Tras la brutal masacre perpetrada el 7 de octubre de 2023 por los grupos terroristas Hamás, Yijad Islámica Palestina e incluso por palestinos comunes en el sur de Israel, se desató a nivel mundial una enorme ola de antisemitismo, en la que no hay recato ni vergüenza para manifestar odio a través de bulos, prejuicios y señalamientos contra los judíos y/o contra el Estado de Israel, el cual se ha convertido en “el judío entre las naciones”.
Así, casi finalizando julio, sucedió un desagradable incidente con un grupo de unos 50 adolescentes franceses visiblemente judíos —pues portaban elementos propios del judaísmo como kipot y tzitzit—, que habían participado en un campamento vacacional en España y regresaban a París en un vuelo de la línea aérea Vueling, desde Valencia a París.
La tripulación acusó a los jóvenes de alborotadores, de manipular elementos como las máscaras de oxígeno, los chalecos salvavidas y una bombona de oxígeno; el piloto, sin salir de su cabina, llamó a la Guardia Civil; a los jóvenes se les decomisaron ilegalmente sus celulares, se borraron los videos que probarían su inocencia, con extrema violencia de redujo en el suelo a la madrijá o monitora, se la esposó (es lo único que quedó grabado en un video) y detuvo; y a los jóvenes les hizo desembarcar del avión, dejándolos varados en el aeropuerto.
La aerolínea está obligada a investigar lo sucedido, pero hasta los momentos se ha limitado a emitir comunicados acusatorios, dando por sentado que los adolescentes son culpables. Los acusados niegan esa versión, y algunos pasajeros también. Al parecer, uno de los jóvenes dijo una palabra en hebreo y otros respondieron; se trataba de un juego del campamento en el que habían estado, pero una de las aeromozas los mandó a callar y ellos se quedaron tranquilos.
Virulencia antisemita desatada: Juan Ramón Lucas
(Foto: Wikimedia Commons)
Pese al mal sabor que nos dejó el maltrato infligido a este grupo de niños, tal vez todo se debería reducir a esperar los resultados de una investigación. Sin embargo, este incidente generó una serie de relatos calumniosos en las redes sociales y en medios de comunicación. Uno de ellos, un artículo publicado en La Razón de España (26/07/2025), escrito por Juan Ramón Lucas bajo el título “La insoportable superioridad de los elegidos”, quien a priori decide que los judíos son culpables y, como si él mismo hubiera estado en ese vuelo viendo con sus propios ojos lo acaecido, señaló: “Exhiben su odio a los árabes envuelto en el victimismo que todo lo justifica, y esperan ser aplaudidos”. Además se las da de entender hebreo, pues traduce falsamente: “muerte a los árabes” o “arderá tu pueblo”; irrespeta a los jóvenes llamándolos “niñatos”, que según el diccionario significa persona joven presuntuosa, y los acusa de una actitud “chulesca”, que significa una forma de comportamiento arrogante.
A partir de allí, el articulista sigue con una sarta de engaños. Repite lo de la manipulación de material sensible, cuando ya se sabe que este no está al alcance si no los activan los tripulantes. Otra inconsistencia de Lucas es afirmar que a la monitora la reducen y esposan en la terminal, pero en el único video que subsistió a la razzia de la tripulación para borrar testimonios, se ve que ello ocurrió en el propio avión.
Lucas (y no me refiero al dibujo animado infantil) reprocha a los judíos por “usar” el problema del antisemitismo y se burla: “Es una vuelta al viejo argumento del victimismo para justificar cualquier acción… Si los judíos fueron víctimas de la represión y el crimen desde tiempo inmemorial, si en la historia reciente han sufrido episodios de brutal y sistemático asesinato, si, además, son y siempre serán el pueblo elegido de Dios, ¿cómo osamos los demás poner en cuestión su derecho a defenderse y su superioridad sobre cualquier otro ser humano?”. Es decir, según este “genio” los judíos no tenemos derecho a defendernos ni siquiera cuando nos agreden con asuntos claramente antisemitas, y como si hubiera estado presente durante el incidente acusa a los jóvenes de “ese espíritu” e, inmediatamente, hace malabarismos para brincar desde este caso y aterrizar metafóricamente en Israel, que no puede faltar en el antisemitismo actual.
Habla de manifestaciones “frente a la frontera de Gaza para evitar que entren los camiones de ayuda humanitaria en el caso de que lo permitiera su gobierno”. No obstante, vamos a salvar de la ignorancia a Lucas: los que comen “de forma pública y ostentosa mientras unos metros más allá la gente muere de hambre” son los terroristas palestinos frente a los secuestrados en Gaza, quienes han narrado las torturas que sufrieron, entre ellas el hambre, ostensible al ser liberados con muchos kilos menos.
Hay una confusión en Lucas: habla de israelíes protestando contra el gobierno y el ejército, “pero su voz apenas tiene eco en una sociedad tan anestesiada”, es decir, ¿los que protestan son parte o no de la sociedad israelí? ¿se movilizan, o están anestesiados? Y brutalmente pasa a comparar a la sociedad israelí con los nazis, lo cual no solo es tramposo sino moralmente reprensible.
El autor del artículo, lleno de ligerezas, no sabe lo que realmente aconteció, e imputa a unos niños que, según los testimonios de otros pasajeros, no produjeron alboroto ni tuvieron malos comportamientos, y que por medidas de seguridad no tenían acceso a manipular elementos del avión
Cabe recordar que el gobierno de Israel ha sido elegido por sus ciudadanos de forma democrática, y así es desde su renacimiento. Allí no hubo ningún Franco, y sus gobiernos siempre han sido tan o más legítimos que los de España. Luego Lucas habla de “censura y manipulación de los medios israelíes”, cuando a diario el 100% de los medios allá publican o emiten posturas críticas; resulta que la prensa israelí es irreverente y la menos sumisa al poder.
Claro, esos “errores” surgen cuando hablas desde la animosidad. Por cierto, ningún tribunal ha podido determinar lo del genocidio, e incluso Irlanda pretende cambiar la definición internacional de ese término, adaptándola para acusar a Israel.
No podía faltar la descalificación del “Gran Israel”, pero eso se estrella contra la realidad: basta recordar que en la Guerra de los Seis Días de 1967 —que Israel no inició— aumentó en 300% su superficie, pero ese territorio ha ido devolviéndose a cambio de tratados de paz. Por ejemplo: el territorio israelí es de unos 20.000 kilómetros cuadrados y el Sinaí, devuelto a Egipto tras la firma de los Acuerdos de Camp David en 1979, tiene 61.000. Otro ejemplo: en 1991, durante la Guerra del Golfo tras la invasión de Saddam Hussein a Kuwait, Iraq lanzó 39 misiles Scud contra ciudades israelíes; Israel no reaccionó para no fracturar la coalición anti-iraquí. La propia historia echa por tierra las peregrinas teorías antisemitas de Lucas. Además, expone generalizaciones: “Si un judío te insulta y le contestas, eres antisemita”.
Peor aún, el articulista engaña con el propósito de certificar lo que quería probar: “la imagen de los niños convertidos en sacos de piel y huesos por un país cuyos ciudadanos presentes y futuros se creen con derecho a tomar un avión y llenar el aire de cánticos tan miserables como los de los nazis que mataron a sus bisabuelos”. Por supuesto que las fotos de un par de niños esqueléticos son una vergüenza, pero no para Israel sino para los medios que se aprovechan de sus tragedias, de sus enfermedades congénitas para exponerlos, y eso está demostrado con la investigación de esos casos y al reponer las fotos familiares recortadas por los medios, donde aparecen sus hermanos sanos.
El autor del artículo, lleno de ligerezas, no sabe lo que realmente aconteció, e imputa a unos niños que, según los testimonios de otros pasajeros, no produjeron alboroto ni tuvieron malos comportamientos, y que por medidas de seguridad no tenían acceso a manipular elementos del avión. El odio antisemita de Lucas lo ciega y lo hace relatar cuentos incompletos y desapegados de la verdad.