba solamente a oír a algún dirigente que le iba a dar un discurso o para un asunto de tipo político, sino también para algún problema de tipo social, problemas humanos; si se moría algún familiar, entonces el partido se encargaba de buscar la forma de pagar el entierro… La gente sentía que esa era como una segunda casa de su familia. Eso dejó de ser así; yo creo que la gente fue perdiendo contacto, los dirigentes dejaron de ir a los barrios, dejaron de ir a los sitios que no les parecían importantes desde el punto de vista de la votación, y cuando apareció la televisión empezaron a usarla más que el contacto directo con la gente, y las casas del partido se fueron apartando de la cuestión social y metiéndose más en lo político. Así, lo que fue el proyecto de Rómulo Betancourt de hacer un partido popular se fue perdiendo.
Pero si pudiera retroceder 50 años, ¿había algo que pudo haberse hecho para evitar lo que pasó después?
No, yo creo que hace 50 años se hizo lo que se tenía que hacer. Creo que el cambio en la conducta de Acción Democrática, y mucho del país, comienza a partir del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, con la famosa Venezuela Saudita, las acusaciones de corrupción… Ese es un cambio en el partido. Aunque yo creo que aquí realmente el gobierno que inició la corrupción institucionalizada fue el primer gobierno de Rafael Caldera. Yo no digo que en el gobierno de Rómulo o en el de Leoni todo el mundo era un ángel, pero la corrupción que existía o era muy pequeña o estaba muy velada, no se hablaba de ese tema. Pero en el primer gobierno de Caldera el tema de la corrupción comienza a instalarse en la discusión pública. Incluso cuando se habla de los “doce apóstoles”, término que acuñó Piñerúa, no se refería al gobierno de CAP, sino al de Caldera. Por supuesto que eso continuó en el primer gobierno de CAP.
Durante una de las tantas actividades a favor de los judíos de la Unión Soviética como parte de la Comisión de Derechos Humanos, en noviembre de 1985
El exceso de dinero que de repente le entró al país con el tema de los precios del petróleo… No se supo manejar eso adecuadamente. Yo creo que AD tuvo como partido de gobierno 25 años estelares, los anteriores a la Venezuela Saudita. Y a partir de ese momento comienza a declinar en muchos aspectos. No se dio cuenta de que la abstención crecía, y lo que para mí marca realmente el momento en que la frustración política y el resentimiento se instalan en la vida nacional es el “viernes negro”. Porque allí, el 18 de febrero de 1983, la clase media, tanto la clase media-media como la media baja, despertaron de su sueño, de su fantasía de que este era un país rico y que todo el mundo podía viajar, el “ta’barato dame dos”… Ahí despertamos todos de nuestro sueño, vinimos a una realidad en que más nunca en la vida la clase media iba a tener acceso a la divisa norteamericana con la facilidad y el precio que tenía antes, la inflación se instaló en el país, es decir todos los problemas que realmente afectan más a la clase media, porque las clases pobres siguieron siendo pobres y siguieron recibiendo, de una u otra manera, subsidios o atención. Pero la clase media, y la clase media profesional, fueron las más afectadas y son las que forman opinión. Pienso que ese fue realmente el momento en que se iniciaron el resentimiento y la rabia hacia la política, hacia los políticos, lo que después se ha llamado la antipolítica.
En su libro se observa que lo primero que se le ocurría a algún adversario político cuando quería descalificarla, aun en los tiempos de la democracia representativa, era calificarla como “esa judía”.
Bueno, no me ocurrió en muchas oportunidades. Yo menciono en el libro las veces que lo supe, a lo mejor hubo cantidad de veces en las que no me enteré de que me llamaron “judía” o me atacaron por judía. Pero de las que supe fueron muy contadas, de verdad. Yo no me sentí segregada en la política por el hecho de ser judía. Creo que era una reacción de rabia en algunos momentos, como a una persona de color pueden decirle “el negro ese”, o si es homosexual “el homosexual ese” con una palabra bastante obscena, o sea que no lo entendí como que era una discriminación por mi condición de judía, sino una manera de calificarme de manera ofensiva.
Lo que para mí marca realmente el momento en que la frustración política y el resentimiento se instalan en la vida nacional es el “viernes negro”. Porque allí, el 18 de febrero de 1983, la clase media, tanto la clase media-media como la media baja, despertaron de su sueño, de su fantasía de que este era un país rico y que todo el mundo podía viajar, el “ta’barato dame dos”
Yo lo cuento en el libro: cuando estaba aspirando a ser miembro del CEN (Comité Ejecutivo Nacional) y estaba en gira por el estado Trujillo, una señora que estaba en otra corriente política dentro del partido nos dio laxantes en la comida, a mí y a mis acompañantes; al pobre Arnoldo José Gabaldón, un ex ministro que no tenía nada que ver con esa gira sino que estaba por casualidad en Valera, sentado a la mesa con nosotros, también le pasó lo mismo… Ella luego se jactaba de “haber purgado a la judía esa” y a sus acompañantes. Después hubo una vez cuando un diputado de Acción Democrática estaba proponiendo la ley contra el cigarrillo; yo en esa época era una fumadora incorregible, y le pregunté por qué no prohibían también el licor, diciéndole que nadie por fumarse una cajetilla de cigarrillos salía a la calle a matar a otra persona, pero el que se tomaba una botella de whiskey y tenía un arma era capaz de matar a cualquiera, o con el automóvil. Agregué que me parecía que ese ecologismo extremo tenía mucho de fascismo. Entonces lo escuché cuando él dijo desde abajo “qué sabrá esa judía de fascismo”. Cuando bajé del estrado, le dije: “Mire, si hay alguien que sabe de fascismo somos los judíos”; y le retiré el saludo.
Hubo casos puntuales. Carlos Andrés Pérez y sus seguidores, la primera vez que aspiré al CEN de AD, que fue en 1982, él reunió la noche anterior a la elección a todos los delegados del interior y les dijo que votaran por su candidata y no por mí, porque yo era “sionista”. Nadie sabía qué era eso: comentaban “mira, y que es comunista”. De todas maneras gané la elección.
Esos fueron hechos puntuales. Yo alcancé altas posiciones en mi partido, y nunca fui tachada de “judía” o discriminada por eso.
Recién designada ministra de la Cultura por el presidente Jaime Lusinchi, en 1986
Una pregunta dura: si se viera forzada al exilio, ¿a dónde iría? ¿Es posible concebir a una Paulina mayamera, o haciendo aliá a Israel o viviendo en Madrid?
Creo que yo no iría a ninguna parte. Si mi vida corriera peligro, a lo mejor tendría que irme. En todo caso, donde se ha concentrado la mayor parte de mi familia no es Miami sino Bogotá, que además es una ciudad que me encanta. No me gustaría vivir en ninguna ciudad que no fuera Caracas, pero en un caso extremo en que no me quedara más remedio me iría a Bogotá. Ahí viven dos de mis nietos y ahí está mi bisnieto también.
¿Cuál es el personaje de la comunidad que recuerda con más respeto?
Rubén Merenfeld. Él era una persona increíble. Fue presidente de la CAIV, también presidente de la Oficina de Derechos Humanos cuando yo era la directora, y Rubén era un hombre, lo que se puede decir un dirigente integral. Él estaba pendiente de lo que pasaba en la vida venezolana, era una especie de agenda humana a la que no se le olvidaba nada. Por ejemplo estaba pendiente del aniversario de la muerte del general López Contreras, había que visitar a la viuda porque él fue el que permitió la entrada de los barcos Caribia y Koenigstein. Él estaba pendiente de cualquier cosa, que había que mandarle un telegrama o una carta a fulano porque se ganó un premio, o al otro por un pésame, a gente de la vida venezolana que había tenido que ver en algo por lo que la comunidad debía estarles agradecida.
Aparte de eso, él era muy ejecutivo. Fue un jefe extraordinario; lo único que no pudo lograr fue que yo dejara de fumar, él era presidente de la Sociedad Anticancerosa y como dije yo era una fumadora impenitente, claro que no lo hacía delante de él. Veía que yo me salía a fumar, y preguntaba “¿Y cuándo es que vas a dejarlo?”, pero él tiró la toalla conmigo durante los cuatro años que estuvimos en contacto permanente. Al final dejé de fumar hace como ocho años.
En la oficina de Derechos Humanos fue donde hicimos todo el trabajo por los judíos de la Unión Soviética, todo lo que se hizo cuando la Guerra de Yom Kipur, folletos y explicaciones al público, labores de esclarecimiento. Hicimos cantidad de cosas. Esa era una época de mucha agresividad antiisraelí
Esa fue una época de dirigentes comunitarios espectaculares. Tuve muchísimas diferencias con Walter Czenstochowski, hasta peleamos muchas veces, pero sin duda que era una persona única. Cuando yo ya no estaba en la CAIV sino en cargos públicos, cuando en mi casa sonaba al teléfono a las seis y media o siete de la mañana era Walter: “¿Viste lo que salió en tal parte? Que atacaron, que hay que decir, que hay que buscar que el gobierno haga algo sobre Israel, o que hay que sacar un comunicado”… Siempre estaba muy pendiente.
¿Qué cargo ocupó usted en la CAIV?
Fui la directora fundadora de la oficina de Derechos Humanos; esa fue una iniciativa de la B’nai B’rith, que quería que se creara algo similar a la Liga Antidifamación de Estados Unidos. Incluso fui a entrenarme en la Liga Antidifamación. Esa oficina funcionaba en la B’nai B’rith y pertenecía a las cuatro organizaciones comunitarias, es decir también a la UIC, la AIV y la Federación Sionista. Después se acordó que esa oficina saliera de la B’nai B’rith, se mudara a la Unión Israelita, y se le cambió el nombre a CAIV.
En la oficina de Derechos Humanos fue donde hicimos todo el trabajo por los judíos de la Unión Soviética, todo lo que se hizo cuando la Guerra de Yom Kipur, folletos y explicaciones al público, labores de esclarecimiento. Hicimos cantidad de cosas. Esa era una época de mucha agresividad antiisraelí, porque aquí había embajada de la Unión Soviética, había una presión muy grande del Partido Comunista de Venezuela con su periódico Tribuna Popular, incluso el mismo Movimiento al Socialismo, a pesar de que se había separado del comunismo soviético, también tenía una actitud muy antisionista; la prensa venezolana estaba casi toda integrada por periodistas de izquierda que escribían contra Israel, y había que rogarle a una cantidad de gente que nos firmara manifiestos, documentos de respaldo.
Entonces el antiisraelismo actual no es nada nuevo.
No, estos son los herederos de lo que sucedió en los años setenta. Después de la guerra del 67 hubo realmente un cambio. Nosotros vimos que después de esa euforia pro-israelí, iba a venir un cambio; que había que empezar a trabajar en pro de la buena imagen de Israel, porque la cosa iba a cambiar. Entonces Marianne Beker, Jacobo Carciente, Abraham Levy y otras personas formamos un grupo para preparar a gente de la comunidad para debatir. Esa era una época en que se debatían ideas. A los que formábamos parte de ese grupo nos empezaron a llamar, en forma entre despectiva y admirativa, el “Grupo X-1”, como si fuéramos una secta o una cosa secreta. Nos reuníamos una o dos veces por semana a estudiar; leíamos un libro o cualquier cosa que tuviera que ver con la defensa de Israel, la causa judía, la historia del sionismo político. Después de un tiempo llegamos a ser muy amigos. Eso fue a finales de los años 60 y duró varios años, de ahí salió mi cargo de la oficina de Derechos Humanos. La coordinadora era Marianne Beker. Como contrapartida a la gran campaña antisemita de la Unión Soviética y de los partidos comunistas, la respuesta de Israel fue “Dejad salir a mi pueblo”, el apoyo a los judíos de la URSS.
Cuando celebró sus 80 años rodeada de toda la familia
Entonces el MAS también se anotó en la campaña antiisraelí.
Yo cuento eso en la semblanza de Juan Nuño. Recién creado el MAS, Teodoro Petkoff era una figura de alta popularidad, y creo que fue en el año 70 o 71 que se estrenó la película La confesión de Costa Gavras, basada en el libro de Arthur London, sobre la persecución a toda la elite de los judíos checos que estaban en el gobierno, incluyendo al secretario general del Partido Comunista. Decidimos hacer un foro, que organizó la oficina de Derechos Humanos de la CAIV, porque precisamente 12 de los 14 imputados eran judíos, y los atacaban por ser judíos. El foro fue con Juan Nuño, con un lleno completo garantizado, sobre todo, por la presencia de Teodoro Petkoff, y Juan Nuño insistió en que yo interviniera. Yo le dije: “No me puedo poner a la altura de ustedes, no sé nada de marxismo, no soy experta en el tema, además ustedes son unos expositores extraordinarios”. Pero él se empeñó, y yo escribí mi discurso. Creo que me quedó bueno, pero no es lo mismo dos personas que tienen facultades oratorias que una que está leyendo su discurso y además temblorosa… Creo que fue un foro fabuloso, pero Teodoro tenía una posición antiisraelí, que ha tenido durante mucho tiempo, a pesar de que él siempre cuenta que un primo hermano suyo murió en la Guerra de Independencia de Israel, y un tío vivió toda su vida en un kibutz. Por más que ellos dejaron atrás el estalinismo, mantuvieron su posición de no compartir el sionismo político. Nunca habló de que se acabara el Estado de Israel ni mucho menos, pero ellos eran permanentemente adversos a la política de Israel.
Usted ha tenido varios “encontronazos” con la dirigencia comunitaria. ¿Disfruta siendo polémica?
No, yo no disfruto siendo polémica. Creo que es una manera de ser. No me digo a mí misma “mañana voy a pelear o voy a discutir con fulano”, pero cuando algo me molesta, porque me parece que es una injusticia, una estupidez, una metida de pata increíble que nos afecta a todos como comunidad, yo reacciono. Y toda mi vida he sido así, desde que era niña. Cuento en el libro que tenía 17 años cuando le mandé una carta a la revista Life en Español, por un artículo denigrante sobre Venezuela; y Rafael Caldera, quien era profesor mío, dijo en una clase:“Hay que felicitarse, porque en este salón hay una periodista de talla internacional”. Yo volteé a ver quién era esa periodista, pero era yo, porque había aparecido publicada mi carta de protesta en Life en Español. No se estaban metiendo conmigo, pero sentí que me afectaba como venezolana aquella burla a la manera de ser de los venezolanos. Eso fue en el año 54, o 55.
No es que yo sea justiciera; he sido muchas veces justiciera y me ha salido mal la cosa. Pero no he podido dejar de ser así. No puedo convivir, ni hacerme la loca, con cosas que me parecen injustas, o absurdas, o que son ofensivas, o que afectan a mi colectivo, en este caso a mi comunidad. Y lamentablemente creo que se han cometido graves errores, y se siguen cometiendo
Mi familia siempre me echaba broma; cuando pasaba algo me decían “Escríbele una carta”, porque yo era especialista en mandar cartas de protesta, y lo hago hasta el día de hoy. Cuando algo me molesta sobre un miembro de mi familia, yo le escribo una carta… Bueno, ahorita es un email. No es que yo sea justiciera; he sido muchas veces justiciera y me ha salido mal la cosa. Pero no he podido dejar de ser así. No puedo convivir, ni hacerme la loca, con cosas que me parecen injustas, o absurdas, o que son ofensivas, o que afectan a mi colectivo, en este caso a mi comunidad. Y lamentablemente creo que se han cometido graves errores, y se siguen cometiendo. De todas maneras, yo admiro de verdad a las personas que en las circunstancias que estamos viviendo en el país aceptan ser dirigentes comunitarios. No es nada fácil, no es una tarea agradable por todas las condiciones que vivimos con este gobierno, porque la comunidad se ha ido debilitando, se ha ido reduciendo. Es muy difícil encontrar gente que quiera aceptar cargos comunitarios, y a quienes los aceptan realmente los admiro. Pero no dejo de sentir que a veces se cometen errores que yo considero que son muy graves.
¿Qué es lo más “judío” de su actitud ante la política?
No negar nunca que soy judía. Hay personas que han tenido algunas posiciones, que actúan como si ser judío fuera algo vergonzante. No lo niegan, pero tampoco les gusta que se lo recuerden. También, el cumplimiento de Pirkéi Avot sobre el buen nombre, algo que me inculcó mi papá. Siempre procuré mantenerme al margen de todo lo que pudiera ser tildado de corrupción o de manejo doloso dentro del partido, porque para mí mi buen nombre era más importante que cualquier otra cosa. La defensa de mi apellido. Y me siento muy orgullosa de que a mí nadie me ha acusado de corrupción. Por ahí sale a veces un tweet: “¡Corrupta!”, cosas ofensivas, aisladas. Pero que alguien me haya acusado formalmente de haber utilizado mis posiciones para beneficio personal, jamás.
¿Hay alguna pregunta que le gustaría que le hicieran en una entrevista, pero nunca se la han hecho?
La verdad es que no. Me han preguntado hasta la edad, y yo la digo con toda franqueza. No me importa decir mi edad. No me gusta hablar de mi vida privada, no recuerdo si alguna vez me lo preguntaron, pero si me lo preguntaran no respondería, esas cuestiones no le interesan a nadie. No recuerdo que me hayan hecho una pregunta que me haya molestado.
Imagen que acompañó esta entrevista cuando se publicó originalmente
(Foto de Maxime Bendahan, archivo NMI)
¿Cómo definiría a Paulina Gamus en dos o tres palabras?
¿En dos o tres palabras? Este… Una persona de buen humor, aunque son más palabras. Con una sonrisa siempre en los labios. Yo tengo buen humor, y creo que es lo que me ha ayudado a sobrevivir a muchísimas circunstancias; trato de tomar siempre la vida con buen humor. No hay nada que me amargue. Claro, no soy de piedra; en un momento me molesto, puede ser que llore, que me sienta por momentos deprimida, pero…
Entonces escribe una carta…
(Risas) Ahora es un artículo. Además, toda mi familia tiene mucho sentido del humor, comenzando por mi papá, quien tenía un sentido del humor sensacional. Todos los Gamus eran así, nosotros lo heredamos. En una reunión de mi familia todo el mundo se ríe todo el tiempo, porque todos tenemos sentido del humor. Creo que mi libro tiene mucho de eso. Es más, ese libro se iba a llamar No se rían que es en serio, y así se estuvo llamando desde que empecé a escribirlo hace como siete años. Pero cuando lo terminé me di cuenta de que la columna de Laureano Márquez tiene un nombre muy parecido, “Humor en serio”, que es prácticamente la misma cosa; entonces se me ocurrió Permítanme contarles. Pero como te darás cuenta, mucha gente se ríe a carcajadas con el libro; tiene muchas cosas serias que no son para reír sino para llorar, pero tiene mucho de humor, y de situaciones difíciles contadas con humor. Porque creo que el humor es lo que nos ayuda a sobrevivir y a no enfermarnos.
¿Piensa escribir otro libro?
Fausto Masó, quien es el editor, me está sugiriendo, me está pidiendo que escriba otra cosa. Vamos a ver. No me gusta hacer cosas por encargo, tengo que estar inspirada. Tengo algo en mente para el año que viene, pero un poco más alejado del tema político y más dedicado a lo humorístico. Creo que hay que darle un baño de humor a la vida venezolana, que está muy llena de amargura en estos tiempos.
Reproducido de Nuevo Mundo Israelita, edición Nº 1860 (30 de noviembre al 7 de diciembre de 2012).