Un día como hoy, 26 de febrero pero de 1393 antes de la era común, nació uno de los personajes más importantes no solo del pueblo judío, sino de la humanidad, y que llevaba por nombre el título de este artículo.
Como ustedes saben, el calendario judío es lunisolar, es decir, se basa en los ciclos de la luna y el sol. Es lunar porque cada mes sigue las fases de la luna, y es solar porque los 12 meses siguen el camino de la Tierra alrededor del Sol, a diferencia del calendario gregoriano que se basa únicamente en el ciclo solar.
Así que un día del calendario judío no va a coincidir con el mismo día del calendario gregoriano un año tras otro, salvo ciclos de 19 años en los que coinciden ambas fechas.
Justamente el día de hoy, 26 de febrero de 2025, coincide exactamente con el 7 de Adar del calendario judío, que corresponde al mismo día del nacimiento de Moisés y su defunción 120 años después, el 1273 a.e.c.
Moisés fue hijo de Amram y Yojebed, quienes formaban parte de la tribu de Levi, una de las 12 tribus de Israel, cada una de ellas liderada por los 12 hijos del patriarca Jacob, renombrado Israel por su heroica lucha contra el ángel que envió el Creador; aun cuando le dislocó la cadera, Jacob siguió en combate, por lo que Dios lo llamó Israel (“el que lucha con Dios”) y lo bendijo.
Siguiendo con nuestro personaje principal, podemos decir que su gesta es universal, que lideró con la anuencia divina al pueblo judío después de 430 años de esclavitud hacia la libertad. No sin antes haber tenido que confrontar al faraón Ramsés II a través de 10 poderosas plagas, que obligaron al hombre más poderoso del mundo para la época a permitir la salida de los judíos de Egipto, en una caravana de más de 600.000 hombres adultos, mujeres, niños y otras familias que se habían unido a la gran travesía.
Nos relata el libro de Éxodo que los judíos deambularon en el desierto por 40 años para llegar a la tierra prometida de Canaán (lo que hoy sería la suma del Líbano, Jordania, Siria, Gaza, Judea y Samaria). Ese lapso tan prolongado tenía como finalidad que pudiera llegar a esa tierra una nueva generación nacida en libertad.
En ese periplo acontecieron varias situaciones de suma importancia; la más transcendente fue el recibir de manos del mismo Creador las tablas de la Ley en el Monte Sinaí, en cuya cúspide Moisés pasó 40 días y 40 noches en ayuno y sin probar sorbo de agua, hasta bajar para hablar con su hermano Aarón y todo el pueblo de Israel, trasmitiéndoles las instrucciones dadas de viva voz por el mismísimo Dios.
Los Diez Mandamientos, que son normas de conducta tanto para la relación del pueblo con Hashem como para la relación del hombre con sus congéneres, era de por sí algo revolucionario para la época; esas normas, llamadas la Ética de Sinaí, están compiladas en la Torá, el Pentateuco, conformado por cinco libros a saber: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, que nos dictan un camino de probidad, rectitud, convivencia y sabiduría, para una vida íntegra.
Lamentablemente, Moisés no pudo entrar a la “tierra prometida de leche y miel” por desobedecer al Creador, al golpear a la roca para pedirle agua en vez de hablarle, tal como le fue indicado; por lo que justo al cumplir los 120 años, y a la entrada de Canaán y tras bendecir a las tribus, muere Moisés en el Monte Nebó (Deuteronomio 34), hoy Jordania, en un lugar desconocido.
Los Diez Mandamientos, que son normas de conducta tanto para la relación del pueblo con Hashem como para la relación del hombre con sus congéneres, era de por sí algo revolucionario para la época
Moisés dejó un impacto fundamental por su liderazgo y humildad. Tuvo la capacidad de proteger al pueblo de Israel, por el llamado pecado original de la adoración del becerro de oro a las faldas del Monte Sinaí, mediando con el mismísimo Creador, estableciendo una relación directa con lo divino a través del cumplimiento de la Ley y la oración.
La consolidación del monoteísmo se debe en gran parte a este hombre universal que dejó una tarea monumental al pueblo judío, mantener y aferrarse a los principios basados en el estudio y aplicación de los textos sagrados en la cotidianidad, en la oración diaria, así como la ayuda y socorro al prójimo (Teshuvá, Tefilá y Tzedaká), que han sido las herramientas fundamentales para mantener la unidad y supervivencia del pueblo judío tanto en la diáspora como en Medinat Israel.
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