El pasado domingo, los que estamos en el hemisferio occidental, justamente en vísperas de celebrar la festividad judía de las luces, despertamos con la pavorosa noticia de un ataque terrorista, yijadista y antisemita en una paradisíaca playa de Sydney, Bondi Beach, contra los más de mil asistentes a encender la primera vela de la llamada Januca by the sea (Janucá junto al mar). O sea, otra festividad judía ensombrecida por la violencia y el odio, lo que equivale a decir sin ambages que, nuevamente, los judíos son asesinados por ser judíos.
El ataque, en el que fueron masacradas 16 personas —entre ellas una niña de 10 años—, y se habla de unos 60 heridos, fue perpetrado por dos francotiradores, Sajid Akram y Naveed Akram, padre e hijo de 50 y 24 años respectivamente; el primero fue abatido por la policía en el lugar, y el otro fue herido y está bajo custodia policial. Se cree que ambos juraron lealtad al grupo terrorista ISIS, hay informaciones sobre una bandera del Estado Islámico y artefactos explosivos en un vehículo en el lugar.
Por otro lado, resulta oportuno señalar que organismos de inteligencia israelíes sospechan que la tragedia fue ejecutada por una célula terrorista extranjera apoyada por Irán, y eso no es descabellado, pues podría ser una especie de venganza debido a la guerra de los doce días que este año enfrentaron Israel e Irán; así, el propósito que no pudieron lograr en el campo de batalla lo pretenden conseguir atacando comunidades judías en la diáspora. Esto no es nuevo: en la década de los 90 se sufrió dos veces en Argentina y una en Panamá.
Las consabidas banderas palestinas, símbolo del odio contra toda expresión judía, fueron acompañadas por los manifestantes con bombas de humo para perturbar el concierto de Janucá en el Concertgebouw de Ámsterdam el 14 de diciembre
(Foto: redes sociales)
Por supuesto, este brutal ataque antisemita no fue un hecho al margen ni sorprendente en la Australia del presente, tras la masacre del 7 de octubre de 2023 en el sur de Israel llevada a cabo por terroristas palestinos, pues las autoridades de dicho país no solo consintieron belicosas manifestaciones antisemitas con notorios llamados a asesinar judíos, tales como “gasear judíos”, “hacer jabón”, “intifada global”, “del río al mar”, vociferados y pintados en las paredes de colegios e instituciones judías vandalizadas, sin considerar que una cosa es la libertad de expresión y otra muy distinta la clara instigación al crimen; sino que además, las propias autoridades australianas, comenzando por el primer ministro Anthony Albanese, hicieron llamados cada vez más hostiles e intensos, y fueron fuente de incitaciones a la violencia contra los judíos. Tampoco debemos olvidar la responsabilidad de los medios de comunicación y su indebido rol, que dio voz a la engañosa narrativa del grupo terrorista Hamás.
El primer ministro israelí recordó que, hace unos cinco meses, le envió una carta a Albanese, recalcando su preocupación por el aumento del antisemitismo en Australia y la falta de medidas decisivas para combatirlo por parte del gobierno. Otras autoridades israelíes, el Mossad y miembros de la comunidad judía australiana se dirigieron a Albanese planteándole esa misma inquietud. Sin embargo, todo ello fue estéril, y ya vemos las fatales secuelas. El rabino australiano Yosef Eichenblatt coincidió: “Llevamos dos años pidiendo al gobierno que aborde el antisemitismo. La situación solo empeora y no hacen nada”.
Cabe señalar un par de hechos más que ocurrieron aprovechando Janucá. El Royal Concert Hall de Ámsterdam (Concertgebouw) planeaba un concierto el 14 de diciembre, con música y actividades culturales para celebrar la festividad judía. Se invitó al cantante israelí Shai Abramson, pero el concierto fue cancelado, lo cual causó desconcierto en la comunidad judía; luego, se llegó a un compromiso: el concierto de la tarde se realizó públicamente sin Abramson; y en la noche, al prenderse la primera vela de Janucá, Abramson actuó en conciertos privados. De todos modos, fuera de la sala del Concertgebouw hubo protestas de grupos propalestinos con feroces consignas que llegaron hasta disturbios agresivos. También, al otro lado del mundo, en Redlands, California, uno o más asaltantes dispararon 20 veces contra una casa decorada para Janucá; por lo pronto, la policía está buscando a los responsables.
Las propias autoridades australianas, comenzando por el primer ministro Anthony Albanese, hicieron llamados cada vez más hostiles e intensos, y fueron fuente de incitaciones a la violencia contra los judíos
De esta manera, el antisemitismo se ha venido normalizando con la moda impuesta del antisionismo como herramienta, a pesar de ser exactamente lo mismo, en esencia. Impunemente, se admite que la incitación y la retórica intimidatoria se utilicen como parte de un activismo muy mal entendido y fraudulento; luego, cuando se producen las nefastas consecuencias, las repudian infructuosamente, en vez de, con honestidad, corregir los crímenes que las favorecen.
No hay duda acerca de lo que dijo el alcalde de Nueva York, Eric Adams, sobre el ataque sucedido en Sydney, indicando que eso es precisamente “globalizar la Intifada”, como una consecuencia del extremismo islámico. Ante este incremento de permisivas experiencias estigmatizantes, que colocan al mundo judío como primer objetivo, nos preguntamos: ¿será que estamos avanzando hacia ese choque de civilizaciones, es decir entre la judeocristiana y el Islam, del que en 1996 advirtió Samuel Huntington?