La verdadera pregunta no es si Israel debería proporcionar ayuda humanitaria en tiempos de guerra, sino si la comunidad internacional exigirá alguna vez cuentas a Hamás por usar esa ayuda como arma
Walter E. Block y Oded J.K. Faran*
El domingo pasado, los medios de comunicación mundiales estallaron al unísono con una narrativa condenatoria: Israel supuestamente atrajo a civiles palestinos a un dispensario de alimentos que había establecido, y luego sus Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) mataron a tiros a sangre fría a decenas de ellos.
Los titulares pintaron un panorama horroroso:
La narrativa global parece invariable. Israel bien puede estar ganando la batalla militar contra Hamás, pero en lo que respecta a la opinión pública generalizada, ese país está perdiendo apoyo a un ritmo alarmante.
Gazatíes reciben alimentos de la Fundación Humanitaria de Gaza (GHF), respaldada por Estados Unidos, cerca del corredor de Netzarim el pasado 29 de mayo
(Foto: Reuters)
Pero aquí es donde la historia se complica, y donde el pensamiento crítico se vuelve esencial.
Consideremos la contradicción lógica en el núcleo de estas acusaciones. ¿Cómo puede Israel estar matando de hambre a los gazatíes, mientras opera centros de distribución de alimentos que supuestamente sirven como «trampas mortales»? Es intelectualmente deshonesto mantener dos narrativas mutuamente excluyentes: una, que el Estado judío está negando alimentos a los palestinos, y dos, que han establecido centros de distribución de alimentos. La verdad debe estar en otra parte.
Examinemos el precedente histórico. ¿Suministraron Estados Unidos y los demás aliados alimentos a Alemania, Italia y Japón durante la Segunda Guerra Mundial? Por supuesto que no. ¿Qué hay de Ucrania y Rusia en la actualidad? La idea es absurda. ¿Qué pasó con el Norte y el Sur en la guerra civil estadounidense? De hecho, es casi imposible identificar otro ejemplo de una nación que proporcione alimentos a su enemigo durante una guerra. Sin embargo, Israel y Hamás han estado en guerra desde aquel día infame, el 7 de octubre de 2023. ¿Por qué debería exigírsele a Israel, y solo a Israel, que rompa este precedente universal?
Ahora, abordemos el tema candente: Hamás ha perfeccionado el arte de ocultarse tras la población civil. Colocan armas en hospitales, lanzacohetes en escuelas. Sus líderes se reúnen en zonas residenciales. Distribuyen trampas explosivas por barrios civiles. Orquestan ataques usando piedras como cobertura para cócteles molotov. Fueron los pioneros en los atentados suicidas como arma táctica.
¿Cómo puede Israel estar matando de hambre a los gazatíes, mientras opera centros de distribución de alimentos que supuestamente sirven como «trampas mortales»? Es intelectualmente deshonesto mantener dos narrativas mutuamente excluyentes
Hagamos un experimento mental. Supongamos, solo argumentando, que todas estas acusaciones contra el ejército israelí son correctas. Imaginemos esta escena: cientos de palestinos apiñados alrededor de un centro de distribución de alimentos israelí. ¿Es siquiera remotamente plausible que no hubiera combatientes de Hamás infiltrados entre ellos, listos para atacar a los soldados israelíes? De ser así, esas muertes podrían considerarse razonablemente en defensa propia por parte de las FDI.
Las cifras cuentan una historia desoladora. ¿Cuántos soldados israelíes han muerto en la actual guerra de Gaza? La cifra es de 420 [Nota de la traducción: la cifra real supera los 800]. Esta cantidad debería dar que pensar. Comparar el ejército israelí con Hamás es como comparar un mazo con un mosquito. El primero es considerado por los expertos como el cuarto ejército más poderoso del planeta; Hamás es una organización militante relativamente pequeña. La alta tasa de bajas israelíes revela algo crucial: las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) se esfuerzan por minimizar las bajas civiles. Primero lanzan panfletos en Gaza advirtiendo de operaciones inminentes. Esta práctica prácticamente no tiene precedentes en la guerra moderna.
Las estadísticas son reveladoras. En cuanto al ejército promedio, por cada soldado enemigo muerto perecen no menos de nueve personas no combatientes. ¿La proporción israelí? Cerca de uno a uno. Si Israel hubiese querido arrasar Gaza sin perder ni un solo soldado, podría haberlo hecho fácilmente.
La trágica realidad es que, en Gaza, Hamás ha difuminado deliberadamente la distinción entre civiles y combatientes. Cuando militantes armados se esconden entre las filas de alimentos, cuando «civiles» lanzan ataques durante operaciones humanitarias, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) se enfrentan a una disyuntiva imposible: absorber las bajas o defenderse.
Hamás ha perfeccionado el arte de ocultarse tras la población civil. Colocan armas en hospitales, lanzacohetes en escuelas. Sus líderes se reúnen en zonas residenciales. Distribuyen trampas explosivas por barrios civiles. Orquestan ataques usando piedras como cobertura para cócteles molotov. Fueron los pioneros en los atentados suicidas como arma táctica
Esto nos lleva a la pregunta fundamental: ¿Ha dejado la legítima defensa de ser un factor atenuante en la opinión mundial? Lamentablemente, parece que es así. Al menos no cuando se trata de Israel.
La comunidad internacional se enfrenta a su propia contradicción moral. Exige que Israel alimente a sus enemigos (algo que no se ha esperado de ninguna otra nación en la historia), al mismo tiempo que lo condena por defender a los mismos soldados que brindan esa ayuda. Este doble rasero revela más sobre los prejuicios globales que sobre las complejas realidades sobre el terreno en Gaza.
Hasta que el mundo reconozca que la estrategia de Hamás de integrar combatientes en la población civil hace inevitables estas tragedias, estos desgarradores incidentes continuarán. La verdadera pregunta no es si Israel debe proporcionar ayuda humanitaria en tiempos de guerra, sino si la comunidad internacional alguna vez exigirá cuentas a Hamás por usar esa ayuda como arma.
*Walter Block es profesor de Economía en la Universidad Loyola de Nueva Orleáns. Oded Faran es periodista.
Fuente: Israel Hayom.
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.