Viajé a Israel en 1996, el año en que cumplí cuarenta. Me regalé ese viaje como quien se entrega una llave sin saber del todo qué puerta abre. Jerusalén celebraba sus tres mil años y yo llevaba cuatro décadas a cuestas, con la sensación ambigua de estar llegando a algo y despidiéndome de otra cosa. La coincidencia me pareció entonces un gesto del tiempo, casi una ironía: mi vida medida en una cifra redonda frente a una ciudad que desbordaba cualquier cálculo humano.
Tel Aviv fue el primer contacto, una entrada luminosa y vibrante. La ciudad se movía con una naturalidad que me descolocó. Todo parecía ocurrir en presente continuo: el mar insistente, el aire salado pegándose a la piel, las voces superpuestas en idiomas distintos, los cafés abiertos como si el día no tuviera bordes. Tel Aviv no pedía explicaciones; simplemente sucedía. Por momentos creí que el viaje sería así, ligero, casi celebratorio, como una espuma que se forma y se disuelve. Pero esa levedad tenía algo de engaño amable, una superficie brillante que se resquebrajó apenas me alejé de la costa.
En Jaffa el tiempo cambió de densidad. Las calles estrechas, la piedra gastada, el olor a historia acumulada daban la sensación de estar caminando sobre capas superpuestas, como si cada paso activara memorias ajenas. Allí entendí que en ese país nada desaparece del todo, que todo queda escrito debajo de lo que se ve. Yo, con mi vida breve y todavía inconclusa, me sentía una nota al margen de un texto inmenso.
Calle de la “Ciudad Vieja” de Jerusalén
(Foto: guide.planetofhotels.com)
A medida que avanzaba hacia el interior, el paisaje modificó su voz. El verde se retiró, la luz se volvió más dura y el silencio empezó a pesar. El desierto apareció como una página en blanco que no admite adornos. No era un vacío, sino un despojo. El calor caía sin concesiones y el silencio obligaba a escucharse por dentro. El desierto no consuela: examina. Me quitó distracciones y me dejó frente a lo que traía conmigo —preguntas viejas, certezas fatigadas, deseos que ya no tenían forma definida. Algo se aflojó, no de golpe, sino como se afloja un nudo antiguo cuando por fin deja de resistirse.
Y entonces Jerusalén. No hay preparación suficiente para esa ciudad. Jerusalén no se recorre, se atraviesa. Tiene un peso que no es solo físico, una gravedad que se instala en el cuerpo. Cada piedra parece cargar siglos y cada calle discute con la anterior. Fe, devoción, conflicto y esperanza conviven sin mezclarse del todo, rozándose constantemente. Caminándola, sentí el choque entre lo sagrado y lo humano, entre una belleza que conmueve y una tensión que incomoda. Mientras la ciudad celebraba tres mil años, yo repasaba los míos, preguntándome qué había construido, qué había dejado atrás, qué estaba aún por nacer.
Allí sentí, por primera vez con claridad, la presencia simultánea de las tres religiones abrahámicas, no como ideas sino como respiraciones distintas del mismo espacio. No las pensé; las sentí. Estaban en los sonidos que marcaban el día, en los cuerpos que se detenían para rezar, en los pasos que continuaban su camino sin mirar atrás. Era como caminar dentro de un tiempo fragmentado y circular a la vez, un tiempo que no se pierde sino que se recuerda.
La fe judía se me presentó como memoria viva, una insistencia que no se diluye. La sentí en la repetición del gesto, en la conversación constante con el pasado, en una relación con la historia que no es nostalgia sino responsabilidad. El cristianismo apareció como herida y consuelo, visible en la emoción de los peregrinos, en la idea de redención atravesada por el cuerpo y el dolor. El islam, en cambio, se manifestó como ritmo y entrega: una disciplina que ordena el día, una inclinación serena ante lo absoluto. Tres modos de nombrar lo invisible compartiendo el mismo suelo, rozándose sin fundirse, nacidos de una misma pregunta por el sentido y el límite humano.
La fe judía se me presentó como memoria viva, una insistencia que no se diluye. La sentí en la repetición del gesto, en la conversación constante con el pasado, en una relación con la historia que no es nostalgia sino responsabilidad
Caminar entre esas presencias fue como entrar en un corazón dividido que, aun así, sigue latiendo. No salí con una fe nueva ni con certezas religiosas. Salí con algo más exigente: la conciencia de que creer, dudar y buscar son formas distintas de una misma necesidad. Entendí que, a veces, sentir las religiones no es adherirse a ellas, sino escucharlas como se escucha un coro antiguo: sin comprender todas las palabras, pero sabiendo que hablan de algo esencial, algo que también me concierne.
Más al norte, Galilea ofreció un descanso distinto. El paisaje se suavizaba, el verde volvía a aparecer, el agua se aquietaba. No era un alivio superficial, sino una calma profunda, como si la tierra hablara en voz baja después de tanto grito. Allí sentí una gratitud íntima, no por la belleza en sí, sino por la posibilidad de respirar sin sobresalto. Pensé que tal vez mi vida también estaba hecha de regiones diversas —costas inquietas, desiertos exigentes, ciudades de piedra y colinas suaves— y que aceptar esa diversidad era parte del aprendizaje.
Cuando regresé, volví distinta. No trasformada de manera visible ni espectacular, sino desplazada. Algo se había movido de lugar. No traje respuestas claras, sino preguntas mejor formuladas, una conciencia más nítida de mi propia escala frente al tiempo. Comprendí que hay viajes que no terminan al volver, que siguen ocurriendo en capas lentas, como una marea subterránea que reaparece años después en una imagen, un olor, una frase.
Fue un viaje intenso, por decir lo menos. Y, mirado con distancia, treinta años más tarde, también fue necesario: un espejo amplio, un desierto que limpia, una piedra que interroga, un mar que insiste.
*Periodista, ensayista y novelista venezolana.