En Gaza e Israel, la palabra “futuro” ha sido durante décadas una promesa quebrada, un espejismo que se desvanecía entre el polvo de los escombros y el eco de las sirenas. Pero hoy, en octubre de 2025, algo ha cambiado. No es una euforia ni una certeza, sino una grieta en el muro del fatalismo, una hendidura por donde se cuela la posibilidad. El acuerdo firmado entre Israel y Hamás, aunque imperfecto y frágil, ha abierto un espacio para imaginar lo que parecía imposible: una vida sin guerra, una infancia sin miedo.
Pensar en un “mejor futuro para Gaza e Israel” exige más que análisis político o cifras de reconstrucción. Requiere una mirada que abrace la complejidad humana, que entienda que la paz no es solo la ausencia de bombas, sino la presencia de dignidad. Gaza no necesita únicamente cemento y acero; necesita memoria, justicia, afecto. Israel no necesita únicamente seguridad y fronteras; necesita sosiego, reconocimiento, confianza. Ambos territorios reclaman que el mundo los mire no desde la distancia cómoda de sus propios paradigmas, sino desde la hondura de sus heridas, desde la urgencia de sus voces.
El dolor de Israel no es menos que el de quienes han sufrido en Gaza. Parte del drama está en esa mirada que lo reduce a potencia invulnerable, como si el miedo no le doliera, como si sus muertos no pesaran. Pero Israel también llora a sus hijos, también entierra a sus ancianos, también vive con el alma encogida. La guerra no distingue entre banderas cuando se trata de quebrar la vida. Y negar el sufrimiento del otro es perpetuar la distancia, alimentar el ciclo. La paz solo será posible cuando se reconozca que el dolor no tiene dueño exclusivo, que la compasión no se reparte por geopolítica.
(Imagen: David Forniés – escolapau.uab.cat)
El plan de reconstrucción presentado por el primer ministro palestino Mohamed Mustafá, con sus fases y presupuestos, es sin duda ambicioso. Pero más allá de los números, lo que está en juego es la posibilidad de que Gaza recupere su alma. Que los niños vuelvan a jugar sin contar cadáveres. Que las madres cocinen sin temer que el pan se mezcle con el polvo de los misiles. Que los ancianos puedan morir de viejos y no de miedo. Que el tiempo vuelva a tener estaciones y no solo alertas. Que la vida cotidiana vuelva a tener sentido, aunque sea en sus gestos más pequeños.
La filosofía nos enseña que el futuro no es una línea recta, sino una construcción colectiva. Que la esperanza no se decreta, se cultiva. Y que la paz, como decía Simone Weil, no es un estado, sino una atención. Gaza necesita que el mundo le preste atención, no sólo cuando arde, sino cuando intenta florecer. Israel necesita que el mundo lo escuche no solo cuando responde, sino cuando duda, cuando teme, cuando busca. La comunidad internacional no puede limitarse a enviar ayuda ni a dictar condiciones. Debe aprender a mirar desde dentro, a escuchar sin imponer, a acompañar sin protagonismo. Porque Gaza e Israel no son piezas de ajedrez en un tablero global. Son pueblos, personas de carne y hueso, con memoria, con duelo, con deseo de vivir.
Gaza e Israel necesitan la paz no solo por razones políticas o estratégicas, sino por una urgencia humana que trasciende fronteras, tiempos y credos. Ambos pueblos han vivido demasiado tiempo bajo el yugo del miedo, la pérdida y la desconfianza
Hay quienes dicen que este acuerdo es insuficiente, que no aborda las raíces profundas del conflicto. Y tienen razón. Pero también es cierto que en la historia de los pueblos, los grandes cambios a veces empiezan con gestos pequeños, con cesiones incómodas, con silencios que preparan la palabra. El filósofo Emmanuel Levinas hablaba de la ética como la responsabilidad ante el rostro del otro. Gaza, con su rostro herido, nos interpela. Israel, con su rostro endurecido por el miedo, también. Ambos nos obligan a preguntarnos qué significa ser humano en un mundo donde la barbarie se ha vuelto rutina.
Gaza e Israel necesitan la paz no solo por razones políticas o estratégicas, sino por una urgencia humana que trasciende fronteras, tiempos y credos. Ambos pueblos han vivido demasiado tiempo bajo el yugo del miedo, la pérdida y la desconfianza. La paz no es una concesión, es una necesidad vital. Gaza necesita la paz para que sus niños puedan crecer sin aprender primero a esquivar balas. Israel necesita la paz para que sus ciudadanos no vivan con el corazón en vilo, esperando el próximo ataque. La paz es el único camino que permite a ambos pueblos reconocerse en su humanidad compartida, en su derecho a existir sin odio, sin venganza, sin la herencia perpetua del dolor. Porque en el fondo, más allá de las narrativas enfrentadas, Gaza e Israel están unidos por una misma pregunta: ¿cómo seguir viviendo sin destruir al otro? La paz es la única respuesta que no perpetúa la tragedia.
Quizás Gaza nunca vuelva a ser como antes. Quizás Israel tampoco. Pero pueden ser otra cosa. Pueden ser símbolos de resistencia, de renacimiento, de humanidad. Pueden enseñarnos que incluso en los lugares más rotos, la vida insiste. Que el futuro, como el jazmín, puede brotar en medio de la ruina. Y que la paz, aunque tardía, puede llegar como llega la lluvia: sin pedir permiso, pero con la promesa de fecundar la tierra.
*Periodista, ensayista y novelista venezolana.