1925-2024
Un judío sencillo que no dejó de creer
Rafael Encaoua
Queridos rabinos, familiares, amigos y miembros de la comunidad:
Hoy nos encontramos reunidos para recordar con cariño, respeto y admiración a mi querido tío Messod Encaoua Z’L, al cumplirse 10 meses y medio de su fallecimiento.
Mi tío Messod fue en vida un judío sencillo que no dejó de creer.
No dejó de creer en el valor del judaísmo, en la santidad de la Torá, en el peso de la carga religiosa que recibió de sus padres, en la importancia de la comunidad, en la continuidad de las generaciones, en el poder de la tradición, y en la centralidad de Israel como el reflejo de la redención del pueblo judío y Jerusalén como su eje espiritual.
Nació en la ciudad de Salé, Marruecos, cercana a Rabat, del lado derecho del río Bou Regreg, donde había una pequeña pero significativa comunidad judía. Solo por mencionar a algunos de los grandes jajamim y tzadikim que habitaban en ella, diré que fue la ciudad natal del Or Hahayim Hakadosh y de Rabí Habib Toledano, autor de la ketubá que leeremos pronto B¨H el primer día de Shavuot, Habá Halenu Leshalom.
Era descendiente de una familia de grandes rabinos expulsados de España, oriundos de Toledo. Llevaba con honor el nombre de su abuelo, el rabino Messod Encaoua, Dayán de la ciudad, reconocido también en las responsas del Malaj Refael Encaoua, su tío, una figura destacada en la vida halájica y comunitaria de Marruecos, cuya tumba es lugar de peregrinación hasta hoy en día.
Su padre, Rebi Mordejay Encaoua zatsal, fue presidente del tribunal rabínico de Tánger. En este entorno, mi tío creció valorando profundamente la Torá, la halajá, el respeto por los sabios y el compromiso con la comunidad.
Desde joven viajó a Israel, experiencia que dejó en él una huella imborrable. Incluso de regreso en Tánger, hablaba de esa tierra con devoción y esperanza.
Fue miembro activo del comité comunitario de Tánger y uno de los impulsores y fundadores de la sinagoga Sha’ar Refael, cuya construcción supervisó con dedicación junto a Elías Bendrihem y Salvador Azaguri Z’L y que se inauguró precisamente en el año 1967, año de la liberación de Jerusalén.
Tras emigrar a Caracas, no tardó en involucrarse nuevamente en el quehacer comunitario. Al poco tiempo de llegar participó en la directiva de la AIV bajo la presidencia de León Cohen Z’L, fue secretario de la Hebrá Kadishá durante varios períodos, y promovió proyectos esenciales como la compra de terrenos en el Cementerio del Este y la Quinta Milú, junto a su amigo y compañero Jacobo Benasayag Z’L. En el año 2002, esa labor incansable le fue oficialmente reconocida: la AIV le otorgó el Premio al Mérito Comunitario, destacando especialmente su compromiso desinteresado con estos proyectos fundamentales para la vida judía en Caracas. Este galardón fue un testimonio público del aprecio y gratitud de toda la comunidad por su entrega silenciosa pero constante.
Su compromiso no era un acto de protagonismo, sino un reflejo sincero de su identidad. Como dicen nuestros sabios en Pirkéi Avot:
«כל העוסקים עם הציבור יהיו עוסקים עמהם לשם שמים…»
“Todo el que se ocupa de la comunidad, que lo haga por el Cielo…”. Y sin duda, su obra fue leshem shamayim.
Los sabios dicen que cada generación construye sobre las piedras que recibió de la anterior. Mi tío Messod fue una de esas piedras. Una piedra silenciosa pero firme. No necesitaba títulos ni aplausos. Su fuerza estaba en su fidelidad a los valores, en su responsabilidad con la comunidad, en su amor por su familia, y en su respeto por la Torá y quienes la estudian.
Pero por encima de todo, cumplía con discreción y sencillez sus prácticas religiosas. Era una forma de vivir la religión que heredó de sus padres, y que representa un lema familiar trasmitido por generaciones. No buscaba reconocimientos ni hacía alarde de su observancia. Vivía su fe con la naturalidad del que camina recto y en silencio. Como dice el profeta Mijá:
«והצנע לכת עם א-להיך»
“Y andar con discreción con tu Dios” (Mijá 6:8).
Querida familia: sus huellas siguen marcadas, su voz resuena en los pasillos de nuestras memorias, y su ejemplo no necesita adornos. Está ahí, claro, sobrio, inspirador.
Los invito hoy no solo a recordarlo, sino a continuar su legado: con humildad, con responsabilidad, y con el mismo amor que él sentía por el pueblo de Israel, su historia y su destino.
A sus hijos, quiero expresarles mi profunda admiración y respeto. Siempre estuvieron al lado de su padre, pendientes de él, cuidándolo con cariño y brindándole la compañía necesaria durante los años difíciles, especialmente tras el fallecimiento de su esposa, mi tía Mary Z’L.
Ustedes lograron que aquellos años de soledad —cuando además la salud comenzaba a debilitarse y el cuerpo se volvía una carga— fueran menos pesados. Supieron aliviar su carga con presencia, amor y dedicación. Él siempre estuvo bien atendido, nunca le faltó quien lo acompañara, la casa estaba en orden y él mismo siempre se veía bien arreglado.
Cumplieron de manera ejemplar el sagrado precepto de Kibud Av VaEm, el respeto y honor a los padres. La Torá menciona expresamente dos mitzvot cuya recompensa es una larga vida, y una de ellas es precisamente esta.
Estoy seguro de que el Eterno sabrá recompensarles con todo lo mejor, y les concederá muchas alegrías en el camino por venir.
Que su memoria sea bendición para sus hijos, nietos, demás familiares y esta respetada kehilá, a quien tanto cariño tenía y a la que tantas horas dedicó.
«יָבֹא בְשָׁלוֹם יָנוּחוּ עַל מִשְׁכְּבוֹתָם»
“Que venga en paz y descanse en su lecho” (Yeshayahu 57:2).