Melissa Steinberg Brodsky
En 1908, un arqueólogo excavaba en Gezer, una ciudad al oeste de Jerusalén. Desenterró un pequeño trozo de piedra caliza blanda, del tamaño aproximado de un teléfono inteligente actual.
A primera vista, parecían simples escombros. Pero una vez que se le quitó el polvo, ese insignificante trozo de tierra resultó ser uno de los descubrimientos más importantes de la región.
Este era el Calendario de Gezer.
La tablilla data del siglo X a.e.c.., lo que la sitúa en la época del rey Salomón. A diferencia de los grandes monumentos de victoria o los decretos reales que suelen extraerse de la tierra, esta inscripción es notablemente sencilla.
Es una lista de estaciones agrícolas.
Posiblemente escrita por un niño, la tablilla de Gezer es un testimonio del mundo hebraico de hace 3000 años
Grabado en la tosca escritura paleohebrea, el texto desglosa el año para un agricultor. Simplemente dice: «Dos meses de cosecha. Dos meses de siembra. Dos meses de siembra tardía». Traza el ritmo de la supervivencia desde la cosecha del lino hasta la de la cebada, pasando por la poda de las uvas de verano. Describe un ciclo que comienza en el mes de Tishrei y termina en Elul, reflejando el calendario judío que aún se utiliza en la actualidad y se considera el calendario agrícola más antiguo del mundo.
Los historiadores han debatido su propósito durante décadas, sugiriendo desde una regulación gubernamental hasta una canción popular utilizada para recordar las estaciones. Pero una teoría popular apunta a la naturaleza tosca y sin pulir de la propia escritura.
No fue obra de un maestro escriba. Probablemente se trataba de la tarea de un estudiante, porque, garabateado en la parte inferior, está el nombre «Abi-Yah».
En hebreo, Avi-Yah se traduce como «Yhvh es mi padre», un nombre teofórico que se refiere al Dios de Israel y que vincula al escritor directamente con la cultura de la época.
Este fragmento de piedra caliza es importante, porque proporciona contexto físico a una historia que a menudo se lee en abstracto. Sugiere que la alfabetización no era un lujo reservado a las élites de la capital, sino que existía en ciudades de provincias como Gezer.
Sirve como un documento de 3000 años de antigüedad que ancla la lengua hebrea a la tierra, revelando un pueblo que conocía las estaciones, trabajaba la tierra, y escribía sobre ello en su propia lengua.
Quien lo grabó no tenía ni idea de que estaba esculpiendo la prueba de su existencia para un mundo a 30 siglos de distancia.
Fuente y foto: cuenta de Facebook de Melissa Steinberg Brodsky.
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.