Dani Lerer*
La imagen es de una elocuencia devastadora. No necesita subtítulos, pero sí nombres propios. No es solo una ilustración: es el retrato de una capitulación moral. En ella se condensa una época en la que la indignación dejó de ser un imperativo ético para convertirse en una mercancía ideológica, útil cuando sirve al relato correcto y descartable cuando incomoda a los aliados equivocados.
Durante meses gritaron “genocidio” con una liviandad obscena. Lo hicieron desde plazas seguras, estudios de televisión, alfombras rojas y atriles oficiales. Gaza fue el escenario perfecto: una narrativa simple, emocional, rentable. Un conflicto complejo reducido a consignas morales para consumo militante. No importaban los hechos, el 7 de octubre, ni el uso sistemático de civiles como escudos humanos por parte de Hamás. Importaba el eslogan.
Hoy, en cambio, el silencio es ensordecedor.
En Irán no hay consignas cómodas. No hay hashtags festejados por celebridades ni performances progresistas. Hay un régimen que dispara contra su propio pueblo. Jóvenes asesinados por protestar. Mujeres reprimidas, encarceladas o ejecutadas por desafiar una teocracia medieval. Manifestantes torturados, enterrados en el anonimato tras apagones informativos deliberados. Violencia estatal pura, sin disfraces narrativos.
Y frente a eso, la autoproclamada conciencia moral del mundo se esfumó.
(Foto: danilerer.com)
Es imposible no identificar a los protagonistas de este naufragio ético.
Pedro Sánchez, que no dudó en tensar relaciones diplomáticas con la única democracia de Oriente Medio para capitalizar rédito político interno, hoy prefiere la cautela burocrática frente a los crímenes del régimen de Jamenei. Su humanismo parece detenerse allí donde empiezan los cálculos geopolíticos y el temor a incomodar al eje autoritario, es decir, sus socios.
Angelina Jolie y Mark Ruffalo, abanderados de la “conciencia global” hollywoodense, expertos en comunicados lacrimógenos y llamados urgentes cuando el blanco es Israel, guardan un silencio quirúrgico mientras mujeres iraníes son asesinadas por mostrar el pelo y jóvenes mueren por pedir libertad.
Roger Waters y Javier Bardem, veteranos del panfleto ideológico, reducen la complejidad del mundo a un maniqueísmo rancio donde solo existe un villano permitido. Su mutismo ante la represión de los ayatolás es tan elocuente como su entusiasmo para campañas de boicot selectivo.
Pep Guardiola, siempre dispuesto a dar lecciones de ética desde la comodidad de una sala de prensa, descubre súbitamente los límites del compromiso cuando las atrocidades provienen de regímenes teocráticos que orbitan cerca de los centros de poder que sostienen el negocio global del fútbol.
No es una omisión casual. Es una elección.
¿Por qué este silencio? Porque Irán no sirve para la épica militante. La masacre no vende en esos círculos. No alimenta el antioccidentalismo automático ni valida las teorías conspirativas que tanto seducen a la izquierda caviar y a los sectores radicalizados.
Para estos personajes, el sufrimiento humano solo merece atención si puede ser utilizado como arma arrojadiza contra las democracias liberales. Cuando el verdugo es un régimen islámico radical que desprecia cada uno de los valores que dicen defender en Occidente, prefieren taparse los ojos, los oídos y la boca.
El dato mata al relato: mientras ellos callan, miles de iraníes se juegan. Ignorar esa agonía mientras se sobreactúa indignación en otros escenarios no es activismo. Es complicidad moral.
La historia no suele ser amable con los justicieros de cartón. Esta imagen quedará como testimonio de una época en la que la fama y el poder político se utilizaron para amplificar desinformación y para callar frente a la barbarie real.
Quienes hoy se esconden detrás de sus manos para no ver los crímenes del régimen de Jamenei han perdido cualquier autoridad moral para hablarnos de derechos humanos.
Su silencio sobre Irán es el sello final que certifica la falsedad de sus gritos sobre Gaza.
*Politólogo, analista internacional, columnista y comunicador argentino.
Fuente: danilerer.com