Próximo a cumplirse el segundo aniversario del brutal ataque del 7 de octubre de 2023, perpetrado por terroristas de Hamás, Yijad Islámica Palestina, e incluso gazatíes comunes contra poblaciones del sur de Israel, el pueblo judío enfrenta una despiadada ola de agresiones antisemitas que nos trae a la memoria el período sufrido por las comunidades judías en la Europa pronazi de la década de los 30 del siglo pasado.
Cabe señalar que, en la fatídica fecha de 2023, los terroristas palestinos asesinaron niños con un ensañamiento desquiciado: despedazaron, degollaron y quemaron; pero previamente torturaron, mutilaron, violaron; otros fueron secuestrados a Gaza. Tras cerca de 60 días de tormentos, los liberaron a través de arduas negociaciones entre el gobierno de Israel y Hamás. Basta recordar la ferocidad con que estos niños fueron recibidos al cruzar la frontera por una multitud histérica que los apaleó, escupió, les quemó la piel con tubos de escape hirviendo, los obligaron a ver vídeos de los horrores que cometieron en su invasión a Israel; los hambrearon, durante horas les impedían ir al baño; cuando lloraban, los apuntaban con armas de fuego y les obligaban a permanecer en silencio, al punto que, a su regreso, solo eran capaces de susurrar; se les vieron cicatrices y moretones. Y, la peor parte, los traumas con los que convivirán el resto de sus vidas.
Niños con camisetas que rezan «Unidos contra el odio», durante una reunión interreligiosa en la Sinagoga Park East de Nueva York en 2019
(Foto: ONU)
Frente a tal crueldad depravada, no hubo ninguna acción en favor de aquellos chiquillos por parte de la ONU ni de sus agencias, como la UNICEF, cuyo mandato específico es precisamente defender los derechos y el bienestar de los niños y adolescentes, ni de la Organización Mundial de la Salud y tampoco de la Cruz Roja. Por supuesto que de ninguna manera se puede obviar el rol cómplice de la UNRWA.
En cuanto a lo que encaran las comunidades judías en distintas partes, además del feroz antisemitismo que persiste, hay un antisemitismo que ha venido apuntando directamente a los niños y adolescentes judíos. Así, se han detectado múltiples casos de distritos escolares a lo largo de todo el territorio estadounidense en el que someten a estudiantes judíos a diversas prácticas degradantes. Por ejemplo, la Liga Antidifamación (ADL) presentó una demanda federal contra las Escuelas Públicas de la Ciudad de Baltimore, pues los funcionarios ignoraron sistemáticamente el antisemitismo desmedido que obligó a los niños judíos a ocultar sus identidades para sobrellevar las jornadas escolares. En la Escuela Monte Washington, estudiantes de primaria y secundaria sometieron a sus compañeros judíos a saludos nazis y les enviaban mensajes de texto intimidantes. Los estudiantes judíos de todo el distrito informan de grafitis con esvásticas en las paredes de los baños y advertencias en los libros de texto, tales como: “seis millones de judíos en el Holocausto no fueron suficientes”. Los padres pidieron a los funcionarios escolares de Baltimore que tomaran medidas, pero los administradores descartaron repetidamente las graves acusaciones y ofrecieron evasivas burocráticas en lugar de soluciones concretas.
Frente a la crueldad depravada de Hamás no hubo ninguna acción en favor de aquellos chiquillos por parte de la ONU ni de sus agencias, como la UNICEF, cuyo mandato específico es precisamente defender los derechos y el bienestar de los niños y adolescentes, ni de la Organización Mundial de la Salud y tampoco de la Cruz Roja
Hace pocos días, el administrador de un parque de diversiones en Porté-Puymorens, en el sur de los Pirineos franceses, negó la entrada a 150 jovencitos israelíes de entre 8 y 16 años. El grupo de viajeros había reservado su estancia con mucha antelación, pero en el lugar y fecha prevista fueron rechazados.
Finalizando el reciente mes de julio, se produjo un incidente con un grupo de unos 50 adolescentes franceses, visiblemente judíos, quienes habían participado en un campamento vacacional y regresaban a Francia en un vuelo de la línea aérea española Vueling desde Valencia a París. La tripulación acusó a los jóvenes de alborotadores, de manipular elementos como las mascarillas de oxígeno, los chalecos salvavidas y una bombona de oxígeno. El piloto, sin salir de su cabina, llamó a la guardia civil; a los jóvenes se les decomisaron ilegalmente sus celulares, les borraron los videos que hubiesen probado su inocencia; con extrema violencia se redujo y esposó en el suelo a su supervisora, y se les sacó del avión, dejándolos varados en el aeropuerto. Peor aún, desde las alturas del poder en España, el ministro de Transportes, Oscar Puente, los llamó “niñatos israelíes” en un mensaje de X que luego él mismo borró.
En estos casi dos años, en Canadá, concretamente en Montreal, la ciudad de Quebec y Toronto, en varias oportunidades —contamos unas nueve veces— escuelas judías fueron objeto de disparos que quebraron ventanas y puertas. Si bien esos ataques se produjeron durante la madrugada, sin que nadie resultara herido, la amenaza está latente.
No están motivados por política, religión o defensa de los derechos humanos, ni siquiera en defensa de los palestinos; resulta ser puro odio antisemita que también alcanza a los menores de edad, a quienes humillan, acosan y discriminan
En Chile hubo diversos episodios antisemitas; uno de los más notorios fue el que aconteció el 28 de marzo de 2024 a las afueras del centro comunitario judío de Santiago: un nutrido grupo, enarbolando banderas palestinas y carteles con insultos y consignas de odio, rodeó el predio. Una mujer, su esposo y su hijo de siete años se encontraron atrapados en su automóvil, cercados por una turba de furiosos alborotadores; la multitud sacudió el vehículo mientras vociferaba la frase “asesinos genocidas”; su irritación se intensificó al ver el abdomen de la mujer que estaba embarazada, y le gritaron “¡Llevas dentro un asesino genocida!”
Este tipo de manifestaciones son animadas por un sentimiento primitivo, arraigado y trasmitido con salvajismo. No permite razonamiento ni diálogo; de hecho, la mayoría de los revoltosos no conoce las circunstancias por las que protesta. No están motivados por política, religión o defensa de los derechos humanos, ni siquiera en defensa de los palestinos; resulta ser puro odio antisemita que también alcanza a los menores de edad, a quienes humillan, acosan y discriminan. Se trata de una aversión dirigida a los más inocentes e inexpertos, es decir, a los más vulnerables, por lo tanto, es una forma inescrupulosa y cobarde de violencia e injusticia.