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    Opinión

    ¡Hoy lloré!

    Published by Yossi Bentolila on 28 febrero, 2025
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    Daniel Grauer Rotter*

    No tengo palabras, solo lágrimas. Soy de esas personas que rara vez lloran, pero hoy, hoy lloré como nunca.

    Lloré de tristeza, porque quisiera poder darle un abrazo a Yarden Bibas, acompañarlo en su duelo y decirle que no está solo. No puedo ni imaginar lo que atraviesa su mente, su corazón destrozado. No dejo de pensar en sus hijos, Ariel y Kfir. No dejo de pensar en cómo los monstruos de Hamás asesinaron a tres generaciones de una familia. A Ariel y Kfir, a su madre Shiri, a sus abuelos Yossi y Margit. Es un dolor que no se puede describir con palabras. Escuchar a Yarden en el entierro de su esposa e hijos es desgarrador. Tanto amor y, al mismo tiempo, un dolor insoportable. Solo le pido a D-s que le dé la fuerza para seguir adelante, que lo sostenga cuando sienta que ya no puede más. Él mismo le suplica a Shiri que lo cuide, que lo proteja de sí mismo. Es demasiado.

    El año pasado estuve en Nir Oz, en la casa de la familia Bibas. Vi con mis propios ojos los juguetes de Ariel y Kfir. Vi el hogar que construyeron con amor. Un paraíso que se convirtió en un infierno. Un lugar donde uno de cada cuatro miembros del kibutz fue masacrado o secuestrado. Desde ese día, no he dejado de pensar que los Bibas podrían haber sido mis propios hijos. Incluso mi hijo se llama Ariel, y era un par de meses menor que Kfir cuando los secuestraron.

    Las imágenes de Ariel y Kfir han estado con mi familia todo este tiempo. En Pésaj, el año pasado, pusimos dos sillitas con sus fotos en nuestra mesa, recordándolos, esperándolos. Eran un símbolo de fe y esperanza. Hoy son un símbolo de injusticia y dolor, de una herida que no sana. Aunque nunca los conocí, cuando finalmente identificaron sus pequeños cuerpos sentí que habían matado a parte de mi familia.

    (Foto: UPI)

    Lloré de frustración, al ver cuán poco le importa al mundo lo que nos sucede a los judíos. Sí, tenemos aliados, pero son pocos. Y cada día comprendo mejor cómo el Holocausto —en el que murieron demasiados de mis familiares— pudo ocurrir hace solo 80 años. No fue solo el odio lo que lo permitió, fue la indiferencia. Esa misma indiferencia que vemos hoy.

    Hace poco vi un post del embajador de Israel en la ONU que decía que incluso en la Alemania nazi hubo justos entre las naciones que arriesgaron sus vidas para salvar a judíos. En Gaza, en cambio, no hubo nadie. A pesar de los incentivos, de las oportunidades para hacer lo correcto, no hubo un solo civil dispuesto a salvar a niños, ancianos, mujeres inocentes. Ni uno.

    Lloré de impotencia al saber que estos angelitos pelirrojos estuvieron vivos en Gaza casi un mes antes de ser brutalmente asesinados. ¿Cómo los trataron en ese tiempo? ¿Cómo puede un ser humano hacer algo así con sus propias manos? Para cambiar esa ideología asesina harán falta generaciones. Y mientras tanto, nos espera una vida en guerra. Quizás para siempre. Me rompe el alma no haber podido hacer más por salvar a esos niños.

    Hace poco vi un post del embajador de Israel en la ONU que decía que incluso en la Alemania nazi hubo justos entre las naciones que arriesgaron sus vidas para salvar a judíos. En Gaza, en cambio, no hubo nadie. A pesar de los incentivos, de las oportunidades para hacer lo correcto, no hubo un solo civil dispuesto a salvar a niños, ancianos, mujeres inocentes. Ni uno

    Me da impotencia saber que el mundo dice «Nunca Jamás» en relación al Holocausto y, sin embargo, aquí estamos de nuevo. Me da impotencia ver monumentos iluminados de color naranja en honor a los niños Bibas mientras los líderes de Israel son juzgados con dobles estándares ante organismos internacionales como la ONU, la Corte Penal Internacional o la Cruz Roja, que no hacen más que ser cómplices de los asesinos de Hamás. Me da impotencia ver que el mundo espera que Israel entregue a miles de terroristas presos a cambio de niños, mujeres y ancianos inocentes, vivos o muertos. ¿Cómo puede ser esto? El mundo está al revés. ¿Cómo hay personas que todavía pueden justificar o apoyar a Hamás?

    Sí, es cierto, ha habido muertes inocentes en Gaza. Pero ¿quién empezó esto? ¿Quién ha rechazado la paz una y otra vez? ¿Quién se esconde detrás de escudos humanos? ¿Quién paga salarios a las familias de terroristas? ¿Quién educa a sus niños para odiar y matar? ¿Quién entró a una casa y secuestró a una mamá con sus bebés en los brazos, y los llevó a túneles para luego asesinarlos a sangre fría? 

    Los palestinos y sus seguidores repiten que Gaza es «el campo de concentración más grande del mundo», pero cuando se les ofrece salir, se niegan. Dicen que esa es su casa. Entonces, ¿son refugiados o no lo son? Que se decidan. No pueden ser ambas cosas a la vez

    Lloré de rabia al ver a los líderes del mundo —incluso a algunos de nuestras propias comunidades— hablar nuevamente de la solución de dos Estados. ¿En serio? La paz no se hace con amigos, sino con enemigos. Pero incluso el enemigo debe tener algún valor que lo haga humano. No se puede negociar con salvajes que celebran nuestra muerte más de lo que valoran la vida de sus propios hijos.

    Los palestinos y sus seguidores repiten que Gaza es «el campo de concentración más grande del mundo», pero cuando se les ofrece salir, se niegan. Dicen que esa es su casa. Entonces, ¿son refugiados o no lo son? Que se decidan. No pueden ser ambas cosas a la vez. Las mentiras tienen patas cortas. Nunca vi a un sobreviviente del Holocausto decir que quería seguir viviendo en Auschwitz o Bergen-Belsen.

    Y finalmente, lloré de orgullo. De pertenecer a un pueblo que valora la vida. Un pueblo en el que realmente todos somos hermanos. Es un sentimiento difícil de explicar, pero sé que no estoy solo. Hoy, mi gente está de duelo. Lloramos por Yarden, por Shiri, por Ariel, por Kfir. Lloramos por los que siguen secuestrados en Gaza, a quienes debemos traer de vuelta. Lloramos por los que ya no volverán, a quienes también debemos traer a casa. Y por los héroes que han caído en esta guerra del bien contra el mal.

    Hoy llevé a mis hijos al colegio, y todos estaban vestidos de anaranjado. En Israel, una multitud sin precedentes acompañó la caravana con los cuerpos de los pequeños Bibas y su madre. Esto es el pueblo judío. Esto es lo que nos une. Esto es lo que nos hace especiales.

    Todos somos uno.
    Hoy más que nunca: Am Israel Jai.

    *Judío venezolano, miembro de los Jewish Diplomatic Corps del Congreso Judío Mundial.

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    Yossi Bentolila
    Yossi Bentolila

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    2 Comments

    1. Iván Garmendia Spósito dice:
      28 febrero, 2025 a las 1:26 pm

      Soy católico practicante, admiro y respeto al pueblo judío.
      QUE DIOS LOS PROTEJA, ACOMPAÑE E ILUMINE

      Responder
    2. Maria Fernanda Mujica Ricardo dice:
      28 febrero, 2025 a las 6:35 pm

      Maravillosos y sentido artículo. No quiero más Bibas muertos en Israel ni en ningún otro país del mundo.

      Responder

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