Gabriel Ben Tasgal*
En la cronología de los colapsos políticos, pocos son tan fascinantes y didácticos como el de Mohamad Reza Pahlavi. Mientras hoy Irán busca un nuevo equilibrio, es imperativo mirar hacia 1963, el año en que el Sha lanzó su ambiciosa Revolución Blanca. Aquel proyecto, diseñado para catapultar a Irán hacia el futuro, terminó siendo la alfombra roja por la que caminó el ayatolá Jomeini hacia el poder en 1979.
¿Cómo es que un plan de modernización, salud y alfabetización destruyó una monarquía milenaria? La respuesta reside en la desconexión fatal entre el progreso material y el alma de un pueblo.
Llamada “Blanca” porque se pretendía una revolución sin derramamiento de sangre (a diferencia de las revoluciones rojas comunistas), fue un programa de 19 puntos que buscaba occidentalizar Irán a pasos agigantados. Sus pilares principales fueron:
En el papel, el Sha estaba construyendo una utopía. En la realidad, estaba cavando su propia fosa política a través de tres errores monumentales.
(Imagen: Hatzad Hashení)
La reforma agraria fue el mayor de los bumeranes. Al destruir el sistema feudal, el Sha eliminó a la clase terrateniente que, aunque anticuada, era un pilar de estabilidad para la monarquía. Los campesinos, ahora dueños de pequeñas parcelas insuficientes para sobrevivir, emigraron masivamente a las ciudades.
Allí, hacinados en barrios pobres y despojados de sus raíces rurales, estos nuevos ciudadanos no se convirtieron en la clase media liberal que el Sha esperaba. En cambio, se convirtieron en una masa de gente desplazada, frustrada y receptiva al mensaje de los clérigos, quienes les ofrecían una identidad y una comunidad en medio del caos urbano.
El Sha subestimó el poder de la tradición. Al nacionalizar tierras que pertenecían a fundaciones religiosas (waqf) y al modernizar la economía de manera que perjudicaba a los comerciantes tradicionales del bazar, el monarca unió a los dos grupos más influyentes de Irán en su contra.
Irán siempre ha tenido una “Nufuzfobia” (miedo a la influencia externa). La Revolución Blanca fue percibida no como un progreso propio, sino como una receta impuesta por Estados Unidos. El ayatolá Jomeini aprovechó este sentimiento, calificando al Sha no de modernizador, sino de “agente de los extranjeros” que atacaba los valores del Islam.
Este fue el error de cálculo definitivo. El Sha dio a los iraníes educación y mejores hospitales, pero les negó la participación política. A medida que la población se alfabetizaba y crecía una nueva clase media, la demanda de derechos civiles se volvió imparable.
El Sha respondió con la Savak, su temida policía secreta. El resultado fue una olla a presión: por un lado, un Irán que se veía como París o Londres en las fotos de las revistas; por el otro, un sistema político asfixiante que no permitía la disidencia. La modernización creó los ciudadanos que, eventualmente, tendrían las herramientas intelectuales para cuestionar y derrocar al monarca.
Hoy, mientras el pueblo iraní reclama de nuevo su destino, la Revolución Blanca nos deja una advertencia clara: la modernización no es lo mismo que la autenticidad. El Sha intentó imponer un futuro que no dialogaba con el pasado de su gente.
Para que la trasformación actual de Irán sea exitosa, no puede ser una “Revolución Blanca” impuesta desde arriba ni una “Revolución Islámica” impuesta desde la religión. Debe ser una revolución que nazca de la base, que respete tanto el orgullo persa como la sensibilidad espiritual, y que entienda que no hay progreso real si este se construye sobre la humillación de las tradiciones de un pueblo.
*Periodista, director del programa de diplomacia pública israelí Hatzad Hashení.
Fuente: hatzadhasheni.com