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    Perspectivas

    La guerra de Gaza y la rendición de Occidente

    Published by Yossi Bentolila on 28 julio, 2025
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    La visión posmodernista del mundo, donde los hechos se subordinan a los sentimientos y el juicio moral es reemplazado por una jerarquía de victimización percibida, ha causado un declive intelectual en el que la realidad es distorsionada e incluso invertida

    Andrew Fox*

    La guerra de Gaza, aunque devastadora por sí sola, ha revelado algo más profundo y perturbador que la tragedia inmediata en el Medio Oriente. Ha dejado al descubierto el declive interno de Occidente: el dominio del pensamiento posmoderno, el fracaso de la integración, la tolerancia hacia odios importados y una preocupante vulnerabilidad ante la desinformación financiada desde el extranjero.

    Lo que comenzó como un conflicto lejano ha escalado rápidamente hacia el caos en nuestras calles, campus e instituciones. El antisemitismo se dispara. El extremismo prospera. Y en el fondo de todo esto está la explotación de nuestras libertades por parte de quienes buscan destruirnos desde dentro.

    La erosión de la claridad moral en las instituciones occidentales, como ha revelado la guerra de Gaza, está profundamente enraizada en el declive intelectual causado por el pensamiento posmoderno. En el núcleo de esta crisis está el cambio de la verdad objetiva a la ideología subjetiva, donde los hechos se subordinan a los sentimientos y el juicio moral es reemplazado por una jerarquía de victimización percibida.

    “Globalizar la intifada” es un llamado a propagar el terrorismo hecho desde las calles de las principales ciudades de Occidente. ¿Existe un ejemplo más patente del suicidio de una civilización?
    (Foto: AFP)

    El posmodernismo, surgido a mediados del siglo XX, cuestionó el concepto mismo de verdad objetiva. Sostiene que todo conocimiento es una construcción social, que las relaciones de poder influyen en todas las narrativas, y que los valores universales son herramientas de opresión. En la visión posmoderna del mundo, no hay héroes ni villanos, solo perspectivas en competencia.

    Cuando se aplica a un conflicto —especialmente uno tan moralmente claro como la guerra entre Israel y Hamás—, el posmodernismo exige una falsa equivalencia. Así, terminamos con una grotesca inversión de la realidad: un grupo terrorista que viola, decapita y secuestra civiles es presentado como un movimiento de resistencia legítimo, mientras que el Estado democrático que se defiende es catalogado como genocida.

    El número de muertos en Gaza es un ejemplo perfecto. En lugar de analizar simplemente los datos disponibles, existe todo un sector académico dedicado a “demostrar” que el número de muertes es más alto, simplemente porque sus sentimientos les dicen que así debería ser. Así, vemos una avalancha de informes académicos metodológicamente defectuosos que elevan el número de muertos basándose en investigaciones endebles que buscan llegar a conclusiones falsas, con resultados predeterminados incluso antes de comenzar. Los medios informan sobre estos estudios, y así los datos falsos inundan el ecosistema del debate.

    Esto es sintomático del colapso intelectual en el ámbito académico occidental. Los campus empapados de ideología posmoderna ya no enseñan a los estudiantes a pensar, sino a sentir. El pensamiento crítico, que alguna vez fue la base de la educación liberal, ha sido reemplazado por la teoría crítica, que ve cada problema a través del prisma de la raza, el poder y la opresión. La verdad ya no se determina por la lógica o la evidencia, sino por quién puede reclamar la mayor victimización. En este paradigma, los judíos son reformulados como opresores simplemente porque Israel existe y tiene éxito, a pesar de su sufrimiento histórico y su condición de minoría.

    Esta mentalidad ha dado lugar a turbas estudiantiles que corean “intifada” y “globalizar la resistencia”, sin entender (o tal vez sin importarles) lo que implican esos lemas. Esto alimenta a los periodistas que insisten en que el “contexto” justifica atrocidades, y a la ONGs que repiten las cifras de muertos de Hamás sin una pizca de escepticismo sobre la fuente. El posmodernismo ha erosionado nuestras defensas epistemológicas: nuestra capacidad para distinguir la verdad de la propaganda, la justicia de la barbarie.

    También ha corrompido nuestro vocabulario moral. Términos como “genocidio”, “colonialismo” y “apartheid” ya no se usan como conceptos legales o históricos serios, sino como herramientas para atacar a Occidente y defender a sus enemigos. Como ocurre con los informes falsos sobre víctimas, en el marco posmoderno estas etiquetas no están destinadas a ser demostradas: están destinadas a sentirse verdaderas, especialmente si las pronuncia alguien con la identidad o la ideología “correcta”.

    Esta mentalidad ha dado lugar a turbas estudiantiles que corean “intifada” y “globalizar la resistencia”, sin entender (o tal vez sin importarles) lo que implican esos lemas. Esto alimenta a los periodistas que insisten en que el “contexto” justifica atrocidades, y a la ONGs que repiten las cifras de muertos de Hamás sin una pizca de escepticismo sobre la fuente

    Por eso los hechos ya no importan. Hamás puede publicar un video de propaganda, y se difunde más rápido que cualquier desmentido de las Fuerzas de Defensa de Israel. Las violaciones y masacres de civiles israelíes se minimizan, mientras que la simple acusación de una respuesta desproporcionada se convierte en la historia dominante. En una cultura posmoderna, la emoción suele triunfar sobre la evidencia. La narrativa lo es todo, y si la narrativa se ajusta a la agenda ideológica, entonces se vuelve sagrada e intocable.

    El resultado final es una cultura desarmada ante el mal. Cuando la moralidad se define únicamente por el poder, las víctimas que poseen algún tipo de poder (judíos, Israel, Occidente) son reformuladas como villanos.

    Este es el meollo del asunto: no estamos viendo solo un ataque a Israel. Esto es un ataque a Occidente.

    Ha sido amplificado por el multiculturalismo, implementado sin exigir valores compartidos. Ahora vemos a Occidente colonizado por comunidades paralelas en las que ideologías antioccidentales y antijudías han fermentado durante décadas antes de estallar tras la chispa de Gaza. La inmigración masiva sin una asimilación significativa ha creado sociedades fracturadas, con descontento en ambos lados del debate. Solo esta semana, hemos visto vergonzosas y violentas protestas antiinmigración en España, Gran Bretaña, Polonia e Irlanda. Nuestras sociedades están fracturadas, lo que hace imposible responder a un ataque contra los valores occidentales, porque estos ya no se comparten completamente.

    En ningún lugar fue más evidente esta confusión moral que en los campus universitarios estadounidenses. Universidades que antes se enorgullecían de ser centros de pensamiento libre se han convertido en criaderos de odio. En Harvard, Columbia y Cornell, los estudiantes celebraron las atrocidades de Hamás, culpando a Israel por la masacre del 7 de octubre. Los administradores, aterrorizados de ofender a los activistas, respondieron con cobardía. La línea entre protesta y simpatía con el terrorismo se desdibujó, y los estudiantes judíos quedaron abandonados.

    Esto no ocurrió por casualidad; durante décadas, las operaciones de información soviéticas impulsaron la línea posmoderna hacia académicos de izquierda. La propaganda rusa continúa alentando, amplificando y atacando las fallas en nuestras sociedades. La corrupción también fue comprada y financiada. Miles de millones cataríes han inundado la academia occidental, creando aliados ideológicos en los campus.

    El resultado son departamentos académicos que operan más como herramientas de propaganda: un crítico paradigma intelectual arruinado, académicos comprometidos financieramente que moldean narrativas en los medios y la función pública, y grupos estudiantiles como Students for Justice in Palestine (SJP) que pueden organizar “Días de Ira” horas después de las atrocidades de Hamás. Nuestras universidades, y las instituciones estatales y mediáticas que ellas alimentan, han legitimado el odio bajo el estandarte de la justicia social.

    En ningún lugar fue más evidente esta confusión moral que en los campus universitarios estadounidenses. Universidades que antes se enorgullecían de ser centros de pensamiento libre se han convertido en criaderos de odio. En Harvard, Columbia y Cornell, los estudiantes celebraron las atrocidades de Hamás, culpando a Israel por la masacre del 7 de octubre

    Fuera de los campus, la imagen no es mejor. Las ciudades occidentales han sido inundadas con marchas propalestinas, muchas de las cuales rápidamente se trasformaron en mítines pro-Hamás (y sirven a los objetivos estratégicos de Hamás incluso si no lo declaran explícitamente). En ciudades desde París hasta Berlín, desde Londres hasta Sydney, hemos visto violentas teatralidades callejeras. Multitudes corean consignas antisemitas e islamistas, alaban el terrorismo, y en algunos casos piden abiertamente que los judíos sean gaseados. Los manifestantes ondean banderas de Hezbolá, corean consignas yijadistas, y en algunos casos han derramado sangre: en California, un anciano judío fue asesinado por un manifestante. Se frustraron ataques terroristas contra la embajada israelí en Londres. Dos empleados de la embajada israelí fueron tiroteados fuera del Museo Judío en Washington D.C.

    Aquí está el punto clave: estos no son simples arrebatos marginales. Si hay banderas nazis en una manifestación, se convierte en una manifestación nazi. El mismo estándar debería aplicarse a las protestas palestinas: cualquier antisemitismo las convierte en manifestaciones antisemitas.

    La apertura de Occidente se ha convertido en su talón de Aquiles. Sus adversarios lo entienden. Irán, Hamás, Catar, Rusia y sus aliados explotan nuestras libertades con precisión quirúrgica. Inundan nuestras redes sociales con mentiras, financian nuestras instituciones, radicalizan a nuestros jóvenes y a nuestras poblaciones inmigrantes, dividen al resto y luego observan cómo nuestras sociedades se desmoronan desde dentro.

    Incluso el derecho internacional ha sido utilizado como arma. Sudáfrica, repitiendo la retórica de Hamás, llevó a Israel ante la Corte Internacional de Justicia por acusaciones falsas de genocidio. Esto fue lawfare en estado puro: un intento de utilizar las instituciones legales para deslegitimar a una democracia liberal que se defiende del terrorismo. Al admitir esta demanda, la CIJ otorgó a Hamás la victoria propagandística antisemita e inversora del Holocausto que buscaba.

    No se trata solo de Israel. Nunca lo es. Como demuestra la historia, cuando el antisemitismo se dispara la democracia misma está bajo amenaza. Los judíos son el canario en la mina. Si no podemos protegerlos, hemos fracasado en proteger la integridad moral de nuestra sociedad.

    El ejemplo perfecto lo hemos tenido en las últimas 24 horas: la desinformación sobre Gaza ha llevado a que veinte gobiernos occidentales exijan que Israel cese el fuego de inmediato, a pesar de que fue Hamás quien rechazó el acuerdo de alto el fuego más reciente

    El conflicto de Gaza ha expuesto las grietas. Ha demostrado que las democracias occidentales están en riesgo no porque seamos débiles, sino porque nos hemos vuelto complacientes. El antisemitismo que ahora prolifera en nuestras calles es un reflejo de la salud nacional. Como dijo Jonathan Tobin: “Si como sociedad no podemos proteger a nuestras comunidades judías, estamos perdidos”.

    ¿Cómo contraatacar? ¿Cómo defender los valores que hicieron fuertes a nuestras sociedades? ¿Cómo puede una sociedad dividida de extraños restaurar la libertad, la razón, la tolerancia y la verdad, cuando nos inunda un tsunami de propaganda maliciosa y financiamiento extranjero?

    El ejemplo perfecto lo hemos tenido en las últimas 24 horas: la desinformación sobre Gaza ha llevado a que veinte gobiernos occidentales exijan que Israel cese el fuego de inmediato, a pesar de que fue Hamás quien rechazó el acuerdo de alto el fuego más reciente.

    Temo que estamos perdidos. Nuestros gobiernos ni siquiera pueden reconocer el problema, mucho menos concebir una solución. Estamos ignorando la advertencia del canario, y toda la mina se derrumba a nuestro alrededor.

    *El autor es ex oficial de la Fuerza Aérea de EEUU, investigador y especialista sobre el medio Oriente.
    Fuente: cuenta de “X” @Mr_Andrew_Fox.
    Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

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    Yossi Bentolila
    Yossi Bentolila

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    1 Comment

    1. Gladys E. Villarroel dice:
      2 agosto, 2025 a las 11:34 am

      Gracias por publicar el estupendo artículo de Andrew Fox. Lo que está amenazado hoy no es sólo Israel, sino el orden liberal, penosa y pacientemente construido a final de la 2da Guerra Mundial.

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