Desde que la torre de Babel se volvió ruina turística, los humanos venimos tropezando con el mismo adoquín: la incomunicación. Pero ojo, que no siempre es accidente. Hay días en que no entenderse es parte del guion, como esas coreografías familiares donde nadie baila igual, pero todos terminan abrazados.
Uno entra a ciertas conversaciones como quien entra a misa ajena: con respeto, pero sin saber si toca arrodillarse o simplemente quedarse parado como poste de luz. Y así es el diálogo entre judíos y gentiles hispanohablantes: vecinos de pared, pero no de patio. Nos prestamos azúcar con afecto, sí, pero antes de compartir la receta del relleno del pavo, nos ponemos filosóficos.
El judío habla en hebreo incluso cuando calla. Su silencio tiene genealogía, su pausa viene con pie de página. El gentil, en cambio, habla en español de domingo, ese que se aprende entre el sermón y el arroz con leche. Y ahí empieza el desencuentro: uno pregunta con sospecha teológica, el otro responde con refrán heredado de la abuela que hacía rosarios y empanadas.
Creo entonces que la incomunicación no es falta de palabras, sino exceso de historia. El judío dice “Shabat Shalom” y el gentil cree que le están ofreciendo pescado. El gentil dice “Dios te bendiga” y el judío sospecha que lo están evangelizando. Ambos sonríen, sí, pero por dentro están haciendo traducción simultánea con diccionario emocional y subtítulos espirituales.
(Foto: shalomisrael.es)
Las fiestas tampoco ayudan. El judío enciende velas, canta en círculo y brinda en hebreo. El gentil observa aquello con cara de quien no sabe si está en una ceremonia o en una escena de Almodóvar. Y cuando el gentil saca al Niño Jesús en procesión, el judío lo mira como quien presencia un capítulo de telenovela: respeto, pero sin entender mucho.
Y sin embargo, hay ternura en ese no entenderse. Porque en el fondo, ambos creen en algo que no cabe en video hecho en Canva ni en PowerPoint con transiciones. El judío discute con Dios como quien regaña a un padre que llega tarde. El gentil le reza como quien le escribe cartas a un abuelo que vive en el cielo y no tiene WhatsApp. Y aunque no compartan idioma, comparten la urgencia de que alguien escuche sin interrumpir.
La incomunicación, entonces, no es fracaso: es estilo. Es el arte de convivir sin traducirse del todo. Como esos matrimonios largos donde uno dice “ya tú sabes” y el otro responde “sí, pero dime igual”. Como esos vecinos que no se entienden, pero se saludan con cariño y se prestan el ventilador cuando el calor aprieta como profecía apocalíptica.
Porque al final, entre el Shabat y el rosario, entre el hummus y la hallaca, entre el Midrash y el refrán, hay algo que se parece mucho al amor: esa voluntad de seguir hablando, aunque no se entienda nada.
Una señora judía, con esa mezcla de ternura y picardía que distingue a las mujeres que saben más de lo que dicen y menos de lo que aparentan, me escribe: —¿En qué momento te hiciste tan docta en conocer a los judíos? Nos conoces más que nosotros mismos.
Y yo, que apenas si logro entender la Biblia sin sentir que estoy resolviendo un crucigrama en arameo, le respondo:
—¡Qué va! Ser docta en materia judaica es como querer aprender hebreo leyendo las etiquetas del hummus.
Porque sí, los judíos son complicadísimos. Y nosotros, los gentiles, ni se diga. Nos entendemos a ratos, como quien se cruza en la panadería y se sonríe sin saber si el otro pidió cachito o jalá.
Porque al final, entre el Shabat y el rosario, entre el hummus y la hallaca, entre el Midrash y el refrán, hay algo que se parece mucho al amor: esa voluntad de seguir hablando, aunque no se entienda nada
La Biblia, por ejemplo, es el punto de encuentro más confuso del planeta. Para los gentiles, el Antiguo Testamento tiene 46 libros que hojeamos como quien revisa el álbum familiar de otra gente: con curiosidad, pero sin saber bien quién es quién. El Nuevo Testamento tiene 27 libros, más manejables, pero igual lo pasamos como quien revisa el menú sin hambre. Y los evangelios… son cuatro versiones del mismo cuento, como si Mateo, Marcos, Lucas y Juan fueran guionistas de una telenovela sin lograr ponerse de acuerdo.
Del Antiguo Testamento conocemos el Génesis y el Éxodo, sobre todo por las películas viejas y recientes. Del Levítico, el Números y el Deuteronomio… bueno, en Venezuela muchos creen que Deuteronomio es el nombre de un zuliano de los barrios más célebres de Maracaibo.
El catecismo católico tiene como 900 páginas, pero la mitad son dibujitos. Y aunque hace años que la misa no es en latín, a veces el cura se inspira y empieza a hablar como si estuviera dando clase en la Gregoriana. Lo escuchamos con devoción, claro, pero también con la misma cara que cuando a uno le explican cómo funciona el Wi-Fi.
En las ceremonias judías, al menos a las que tan cortésmente he sido invitada, todo es en hebreo. El rezo del Shabat, el brindis, hasta el silencio parece tener acento semítico. Yo me siento como turista espiritual, con recuerdos de mi Biblia llena de post-its de colores, tratando de entender algo que no está hecho para ser entendido, sino vivido.
Y ahí está el meollo: no se trata de saber, sino de sentir, de acompañar. No de traducir, sino de compartir el misterio. Porque entre judíos y gentiles hay una incomunicación que no se resuelve con diccionarios, sino con gestos, con humor, con esa fe que no necesita explicación ni subtítulos.
Así que no, docta no soy. Pero tengo fe y buen humor, he visto montones de películas bíblicas, me he leído unos cuantos libros, tengo estupendos panas que usan kipá, sé que la mezuzá no es un aparato repelente de mosquitos y creo que los postres judíos son de chuparse los dedos. ¿Eso cuenta?
*Periodista, ensayista y novelista venezolana.