Hace dos años, en Israel, el tiempo parecía estar hecho de capas superpuestas: historia, memoria, tensión, deseo. Las calles vibraban con una energía contradictoria, como si el país entero caminara sobre una cuerda floja tendida entre el pasado bíblico y el vértigo del presente. En Tel Aviv, los cafés bullían de conversaciones sobre política, identidad, justicia. En Jerusalén, los muros antiguos parecían escuchar los rezos y las discusiones con la misma paciencia milenaria. En los kibutz, la vida seguía su curso entre cosechas, cenas comunitarias y silencios compartidos. Y en Gaza, al otro lado de la frontera, también se vivía, se sufría, se esperaba.
Pero entonces, una mañana, ocurrió el ataque terrorista de Hamás. Fue el 7 de octubre de 2023. Una madrugada que partió en dos la percepción del tiempo. Militantes armados cruzaron la frontera desde Gaza, irrumpieron en comunidades del sur de Israel, asesinaron civiles, tomaron rehenes, sembraron el horror. El país entero se estremeció. Las imágenes eran insoportables: casas incendiadas, familias masacradas, jóvenes secuestrados en festivales de música. El dolor se volvió colectivo, inmediato, inabarcable.
En ese instante, la historia dejó de ser una línea y se convirtió en un nudo. El trauma se reactivó, la memoria del Holocausto, de las guerras pasadas, de los atentados, se mezcló con el presente. El duelo fue nacional.
Hace dos años, en Israel, el día del ataque de Hamás no fue solo un evento militar. Fue una fractura emocional, ética, política. Fue el momento en que muchos sintieron que la convivencia era una utopía rota. Que la paz, tantas veces prometida, se alejaba como un espejismo. Que el miedo volvía a instalarse en las cunas, en los autobuses, en los mercados.
El enemigo de Palestina no es Israel, es Hamás y todos los que pasiva o activamente apoyan a esa estructura terrorista
Y sin embargo, incluso en medio del horror, hubo gestos de humanidad. Médicos que atendían sin preguntar origen. Familias que ofrecían refugio. Voces que pedían no perder la dignidad en la respuesta. Porque en Israel, como en Palestina, hay quienes creen que la vida vale más que la venganza. Que la memoria puede ser altar, pero también puente. El enemigo de Palestina no es Israel, es Hamás y todos los que pasiva o activamente apoyan a esa estructura terrorista.
Hace dos años, en Israel, el 7 de octubre no terminó al amanecer. Sigue latiendo en cada conversación, en cada decisión política, en cada duelo sin cierre. Y también en cada intento de imaginar un futuro distinto. Porque incluso en la tierra del conflicto, hay quienes siguen sembrando palabras, abrazos, preguntas.