Rosh Hashaná es como cuando el alma se pone su mejor guayabera, se peina con viento nuevo y se sienta en la puerta de la casa a esperar que el año le pase por delante, para saludarlo con respeto y picardía. Es el cumpleaños del mundo, pero no se celebra con torta ni globos, sino con manzana y miel, como quien le ofrece al universo una cucharada de dulzura para que no se le olvide que la vida también puede ser sabrosa.
Es el momento en que el calendario judío se sacude el polvo, se estira los huesos y dice: “Vamos otra vez, pero esta vez con más sazón”. El shofar —ese cuerno que suena como si la montaña estuviera llamando a sus hijos— se convierte en despertador cósmico. No suena para asustar, sino para espabilar. Es como si el universo soplara sobre nuestras cabezas y dijera: “Despierta, que el alma tiene cita con el futuro”.
Durante Rosh Hashaná se hace un inventario espiritual como quien revisa la despensa antes de la fiesta: ¿qué tengo guardado que ya no sirve?, ¿qué me falta para cocinar un año sabroso?, ¿qué condimentos olvidé usar en mis relaciones, en mis palabras, en mis silencios? Se revisa el corazón como quien revisa una carta vieja, buscando entre las líneas lo que se dijo y lo que se calló. Y no se hace con culpa, sino con ternura. Porque aquí no se trata de castigo, sino de posibilidad. Es como si el alma se metiera en el río, se lavara la cara y dijera: “Estoy lista para volver a amar, a fallar, a reír, a pedir perdón”.
Los judíos se visten bonito, como quien se prepara para una cita con el destino. Comen pan redondo, porque la vida no es línea recta, sino espiral que vuelve, que gira, que abraza. Y aunque tú no seas judío, puedes sumarte al ritual. Come una arepa con miel, escribe una carta que no enviarás, perdona a alguien aunque sea con un guiño, y sobre todo, agradece que estás viva para contarla. Porque Rosh Hashaná es como ese momento en que el gallo canta y tú decides no seguir durmiendo. Es la oportunidad de empezar de nuevo, pero con más ritmo, con más picardía, con más ganas de bailar con los errores y brindar con los aciertos.
Durante Rosh Hashaná se hace un inventario espiritual como quien revisa la despensa antes de la fiesta: ¿qué tengo guardado que ya no sirve?, ¿qué me falta para cocinar un año sabroso?, ¿qué condimentos olvidé usar en mis relaciones, en mis palabras, en mis silencios?
Es como si el universo te dijera: “No importa cuántas veces te caíste, lo importante es que te levantaste con estilo, con humor, con una receta nueva bajo el brazo”. Así que si ves a alguien comiendo manzana con miel en septiembre, no preguntes si es dieta. Es Rosh Hashaná. Es el alma diciendo “feliz año nuevo” con sabor a infancia, con picardía de abuela que guiña el ojo, y con la certeza de que la alegría también se cocina, se sirve y se comparte.
Y si lo celebramos a lo margariteño, que sea con tambor, agua de coco y bendiciones en forma de refrán. Que el shofar suene como caracol marino, que el pan redondo se vuelva arepa, y que el brindis diga: “Que este año nos agarre bailando, con el corazón en fiesta y el alma sin deudas”. Porque si el mundo cumple años, lo mínimo que podemos hacer es cantarle las mañanitas con sabor a Caribe y con el alma en sandalias.
*Periodista, ensayista y novelista venezolana.
3 Comments
EXCELENTE COMENTARIO DE ESTA EXCELENTE ESCRITORA, que encima confesó que no es judía, pero escribe como si lo fuera!!!! Bravooooo y GRACIAS, desde Israel 🙏😍👍
Gracias al Eterno por permitirnos celebrar ésta festividad! Shaná Tová Umetucá 5786
Shana Tova Umetuca 🌺