Diego Sciretta*
En el volátil mosaico del Medio Oriente, donde las lealtades cambian y los conflictos sectarios reconfiguran mapas y vidas, la relación entre el Estado de Israel y la comunidad drusa se alza como un pilar singular.
No es una alianza meramente estratégica, sino una conexión forjada en décadas de convivencia, respeto mutuo y, lo que es crucial, la compartida necesidad de supervivencia en una región a menudo hostil para las minorías. Esta relación especial, sin embargo, no opaca la larga y a menudo trágica cronología de la lucha y resistencia de los drusos por su propia existencia.
La lealtad de la comunidad drusa en Israel es proverbial. Su compromiso con el Estado, que se manifiesta en su servicio militar obligatorio —a diferencia de otras minorías árabes—, es un testimonio de una integración profunda y una identificación con el destino de Israel.
Los soldados drusos de las Fuerzas de Defensa de Israel están orgullosos de sus dos banderas
(Foto: cadpanama.com)
Para Israel, la comunidad drusa no es solo una minoría leal, sino un socio estratégico indispensable, un puente cultural y una voz moderada en un entorno complejo. Esta afinidad ha adquirido una renovada urgencia ante la reciente y alarmante escalada de violencia en la provincia siria de Sweida, de mayoría drusa, donde los enfrentamientos con milicias y facciones beduinas suníes han puesto de manifiesto, una vez más, la extrema vulnerabilidad de esta comunidad.
La intervención militar de Israel en Siria, con el objetivo declarado de proteger a sus hermanos drusos, subraya la seriedad de este vínculo y la percepción de una amenaza existencial compartida. Pero esta relación especial es solo el capítulo más reciente de una historia mucho más amplia de lucha y resistencia drusa, una epopeya que se remonta a los orígenes mismos de su fe.
Desde su fundación en el siglo XI, la fe drusa fue rápidamente considerada herética por las corrientes mayoritarias del Islam, forzando a sus seguidores a buscar refugio en las remotas cumbres montañosas de Siria, Líbano e Israel.
Este aislamiento forzado, lejos de debilitarlos, forjó una identidad comunitaria férrea y una resiliencia inquebrantable:
La historia de la comunidad drusa es, en esencia, una historia de resiliencia inquebrantable frente a la adversidad. Su especial relación con Israel, lejos de ser una simple conveniencia, es una extensión de esta lucha por la supervivencia y la autodeterminación.
Para Israel, la comunidad drusa no es solo una minoría leal, sino un socio estratégico indispensable, un puente cultural y una voz moderada en un entorno complejo
Para ambas partes, reconocer esta profunda interconexión no es solo un acto de solidaridad, sino una lección vital sobre la importancia de las alianzas en la defensa de los valores compartidos y la protección de las comunidades más vulnerables en una región donde la paz sigue siendo un bien escaso y la existencia una batalla diaria.
*El autor es un columnista sobre temas de actualidad residente en Sderot, Israel.
Fuente: Enlace Judío (enlacejudio.com).