Todo lo que haga Hamás, repito: todo lo que haga Hamás, estará justificado como un acto de resistencia, derivado de la ocupación que la entidad sionista viene implementando en Gaza desde hace décadas.
Bajo la premisa arriba expuesta, la conciencia del mundo puede dormir tranquila; todo lo que le suceda al pueblo judío en cualquier parte del mundo, o al Estado de Israel a través de las decenas de miles de cohetes, drones, globos incendiarios, infiltraciones desde cientos de kilómetros de túneles que trasversalizan todo el territorio gazatí, los atentados terroristas en escuelas, casas, discotecas, bodas, parada de buses, secuestros, violaciones, masacres en festivales de música, asesinatos a familias enteras en sus dormitorios o llevarse 251 secuestrados a los túneles del horror, todo esto y mucho más estará merecido, por una “ocupación” que no existió, que nunca existió, ya que Hamás a partir de 2007 tiene dominio y posesión total de Gaza, cuando desalojó de dicho enclave, a sangre y fuego, a la Autoridad Nacional Palestina, quien la había recibido de Israel en 2005 en un 100% del territorio, incluyendo toda la infraestructura civil, industrial y agrícola que había desarrollado Israel desde 1967.
Lo arriba expuesto es conocido como “el principio de la explosión”, que en el estudio de la lógica clásica implica que “cualquier cosa puede concluirse, si la base de sustentación de una tesis proviene de una falsa premisa”, o también llamada como un error sustancial de base en la “falacia de la premisa falsa”.
A ustedes, amigos lectores, ¿no les parece algo terriblemente contradictorio, que mientras cientos de movimientos de todo tipo, por un lado, se la pasan organizando manifestaciones en Europa, Australia y EEUU a favor de Free Palestine, que significa literalmente la destrucción de Israel, cuando en realidad lo hacen a lo mejor sin saberlo a favor de Hamás, mientras que por otro lado, la Liga Árabe conformada por 22 países musulmanes liderados por Arabia Saudita, Egipto y Catar, que conocen perfectamente el entorno, han declarado públicamente que Hamás debe deponer las armas, salir de Gaza y entregar el poder a la Autoridad Nacional Palestina, con miras a las creación de un futuro Estado palestino?
¿No les parece contradictorio que quienes gobiernan los destinos de los gazatíes endurezcan cada vez más sus condiciones para un alto al fuego y la devolución de los secuestrados? Es decir, Hamás sabe, sin importar las penurias y sufrimiento de “su pueblo”, que su supervivencia como autoridad gobernante depende de la retención de los secuestrados, lo que implica responsabilidad directa tanto del conflicto que inició el 07/10/23 con la masacre en el sur de Israel, como por lo sucedido hasta ahora, tal como reclama la Liga Árabe e inclusive la Autoridad Nacional Palestina, que están en el mismo terreno de los acontecimientos y no a miles de millas de distancia, en países libres, en democracias occidentales.
¿No es indignante, estimados lectores, que cientos de toneladas de alimentos, medicinas y otros insumos hayan entrado a Gaza por la frontera israelí (no por la egipcia) y que Hamás se haya apropiado violentamente de las mismas, consumiéndola y revendiéndola a precios exorbitantes, profundizando la crisis humanitaria, buscando un rédito político a su favor, sin importar el sufrimiento de su pueblo, y difundiendo la narrativa de utilizar el hambre como arma de guerra por Israel?
¿Cómo es posible que cadenas globales como BBC, CNN y France24 entre otras, o medios como el New York Times, El País, The Guardian, Le Monde, etc., vistas por millones de personas, transmitan información sin una simple verificación, para que días después tengan que sacar un cintillo disculpándose por tales informaciones, cuando el mal ya está hecho?
¿Por qué se le pone el enfoque global a lo que hace Israel (todos los ojos sobre Israel), de por sí el único país que es atacado en 7 frentes diferentes, y se le exige y acusa de no alimentar o permitir que alimenten a la población del territorio enemigo, cuando en realidad sí lo hace? Por ejemplo, entre enero y febrero de este año entraron más de 12 mil 400 camiones de alimentos a Gaza, y esto es por poner un simple ejemplo, ya que desde que Hamás inició el conflicto han entrado cientos de toneladas de comida, medicinas y otros elementos necesarios para la población gazatí.
¿Cómo es posible que cadenas globales como BBC, CNN y France24 entre otras, o medios como el New York Times, El País, The Guardian, Le Monde, etc., vistas por millones de personas, transmitan información sin una simple verificación, para que días después tengan que sacar un cintillo disculpándose por tales informaciones, cuando el mal ya está hecho?
¿Ustedes saben, queridos lectores, que hay una guerra civil en Sudán con millones de desplazados y decenas de miles de muertos, o una guerra civil prolongada en Yemén que comenzó en 2014 y lleva más de 377.000 muertos, donde el grupo terrorista hutí tiene el mando de varias zonas territoriales y donde la población pasa una terrible hambruna, así como carencias de todo tipo? ¿O la guerra civil en Etiopía, que se inició en 2020 y ya cuenta más de 600 mil muertos? Es decir, eventos terribles que muy poco se reseñan en los medios de comunicación y redes sociales, ya que todos los ojos del mundo están puestos en Israel, el país agredido y asediado.
Aunque militarmente Israel ha realizado una campaña admirable, extraordinaria, inverosímil por su eficacia e inteligencia, sus enemigos ante la imposibilidad de destruirlo militarmente están tratando de demoler su imagen en el llamado OCTAVO FRENTE, el frente mediático, el de la opinión pública, y de gobiernos que en vez de seguir las líneas trazadas por los países de la región miembros de la Liga Árabe, que sí conocen el territorio, los personajes y grupos que lo habitan, se dejan arrastrar por otros intereses, inclusive el electoral, ante la menguada popularidad que los hace vulnerables.
A pesar de todo este panorama incierto, pienso que en el corto o mediano plazo tendremos paz en la región, y más países se sumarán con entusiasmo a los Acuerdos de Abraham, como consecuencia del debilitamiento de los movimientos radicales y países que los alientan.