En los Yamim Noraim, el pueblo judío afirma que su identidad no está marcada por el miedo ni por el odio, sino por la esperanza activa y la resiliencia.
Marina Rosenberg*
En estas semanas en que las comunidades judías del mundo nos preparamos para los Yamim Noraim, el corazón se abre al balance. Reflexionamos sobre lo vivido, sobre las heridas que aún duelen y los desafíos que persisten. Y no podemos ignorar que el antisemitismo —esa sombra antigua con disfraces modernos— sigue presente: en las calles, en las universidades, en los discursos públicos y en las redes sociales.
Pero estos días también nos recuerdan algo esencial: que el judaísmo nunca se ha definido por el miedo, sino por la esperanza. Cada Rosh Hashaná nos invita a imaginar el mundo no como es, sino como podría ser: más justo, más compasivo, más luminoso.
El antisemitismo intenta reducirnos a víctimas. Nuestra tradición, en cambio, nos devuelve la voz de protagonistas. Nos recuerda que no somos un pueblo frágil, sino un pueblo con memoria, con resiliencia y con una capacidad inagotable de construir futuro. La historia judía no se define solo por lo que nos hicieron, sino por cómo seguimos soñando, creando y dando vida.
El antisemitismo no desaparecerá de un día para otro. Pero tampoco desapareció nuestra fe durante dos mil años de exilio. No se extinguieron nuestras canciones ni nuestras plegarias. Y así, tampoco se apagará ahora nuestra capacidad de imaginar un futuro distinto.
La fuerza del pueblo judío siempre ha sido trasformar lágrimas en canciones, y pérdidas en semillas de vida nueva. Allí donde otros quisieron imponer silencio, respondimos con aprendizaje, con cultura, con generaciones enteras que siguieron trasmitiendo valores milenarios e inquebrantables. Esa es la verdadera victoria frente al odio: no permitir que dicte nuestro destino, sino escribirlo con letras propias.
Desde la Liga Antidifamación (ADL) afirmamos hoy que la lucha contra el antisemitismo no es únicamente resistencia: es también afirmación de vida y de identidad. Cada escuela judía que abre sus puertas, cada Shabat compartido con familiares y amigos, cada proyecto de justicia social que emprendemos es una declaración de que la esperanza es más fuerte que el odio.
En estos Yamim Noraim, cuando el shofar nos convoca a la introspección y a la renovación, escuchemos también su llamado a no resignarnos. A comprometernos —como individuos y como comunidad— a ser faros de dignidad, de solidaridad y de fe en la humanidad.
El antisemitismo intenta reducirnos a víctimas. Nuestra tradición, en cambio, nos devuelve la voz de protagonistas. Nos recuerda que no somos un pueblo frágil, sino un pueblo con memoria, con resiliencia y con una capacidad inagotable de construir futuro
En este año 5786 que comienza, recordemos que la esperanza no es una emoción pasiva: es un acto de valentía. Significa elegir construir, educar y tender la mano incluso cuando sería más fácil cerrarse. Que cada uno de nosotros, en la vida cotidiana, escriba pequeñas páginas de esperanza, porque juntas componen la gran historia de un pueblo que nunca dejó de soñar.
Que este nuevo año nos encuentre con la fuerza de denunciar, la valentía de actuar y, sobre todo, con la esperanza activa de que el próximo sonido del shofar nos acerque a un mundo donde ningún niño o niña judío tenga que esconder su identidad, y donde la dignidad de nuestro pueblo se celebre en libertad, de manera abierta y con orgullo.
¡Shaná Tová Umetuká!
*Marina Rosenberg es diplomática, y vicepresidenta sénior de Asuntos Internacionales de la Liga Antidifamación (ADL).