Raquel Markus-Finckler*
El acto terrorista contra la comunidad judía de Sydney, Australia, durante el encendido de la primera vela de Janucá, seguido por atentados menores en otros países y por intentos de ataques que fueron detenidos a tiempo, deja al descubierto una verdad incómoda que muchos prefieren no mirar de frente: en Oriente y en Occidente, los judíos vivimos hoy en un estado real de vulnerabilidad.
Y no se trata de la vulnerabilidad que se proclama y se celebra. No hablo de la “vulnerabilidad” convertida en concepto atractivo, la que se exhibe, se mitifica y se trasforma en capital simbólico. Esa que, bien administrada, suma empatía inmediata, seguidores y aprobación pública. La que se vende, se mercadea y termina por convertirse en narrativa, identidad y consigna.
Hablo de la verdadera. De la que nadie quiere experimentar en carne propia. De la que pocos se atreven a escribir, la que no se nombra, la que el mundo prefiere ignorar.
Me refiero a la vulnerabilidad que sentimos los judíos, un grupo equivalente al 0,2 por ciento de la población mundial, cuando salimos de nuestras casas a encender velas en espacios públicos y regresamos heridos, traumatizados, de duelo… o, en el peor de los casos, simplemente no regresamos.
(Imagen: Enlace Judío)
Es lo que sucede cuando el miedo deja de ser metáfora o discurso político y se convierte en protocolo de seguridad comunitaria. Ser realmente vulnerables no es tendencia, no es algo mercadeable, no es algo que se anuncie en titulares de prensa ni en foros de opinión.
La vulnerabilidad de las comunidades judías en países occidentales no genera campañas masivas de solidaridad ni mensajes públicos de apoyo, no enciende indignación en los discursos políticos, no ocupa debates televisados ni provoca declaraciones grandilocuentes de opinadores profesionales.
Tampoco aparece mencionada en chats privados ni en grupos dedicados a la cultura, al arte, la literatura o los derechos humanos. Tal vez se hace más evidente cuando, en decenas de espacios que se proclaman comprometidos con la verdad, la justicia y la responsabilidad social, el silencio ocupa el lugar de las palabras de protesta, solidaridad o empatía hacia los integrantes judíos de esos mismos grupos frente a los ataques sufridos por el pueblo hebreo durante el encendido de las velas de Janucá.
Dados los altos índices de judeofobia medidos en la actualidad, defender a los judíos en cualquier espacio dedicado al “pensamiento” resulta hoy, para muchos, “políticamente incorrecto”. La vulnerabilidad judía incomoda, porque no encaja en el relato dominante. Porque obliga a tomar posición. Porque rompe la ilusión de que el odio es siempre abstracto, exagerado o lejano.
Se habla mucho de la vulnerabilidad como elección, pero la verdadera no se elige. No es nada agradable encender velas bajo amenaza de muerte. No es nada poético reunirse alrededor de un candelabro sabiendo que el gesto de combatir la oscuridad puede convertirte en blanco de balas. No hay nada loable en contar muertos y heridos durante una festividad que celebra la luz.
La vulnerabilidad judía incomoda, porque no encaja en el relato dominante. Porque obliga a tomar posición. Porque rompe la ilusión de que el odio es siempre abstracto, exagerado o lejano
Y, sin embargo, después de lo ocurrido en Bondi Beach y de otros ataques posteriores, sucedió algo que apenas fue registrado: las comunidades judías del mundo seguimos encendiendo las velas de Janucá en eventos públicos.
No por ingenuidad. No por inconsciencia. No por temeridad.
Lo hicimos con miedo, con rabia contenida, con indignación, duelo y tristeza… pero lo hicimos igual.
Nos seguimos reuniendo alrededor de las luces para afirmar que, aun siendo vulnerables, no permitiríamos que el terror nos arrebatara la posibilidad de celebrar nuestra identidad, nuestra cultura y nuestra memoria.
No superamos el miedo porque seamos insensibles a él. Lo hacemos porque nos negamos a concederle la última palabra al terror, a la oscuridad y al odio. A pesar del temor, nos volvimos a reunir. A pesar de la rabia, volvimos a cantar. A pesar del duelo, volvimos a bailar.
Y aquí conviene recordar algo que suele decirse de forma incompleta: el verdadero milagro de Janucá no es que una pequeña cantidad de aceite haya alcanzado para mantener encendida la menorá durante ocho días en el Templo de Jerusalén. Ese relato importa, sí, pero actualmente no es el centro del legado de Janucá.
El milagro es otro.
El milagro es que, miles de años después, en ciudades de todo el mundo, el pueblo judío siga encendiendo luces. Que nuestra historia no se haya diluido. Que nuestra identidad no se haya dispersado hasta volverse irreconocible. Que no olvidemos quiénes somos, a pesar de los señalamientos, las expulsiones, las persecuciones y los reiterados intentos de condenarnos a la oscuridad.
No encendemos luces porque seamos inmunes al miedo. Las encendemos porque, incluso con miedo, sabemos quiénes somos
Y tal vez por eso persiste el odio. Porque no es solo odio. Es también una forma torcida de envidia. Envidia hacia una resistencia que no se quiebra. Hacia una identidad que no se enmascara para encajar. Hacia una determinación que no pide permiso para existir.
El antisemitismo no tolera la persistencia. No soporta que, generación tras generación, después de pogromos, guetos, atentados y silencios, el gesto siga siendo el mismo: una luz encendida como antídoto contra la oscuridad.
Encender las luces de Janucá hoy no es un gesto decorativo ni una costumbre heredada. Es una forma de decir: aquí estamos. Con miedo, sí. Con dolor, también.
Pero presentes e inquebrantables.
No encendemos luces porque seamos inmunes al miedo. Las encendemos porque, incluso con miedo, sabemos quiénes somos.
Y mientras haya una llama viva, en cualquier plaza, en cualquier ciudad, en cualquier rincón del mundo, el verdadero milagro de Janucá seguirá ocurriendo.
No en el aceite.
Sino en nuestra obstinada persistencia.
*Periodista, escritora, poeta, editora (@escritora.creativa)