Las llamas en Francia no son solo físicas. Son las brasas de décadas de autoengaño
Catherine Perez-Shakdam*
Otra noche, otro incendio. París, antaño la ciudad de la luz, el amor y las pretensiones liberales, se vio envuelta de nuevo en las oscuras llamas de la violencia. ¿La ocasión? No una provocación trágica ni una convulsión política, sino una victoria: un éxito nacional en la forma del ansiado triunfo del equipo de fútbol Paris Saint-Germain en la Liga de Campeones.
Un momento que debería haber unido a la nación, que debería haber sido recibido con orgullo y celebración patriótica, vio en cambio las calles de la capital francesa sumirse en el caos.
Dos muertos, casi 200 heridos y más de 500 detenidos, mientras cientos de vehículos y tiendas fueron vandalizados o incendiados. Así es como se ven ahora las celebraciones en las principales ciudades de Europa Occidental. En esto se ha convertido el orgullo cívico: un pretexto para la violencia, un trofeo de fútbol trasformado en un cortejo fúnebre por los restos del orden.
Ya conocemos el patrón, el ritual predecible. Los medios recurren rápidamente a sus eufemismos: «disturbios», «jóvenes» y «tensiones». No se ofrecen identidades. No se examinan ideologías. Solo una vaga niebla de explicación, como si los coches ardieran espontáneamente de alegría y la policía antidisturbios se sintiera provocada por la pura exuberancia del baile callejero.
Policía antidisturbios en la avenida de los Campos Elíseos después de que el Paris Saint Germain ganara la Liga de Campeones, el pasado sábado 31 de mayo
(Foto: Reuters)
Pero bajo el humo yace una verdad que no nos atrevemos a nombrar: Este no fue un accidente de exuberancia, ni la travesura de chicos marginados desahogándose. Fue el último estallido de una larga guerra contra la civilización occidental, librada no solo con ladrillos y fuego, sino con ideología. Una ideología que santifica la destrucción, que presenta el agravio como virtud y que etiqueta cualquier esfuerzo por restaurar el orden como «opresión».
En el corazón de esta ideología se encuentra el culto al yijadismo, no solo en su forma armada sino también en sus manifestaciones culturales y sicológicas. La creencia de que la violencia es sagrada cuando se dirige contra Occidente. Que la rabia es justa cuando se envuelve en las banderas de la identidad o la injusticia. Que la civilización debe disculparse antes de poder defenderse.
Lo que se veía en los bulevares de París no era solo vandalismo. Era un espectáculo de amenazas y un mensaje, repetido una y otra vez: no amamos a su país, no respetamos sus tradiciones y profanaremos sus símbolos, incluso sus victorias, para recordarles su debilidad.
En el corazón de esta ideología se encuentra el culto al yijadismo, no solo en su forma armada sino también en sus manifestaciones culturales y sicológicas. La creencia de que la violencia es sagrada cuando se dirige contra Occidente. Que la rabia es justa cuando se envuelve en las banderas de la identidad o la injusticia. Que la civilización debe disculparse antes de poder defenderse
Las llamas en París no son solo físicas. Son las brasas ardientes de décadas de autoengaño. De líderes que se niegan a admitir que la inmigración masiva sin integración tiene un precio. De intelectuales que insistieron en que todas las culturas son iguales, incluso cuando algunas glorifican el martirio por encima de la misericordia. De una prensa que se desvivirá por evitar decir lo que todo ciudadano sabe en sus entrañas: que una parte de la población importada de Europa no quiere coexistir, sino conquistar.
Se nos dice que creamos —que cantemos como catecismo— que el Islam es paz, que la yijad significa lucha (como si todas las luchas fueran nobles), y que el único problema reside en nuestra propia incomprensión. Se nos instruye a creer esto incluso cuando los cánticos de Allahu akbar acompañan la destrucción de comercios judíos en Sarcelles, o cuando las sinagogas requieren protección policial cada Shabat en ciudades que antaño se enorgullecían de su tolerancia.
Y aquí estamos de nuevo. Una celebración convertida en asedio. Una victoria futbolística ahogada por las sirenas. Francia, sin duda, convocará sus mesas redondas habituales. El ministro del Interior emitirá las condenas superficiales. El presidente Emmanuel Macron podría encender una vela. Y dentro de una semana los nombres de los muertos se desvanecerán, hasta que el próximo estallido «espontáneo» asome la cabeza.
Pero se necesita un ajuste de cuentas más profundo. Es hora de dejar de fingir que la amenaza es abstracta y que el extremismo flota en el aire como un virus. La ideología detrás de esta violencia es coherente, aunque sea depravada. Se enseña, se comparte y se incuba en ciertas mezquitas, en ciertos foros en línea, y en hogares donde se enseña a los niños a odiar al país que los alimenta. Se difunde en letras, sermones y susurros que Europa es débil, que el infiel caerá y que el futuro pertenece a quienes están dispuestos a arder por él. Y es posible gracias a nuestra cobardía.
Occidente aún alberga una fuerza, inteligencia y claridad moral inmensas, pero debe decidir usarlas. Debe dejar de disculparse por defender su propio estilo de vida. Debe exigir lealtad a sus ciudadanos, y expulsar a quienes declaran abiertamente su lealtad a los enemigos del Estado. Debe priorizar la seguridad nacional sobre la pureza ideológica y comenzar a reconocer que, a veces, la paz solo llega cuando se hace que el mal vuelva a temer las consecuencias.
En definitiva, París es un espejo —no solo para Francia, sino para toda Europa— que refleja lo que sucede cuando cambiamos la vigilancia por una postura de virtud y las fronteras por la fe ciega.
Lo que se veía en los bulevares de París no era solo vandalismo. Era un espectáculo de amenazas y un mensaje, repetido una y otra vez: no amamos a su país, no respetamos sus tradiciones y profanaremos sus símbolos, incluso sus victorias, para recordarles su debilidad
París es una ciudad que antaño resistió a tiranos y revolucionarios, que dio al mundo la Ilustración y que se mantuvo firme frente a la ocupación nazi. Hoy lucha contra una nueva amenaza: una que no lleva uniforme pero sí muchas banderas, que usa teléfonos inteligentes en lugar de armas, y que libra la yijad en nombre de la liberación mientras encadena a Occidente con su propia culpa.
Ha llegado la hora de la verdad. Si no enfrentamos esta cultura de la destrucción ahora, un día nos despertaremos y descubriremos que ya no queda cultura que defender.
*La autora es directora ejecutiva de la ONG We Believe In Israel.
Fuente: The Jerusalem Post.
Traducción Sami Rozenbaum – Nuevo Mundo Israelita.