En el marco de la conmemoración anual de la salida y expulsión de los judíos de los países árabes e Irán, el pasado 4 de diciembre se llevó a cabo una actividad especial del Museo Sefardí de Caracas “Morris E. Curiel”, con la conferencia “Historia de los judíos de Marruecos, cuna del sefardismo”.
La charla, a cargo del escritor e investigador de la historia José Chocrón Cohén, tuvo lugar en la sede del museo en el Auditorio Elías Benaím Pilo de la Asociación Israelita de Venezuela, y contó con la moderación de Alberto Moryusef.
En su disertación, Chocrón Cohén explicó que la presencia judía en Marruecos tiene raíces muy antiguas, posiblemente bíblicas, reforzadas por migraciones tras la destrucción de los Templos de Jerusalén. Tradiciones locales sitúan a los primeros grupos ya en tiempos del rey Salomón, mientras restos arqueológicos en Volubilis y referencias grecorromanas confirman comunidades organizadas en los siglos I y II. Los judíos convivieron estrechamente con los bereberes, llegando incluso a influir en la judaización de algunas tribus, como refleja la figura de la reina Kahena, célebre líder bereber que resistió la expansión islámica en el siglo VII.
Con la conquista árabe musulmana, los judíos pasaron al estatus de dhimmi, sometidos a impuestos y restricciones, pero con cierta protección legal. Aunque hubo destrucción de comunidades y períodos de tensión, esta etapa abrió vías de comunicación con los grandes centros intelectuales del judaísmo en Babilonia. Durante el reinado de Idris II (siglo IX), Fez se convirtió en un núcleo vibrante de cultura judía, hogar de figuras como el Rif, Hayyuj o Dunash ibn Labrat. Sin embargo, hubo alternancias entre períodos de tolerancia y persecución: los almorávides favorecieron el desarrollo de la vida judía, pero los almohades impusieron conversiones forzadas que llevaron, por ejemplo, al exilio de Maimónides y numerosos otros sabios.
El siglo XV marcó un giro decisivo: la llegada masiva de los judíos expulsados de España (1492) y Portugal (1496). Estos megurashim, cultural y económicamente preparados, revitalizaron las comunidades autóctonas y reconfiguraron la vida religiosa, jurídica y lingüística. Introdujeron sus propias instituciones, fortalecieron los vínculos con el Mediterráneo y contribuyeron a la creación de un dialecto judeoespañol marroquí, el haketía. Aunque inicialmente hubo tensiones por las diferencias culturales, ambas comunidades acabaron integrándose plenamente.
Durante los siglos XVI y XVII, bajo los saadíes y los primeros alauitas, los judíos desempeñaron un papel fundamental en el comercio exterior y la diplomacia. Destaca la familia Palache, cuyo miembro Samuel Palache actuó como embajador, comerciante y corsario al servicio del sultán en Holanda, desempeñando un rol único en las relaciones internacionales de la época.
A pesar de su relevancia económica y de la protección periódica de ciertos sultanes, la comunidad estuvo expuesta a saqueos, impuestos desmesurados y episodios violentos, especialmente bajo Muley Yazid en el siglo XVIII.
En este período también florecieron grandes centros de estudio rabínico en Fez y Meknés, donde sobresalieron figuras como los Berdugo, los Toledano o el Or HaJaim, cuyas obras influyeron en el mundo judío más allá del Magreb.
La instauración de los protectorados francés y español en 1912 marcó el inicio de la modernización: urbanización, nuevas oportunidades educativas y el fin oficial de la segregación. La Alianza Israelita Universal contribuyó fuertemente a la occidentalización de las comunidades judías. Bajo el sultán Mohamed V, durante la Segunda Guerra Mundial, Marruecos rechazó colaborar plenamente con las leyes raciales del régimen nazi de la Francia de Vichy, protegiendo parcialmente a sus súbditos judíos.
Tras la creación del Estado de Israel en 1948 y la inestabilidad regional que generó animadversión hacia los judíos, se produjo una emigración que redujo drásticamente la población judía: de unos 265.000 miembros antes de 1950, hoy solo quedan entre 2000 y 3000, principalmente en Casablanca, Marrakech, Fez y Rabat. No obstante, los judíos marroquíes mantienen una influencia notable en el país y en la diáspora, y las relaciones entre Marruecos e Israel han sido históricamente más cordiales que en otros países del mundo árabe, existiendo hoy plenas relaciones diplomáticas e incluso, muy recientemente, cooperación militar.
El legado judío constituye, así, un componente profundo e inseparable de la historia marroquí, resultado de milenios de interacción cultural, religiosa y política.
Redacción NMI.
Foto: AIV.