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    Opinión

    El tonto útil en el podio

    Published by Yossi Bentolila on 19 mayo, 2025
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    • Opinión
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    • Antisemitismo en universidades de Estados Unidos
    • Logan Rozos
    • Palestina libre
    • Universidad de Nueva York

    Esta es una causa que avergonzará a toda una generación, una vez que se calme el polvo y la verdad resulte evidente

    Los has visto marchar, coreando consignas como «¡Palestina libre!» y «¡Del río al mar!», como si esas palabras fueran un grito de justicia en lugar de un llamado al genocidio. Y probablemente te has preguntado: ¿acaso saben lo que dicen?

    Aquí entra el pobre tonto de la Escuela Gallatin de la Universidad de Nueva York (NYU), el que tuvo el honor de pronunciar el discurso de graduación de su clase, una oportunidad excepcional y generosa para hablar en nombre de sus compañeros. ¿Y qué hizo con ella? Mintió sobre sus intenciones, desafió las reglas y usó la plataforma —un honor que recibió gratuitamente— para lanzar una diatriba antiisraelí.

    El muy imbécil.

    Se cree un rebelde justo, que le dice la verdad con valentía al poder. Lo que ha hecho en realidad es unirse permanentemente a un movimiento violento, alimentado por el odio, que claramente no comprende; uno que llama abiertamente a la destrucción de una nación, la muerte de su gente y la eliminación de todo lo que ha construido. Cree haberse unido a las filas de los disidentes morales de la historia. Lo que ha hecho es tatuarse públicamente con los lemas de la propaganda yijadista.

    Logan Rozos, graduando de la Universidad de Nueva York, logró sus 15 minutos de fama postureando su supuesta preocupación por los oprimidos sin tener idea de lo que defiende
    (Foto: redes sociales)

    Porque esa es la causa de moda hoy en día, la causa del día de la clase activista. Pero dentro de unos años, la situación se habrá calmado. Los hechos serán más claros. Y el mundo habrá seguido adelante. Esperemos que haya madurado lo suficiente como para darse cuenta de los dos errores monumentales que cometió: primero, cuando eligió bando, y luego, cuando usó su voz para escupirle en la cara a quienes se la dieron.

    Seamos claros: no culpo a los palestinos que odian a Israel. Muchos han sufrido enormemente: por la guerra, el desplazamiento y, sobre todo, por la intransigencia, la corrupción y las obsesiones militantes de sus propios líderes. No culpo a quienes nacieron en una cámara de resonancia de propaganda, educados desde su nacimiento para creer que son los únicos dueños de una tierra y las víctimas eternas de un invasor extranjero. Si solo te han contado una historia, difícilmente se te puede culpar por creerla.

    ¿Pero la gente de Occidente? ¿Estudiantes universitarios? ¿Periodistas? ¿Artistas? ¿Defensores de los derechos humanos? ¿Cuál es su excusa?

    Ningún otro movimiento nacional en el mundo define su objetivo como la destrucción del país de otro pueblo. Los tibetanos no piden la destrucción de China. Los kurdos no exigen el fin de Turquía. Ni siquiera los argelinos pretendían destruir Francia. Pero la «liberación» palestina —como se corea con orgullo en los campus occidentales— requiere la aniquilación de Israel

    Han tenido acceso a libros de historia, a debates abiertos, a narrativas contrapuestas. Y sin embargo siguen cayendo en los eslóganes más trasparentemente manipuladores imaginables, eslóganes cuyos objetivos no son la paz ni la coexistencia, sino la supresión. “Del río al mar” no es un llamado a una solución de dos Estados. Es un llamado a eliminar el único Estado judío de la Tierra.

    Este no es solo un conflicto político. Es, en esencia, un choque de visiones del mundo, de culturas y civilizaciones que no podrían ser más diferentes. Por un lado se encuentra una nación que, a pesar de su tamaño y aislamiento, ha contribuido más a la medicina, la ciencia, la literatura y la tecnología que la mayoría de civilizaciones diez veces más grandes. Una cultura que glorifica la vida por encima de todo, y no busca la conquista ni la conversión del otro, solo la supervivencia.

    Por otro lado, se encuentra una cultura que glorifica la muerte. Que canta a la guerra santa. Que cría a sus hijos en sueños de martirio y venganza. Que celebra a los asesinos de judíos y nombra calles y escuelas en su honor. Un movimiento que nunca se ha interesado por un Estado palestino junto a Israel, solo por uno que lo reemplace.

    Ignora esta distinción y pierdes el punto por completo. Ten en cuenta que ningún otro movimiento nacional en el mundo define su objetivo como la destrucción del país de otro pueblo. Los tibetanos no piden la destrucción de China. Los kurdos no exigen el fin de Turquía. Ni siquiera los argelinos pretendían destruir Francia. Pero la «liberación» palestina —como se corea con orgullo en los campus occidentales— requiere la aniquilación de Israel. Y si crees que es una exageración, si te aferras a la idea angelical de que «todo lo que quieren los palestinos es un Estado pacífico junto a Israel», simplemente te has revelado como alguien que no ha estado prestando atención. La única versión de una solución de dos Estados jamás considerada por los «moderados» palestinos es aquella en la que ambos Estados son árabes: uno completamente palestino, y el otro un «Israel» de mayoría árabe logrado mediante el llamado “derecho al retorno”. En esa visión, los judíos no tienen ningún Estado en absoluto. Y hasta aquí han llegado los «moderados», que en realidad son una minoría entre los palestinos. Así que no, no se trata de coexistencia pacífica. Se trata de acabar con la existencia del Estado judío.

    Una generación de occidentales ha abrazado esta narrativa. ¿Por qué? Porque halaga su vanidad. Les permite presentarse como defensores de los oprimidos, sin tener que hacer el engorroso trabajo de comprender la historia, la geopolítica o los matices morales. Es más fácil gritar, usar hashtags y volver a casa sintiéndose bien

    Y sin embargo, en lugar de retractarse, una generación de occidentales lo ha abrazado. ¿Por qué? Porque halaga su vanidad. Les permite presentarse como defensores de los oprimidos, sin tener que hacer el engorroso trabajo de comprender la historia, la geopolítica o los matices morales. Es más fácil gritar, usar hashtags y volver a casa sintiéndose bien.

    Pero esta es la verdad: si marchas con gente que ondea esvásticas, vitorea la masacre del 7 de octubre o pide el fin de Israel, no estás defendiendo la justicia. No eres un activista. Eres un peón. Un idiota útil en la guerra de otro.

    Si supieras algo sobre la ideología que defiendes, te pondría los pelos de punta. Ese es un movimiento que trata a las mujeres como ciudadanas de segunda clase, ejecuta a hombres homosexuales, censura la disidencia, reprime a las minorías y prohíbe libros. No son defensores del liberalismo. Son su antítesis.

    Y, sin embargo, de alguna manera, han convencido a una generación de progresistas occidentales para que actúen como sus megáfonos.

    La historia no recordará esto con buenos ojos. Algún día, tus nietos podrían preguntarte de qué lado estabas cuando las multitudes coreaban por el fin del Estado judío. Piensa bien antes de responder, porque internet nunca olvida.

    Fuente: cuenta de Substack @daniel901479.
    Traducción Sami Rozenbaum / Nuevo Mundo Israelita.

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    Yossi Bentolila
    Yossi Bentolila

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