El odio no aparece de golpe. No brota como una flor espontánea ni se enciende como una chispa aislada. Se aprende, se hereda, se corea. A veces se disfraza de broma, de juego, de pertenencia. Se trasmite como un virus silencioso, como una consigna que se repite sin pensar, como una frase que se grita para encajar, para no quedar fuera del grupo.
Un grupo de jóvenes, en viaje de fin de curso, celebra en Bariloche la alegría de estar juntos, de cerrar una etapa. Ríen, cantan, se sienten invencibles. Son adolescentes, y como todos los adolescentes, sus cerebros aún están en construcción, como casas sin techo, abiertas a todo viento. En ese estado de vulnerabilidad, cualquier influencia puede calar hondo. Y algo —alguien— sembró en ellos una consigna que no nació en ese autobús, pero que encontró allí su coro. “Hoy quemamos judíos”, gritaron. No sabían, quizás, que estaban repitiendo el eco de una historia que no es juego, que no es broma, que no es canción. Que es herida, que es crimen, que es memoria rota.
Captura de pantalla del video en el que los jóvenes cantaban “Hoy quemamos judíos”, alentados por el coordinador de su viaje de graduación a Bariloche, Argentina. En el mismo viaje participaban egresados de la escuela judía ORT, que denunciaron un frecuente acoso de carácter antisemita
(Foto: La Nación)
Lo dijeron como quien canta para no quedarse afuera, para ser parte del grupo, para demostrar fuerza. Pero el odio no es fuerza: es fractura. Es debilidad disfrazada de poder. Es miedo que se disfraza de risa. Y cuando se canta el odio, se lo perpetúa. Se lo normaliza. Se lo convierte en ritual. ¿Quién les enseñó ese canto? ¿Dónde lo escucharon primero? ¿Quién lo celebró sin corregir? ¿Qué adultos callaron? ¿Qué escuela falló? ¿Qué sociedad les dio permiso?
El coordinador del viaje, lejos de detenerlos, los alentó. Y esa omisión es también enseñanza. Porque los jóvenes aprenden no solo lo que se les dice, sino lo que se les permite. Aprenden por imitación, por silencio, por complicidad. Aprenden lo que se aplaude, lo que se tolera, lo que se deja pasar. Y cuando el adulto que debería cuidar, que debería educar, que debería poner límites, se convierte en cómplice, el daño se multiplica.
El antisemitismo no es nuevo, pero cada vez que se repite, se renueva. Se actualiza. Se adapta. Y en ese autobús, entre risas y festejos, se renovó. No como ideología, sino como acto. Como performance del desprecio. Como espectáculo del odio. Como carnaval de la ignorancia.
Pero si el odio se aprende, también puede desaprenderse. Con memoria, con educación, con adultos que no callen. Con palabras que abracen en vez de herir. Con rituales que celebren la diferencia en vez de temerla. Con historias que enseñen lo que pasó, lo que no debe volver a pasar. Con testimonios que conmuevan, que despierten, que incomoden. Con espacios donde el dolor ajeno no sea motivo de burla, sino de respeto.
Porque esos jóvenes, como todos, están aún en proceso. Y en ese proceso, cada gesto cuenta. Cada corrección, cada abrazo, cada historia contada. Cada silencio que se rompe. Cada límite que se pone. Cada adulto que se atreve a decir “esto no”.
Pero si el odio se aprende, también puede desaprenderse. Con memoria, con educación, con adultos que no callen. Con palabras que abracen en vez de herir. Con rituales que celebren la diferencia en vez de temerla
El viaje a Bariloche pudo ser una fiesta. Fue también una advertencia. Una señal de alarma. Una muestra de lo que pasa cuando el odio se canta y nadie lo interrumpe. De lo que puede pasar si no sembramos otra música. Otra voz. Otro coro. Uno que celebre la pluralidad, que abrace la diferencia, que recuerde sin miedo. Uno que diga “nunca más” no como consigna vacía, sino como compromiso vivo. Porque si el odio se aprende, también puede desaprenderse. Y en esa tarea, nadie está exento. Todos somos responsables. Todos somos parte del coro que puede cambiar la canción.
No deja de ser paradójico que los muchachos sean de un colegio que se llama Humanos de Canning.
*Periodista, ensayista y novelista venezolana.
2 Comments
Excelente, como todos sus artículos!
Que bueno que alguien habló se quejó y denunció
Ante el odio antisemita
No podemos callar!