Sami Rozenbaum
Jürgen Habermas, quien falleció la semana pasada a los 96 años, es universalmente reconocido como el filósofo y sociólogo alemán más influyente de la segunda mitad del siglo XX y de las primeras décadas del XXI. Aunque Habermas no era de ascendencia judía y creció durante el régimen nacionalsocialista alemán —periodo en el que, como dictaba la ley para su generación, fue miembro de las Juventudes Hitlerianas—, su relación con el judaísmo, la herencia intelectual judeo-alemana y la memoria del Holocausto constituye el núcleo ético y el motor fundacional de toda su filosofía. No se puede entender su “Teoría de la Acción Comunicativa” ni su apasionada defensa de la democracia moderna sin comprender su profunda confrontación con la tragedia del judaísmo europeo.
La formación filosófica de Habermas estuvo indisolublemente ligada a la llamada Escuela de Frankfurt, grupo de pensadores pioneros que desarrollaron la «Teoría Crítica». Estos intelectuales —entre los que destacaban Theodor W. Adorno, Max Horkheimer, Walter Benjamin y Herbert Marcuse— eran, en su inmensa mayoría, judíos alemanes que se vieron forzados al exilio por el ascenso del nazismo.
(Foto: Wikimedia Commons)
Tras la Segunda Guerra Mundial, el Instituto de Investigación Social fue reconstruido en Frankfurt, y un joven Habermas se convirtió en el asistente y discípulo más brillante de Adorno y Horkheimer. Para Habermas, la inmersión en el pensamiento de estos maestros judíos representó un choque cognitivo profundo. Fue a través de sus críticas implacables que comprendió la verdadera magnitud de la catástrofe alemana. La Teoría Crítica le proporcionó las herramientas analíticas para cuestionar cómo la «racionalidad ilustrada» y la civilización europea pudieron degenerar en el fascismo y la industrialización de la muerte. Sin embargo, alejándose del pesimismo casi absoluto de Adorno, Habermas dedicó su vida a reconstruir la razón occidental para asegurar que tal barbarie jamás volviera a encontrar asidero.
Para Habermas, el Holocausto trasciende la categoría de un simple evento trágico en la historia; es un «quiebre civilizatorio» (Zivilisationsbruch). Esta noción es el cimiento de su filosofía política. Auschwitz representa el punto cero, el abismo a partir del cual debe reconstruirse cualquier identidad política, legal y moral, tanto en Alemania como en el resto de Europa.
Habermas sostuvo consistentemente que, tras el exterminio sistemático de los judíos, el nacionalismo tradicional basado en la sangre, la tierra o la cultura exclusiva quedó para siempre invalidado. En respuesta, desarrolló y articuló el influyente concepto de «patriotismo constitucional» (Verfassungspatriotismus). Argumentó que las sociedades posnacionales debían fundamentar su cohesión social y lealtad política no en una etnia compartida, sino en la adhesión a los principios universales de los derechos humanos y los procedimientos democráticos plasmados en una constitución. Esta idea nació directamente de la necesidad histórica de expiar, superar y blindarse contra el antisemitismo excluyente del pasado.
El compromiso de Habermas con la singularidad histórica del sufrimiento judío se puso a prueba públicamente a mediados de la década de 1980 durante el famoso Historikerstreit (disputa de los historiadores). Cuando ciertos historiadores conservadores, liderados por Ernst Nolte, intentaron relativizar el Holocausto comparándolo con los crímenes del estalinismo —sugiriendo que los campos de exterminio nazis fueron una mera reacción defensiva al terror soviético—, Habermas intervino de manera feroz en la esfera pública.
Cuando ciertos historiadores conservadores, liderados por Ernst Nolte, intentaron relativizar el Holocausto comparándolo con los crímenes del estalinismo —sugiriendo que los campos de exterminio nazis fueron una mera reacción defensiva al terror soviético—, Habermas intervino de manera feroz en la esfera pública
A través de una serie de encendidos ensayos en la prensa alemana, Habermas acusó a estos académicos de intentar normalizar el pasado de la nación para resucitar un nacionalismo conservador espurio, silenciando en el proceso a las víctimas judías. Defendió con éxito que asumir una responsabilidad incondicional, pública y singular por el Holocausto era el único camino legítimo para que Alemania recuperara su lugar en la comunidad de naciones democráticas. Su intervención cimentó la memoria de la Shoá como un pilar innegociable de la cultura política alemana moderna.
La relación de Habermas con el judaísmo no se limitó a la historiografía, sino que se extendió a la política contemporánea, específicamente en su firme solidaridad con el Estado de Israel. El filósofo argumentaba que Alemania tiene una obligación moral e histórica irrenunciable hacia la seguridad de Israel y la protección de la vida judía frente al antisemitismo global.
Esta postura se mantuvo firme en las últimas décadas. A finales de 2023, tras los ataques terroristas de Hamás del 7 de octubre, Habermas firmó un sonado manifiesto junto a otros intelectuales en el que reafirmaba el derecho inalienable de Israel a la autodefensa y condenaba tajantemente el resurgimiento del antisemitismo en Europa. En su texto subrayó que, si bien las acciones militares y la situación en Gaza pueden ser objeto de escrutinio y crítica política, la premisa básica de la solidaridad alemana con la existencia y seguridad de Israel no podía ser cuestionada ni relativizada bajo ningún concepto.
La vida y obra de Jürgen Habermas fueron testimonio de un pensador que decidió no desviar la mirada del abismo provocado por su propia nación. Mediante un diálogo profundo y continuo con la tradición intelectual judeo-alemana, y asumiendo la memoria de las víctimas como la brújula ética de su sociología, Habermas eirigió una filosofía monumental fundamentada en la razón comunicativa. Su legado recuerda que el reconocimiento absoluto de la dignidad del Otro —materializado en su respeto y defensa histórica del pueblo judío— es el requisito indispensable para la supervivencia del proyecto democrático.