Queridos amigos:
Muchos de ustedes saben cuánto admiro a Rav Jonathan Sacks Z’L. Lo descubrí gracias a los discursos de nuestro querido rabino Pynchas Brener, y desde entonces sus libros y enseñanzas se han convertido para mí en una fuente constante de inspiración. No solo por la profundidad de su pensamiento, sino por la humanidad y la esperanza que trasmitía.
En estos días de introspección, me inspiro en sus palabras como si fueran una conversación íntima, recordándome que nuestra fe no se mide únicamente por los rezos sino por la manera en que vivimos, cuidamos unos a otros y construimos juntos nuestra comunidad.
Cada vez que me paro en aquí, sobre todo en este día tan sagrado, siento el peso de las generaciones que estuvieron antes que nosotros y el compromiso con las que vendrán después. Me llena de orgullo pensar que lo hacemos en esta sinagoga, cuya majestuosidad habla por sí sola. No hay visitante que entre aquí por primera vez y no quede impactado por la belleza, la dignidad y la solemnidad de este espacio.
Esta casa, que nuestros padres y abuelos soñaron y construyeron, es el corazón de nuestra vida judía en Venezuela, y un recordatorio tangible de lo que podemos lograr cuando actuamos juntos.
Yom Kipur es distinto a cualquier otro momento del año. No venimos solo a rezar ni a escuchar. Venimos a detener el tiempo. A mirarnos por dentro. A recordar que somos frágiles y, a la vez, capaces de volver a empezar.
Este no es un día para discursos formales ni para estadísticas. Es un día para hablar de corazón a corazón. Para reconocer nuestras luces, pero sobre todo nuestras sombras. Para preguntarnos, con humildad, si hemos estado a la altura de lo que Dios, nuestra historia y nuestra conciencia esperan de nosotros.
Cuando era niño, me impresionaba el silencio de Yom Kipur, ese silencio tan fuerte que llena la sinagoga cuando se apagan las conversaciones, cuando se detiene el ritmo normal de la vida, un silencio que ensordece. Hoy, de adulto, entiendo que ese silencio no es vacío. Es un silencio que nos invita a escuchar, a escuchar la voz que no siempre atendemos en medio del ruido cotidiano: la voz de nuestra conciencia, la voz de nuestra tradición eterna.
Rav Sacks decía que Yom Kipur es el día en que descubrimos que el pasado no nos encadena, que siempre podemos cambiar, que no estamos definidos por nuestros errores sino por nuestra capacidad de levantarnos después de caer. Eso es la teshuvá: el retorno, no solo a Dios, sino también a nuestra esencia, a lo mejor que hay en nosotros.
Para mí, Yom Kipur no es un momento solitario. Es profundamente personal, pero no individualista. Lo vivo pensando en mis abuelos, que vinieron a Venezuela buscando un lugar donde vivir como judíos libres, y luego dedicaron su vida a construir esta comunidad. Pienso en mis padres, que siguieron su legado. Pienso en nuestros hijos, que heredarán lo que hoy logremos sostener. Y pienso en todos ustedes, mis amigos y compañeros en este camino.
Nada de lo que somos hoy como comunidad surgió de la nada. Cada ladrillo de esta sinagoga, cada libro del colegio, cada banco de Hebraica, cada proyecto de ayuda social, es fruto del sacrificio y de los sueños de quienes estuvieron antes. Yom Kipur nos recuerda que tenemos la responsabilidad de recibir ese legado con gratitud y de entregarlo, fortalecido, a quienes vendrán después.
El Rav Sacks enseñaba que la gran revolución del judaísmo fue trasformar el “yo” en “nosotros”. En un mundo que nos empuja a ser egoísta, a pensar solo en uno mismo, nuestra fe nos recuerda que la verdadera grandeza surge cuando pensamos y actuamos como parte de algo más grande que nosotros. En Yom Kipur eso se hace evidente. Nuestros rezos no están escritos en singular, sino en plural: “Hemos pecado, perdónanos…”. No decimos “yo fallé”, decimos “fallamos”. Porque nos salvamos, crecemos y nos redimimos juntos.
Esa es también la esencia de nuestra comunidad. No somos clientes de una institución. No venimos a consumir servicios. Somos socios en la tarea de mantener viva la vida judía en Venezuela. Y si algo he aprendido en estos años de servicio comunitario es que esa tarea solo tiene sentido si la asumimos juntos.
Yom Kipur nos da la oportunidad de reconocer nuestras fallas sin avergonzarnos, de pedir perdón con sinceridad, y de comprometernos a hacer las cosas mejor. Ese es el regalo de este día: la posibilidad de empezar de nuevo
El año que dejamos atrás ha sido difícil y doloroso. Todavía llevamos en el corazón la herida del 7 de octubre, el sufrimiento de las familias de los rehenes que aún esperan el regreso de sus seres queridos, de las familias que han perdido hijos, hermanos, amigos en esta guerra. Vivimos también la angustia que genera el antisemitismo, que vuelve a asomar con fuerza en tantas partes del mundo.
Aquí, en Venezuela, seguimos luchando para sostener la vida judía con dignidad y calidad. Hemos avanzado: reforzamos la seguridad, ampliamos la supervisión del kashrut, cuidamos a nuestros mayores, acompañamos a quienes más lo necesitan. Son logros que demuestran lo que podemos hacer cuando actuamos unidos.
Pero Yom Kipur nos llama a la verdad. Y la verdad es que aún tenemos mucho que corregir.
Enfrentamos limitaciones financieras que ponen en riesgo servicios esenciales: educación, seguridad, cultura, bienestar social. Y enfrentamos, sobre todo, el desafío de volver a despertar el sentido de pertenencia de algunos miembros. Sin ese sentido de pertenencia, ninguna comunidad puede sostenerse.
Cada vez que pienso en nuestro futuro, vuelvo a esa pregunta que el Rav Sacks planteaba: “No se trata de qué quiero yo de la vida, sino de qué quiere la vida de mí”. La vida nos pide responsabilidad. Nos pide que seamos los guardianes de esta casa que heredamos. Que nos aseguremos de que nuestra sinagoga siga teniendo minyán, que nuestros jóvenes sigan recibiendo educación judía, que nuestros mayores sean cuidados con dignidad. Nos pide que seamos coherentes entre lo que decimos valorar y lo que hacemos para sostenerlo.
Este año, en que celebramos los 75 años de la Unión Israelita de Caracas, no podemos limitarnos a recordar el pasado con nostalgia. Es un momento para honrar el legado de quienes nos precedieron, pero también para comprometernos con el futuro. Quiero invitarlos a todos a acompañarnos el 23 de octubre, en el acto conmemorativo de este aniversario en nuestro Gran Salón. Será una ocasión para recordar nuestra historia, agradecer a quienes la construyeron y, sobre todo, para reafirmar juntos nuestro compromiso con el porvenir de nuestra Institución. Debemos preguntarnos qué haremos para que, dentro de 25 años, cuando celebremos el centenario, podamos mirar atrás y decir que la comunidad sigue viva, fuerte y unida.
Hoy no les hablo solo como presidente de la UIC. Les hablo como una persona que todos los días se pregunta si está haciendo lo suficiente. Que a veces siente el peso de las responsabilidades y el temor de no estar a la altura. Que, como todos, tiene aciertos y errores, momentos de luz y momentos de sombra. Yom Kipur nos da la oportunidad de reconocer nuestras fallas sin avergonzarnos, de pedir perdón con sinceridad, y de comprometernos a hacer las cosas mejor. Ese es el regalo de este día: la posibilidad de empezar de nuevo.
Ser judío en Venezuela hoy exige valentía. La seguridad que protege nuestra vida comunitaria tiene un costo alto que asumimos entre todos. La educación judía, que garantiza la continuidad de nuestros valores, requiere de nuestra inversión y de nuestro compromiso. El cuidado de los más vulnerables no es un favor, es nuestra esencia como pueblo. Nada de esto se mantiene solo. Cada aporte, cada gesto de participación, cada decisión coherente es una semilla que asegura que nuestra kehilá siga floreciendo.
Pero en este día de introspección, no solo quiero pensar en los errores, sino expresar mi gratitud:
A Rab Eitan Weisman y Hadara, por su guía espiritual y su entrega a nuestra kehilá.
A Rab David Chocrón, a quien agradecemos profundamente por su trabajo constante en favor de nuestra Unión Israelita de Caracas.
A los miembros de la Junta Directiva, a los voluntarios, al personal profesional y obrero de nuestra institución, que hacen posible, día a día, que esta casa siga viva.
A Hatzalah, que cuida de nuestra salud con entrega silenciosa y generosa.
Al equipo de seguridad comunitaria, que protege nuestra vida y nuestra tranquilidad.
Y a cada uno de ustedes, por estar aquí, por seguir creyendo, por construir con su presencia el presente y el futuro de esta comunidad.
Yom Kipur no es un final. Es un punto de partida. Nos recuerda que la verdadera expiación no se logra solo con palabras, sino con actos. Que el perdón que pedimos a Dios empieza por el perdón que nos debemos unos a otros. Que el futuro de nuestra kehilá depende de la fe que tengamos en nosotros mismos y en lo que podemos lograr juntos.
Pidamos que este nuevo año 5786 nos encuentre más unidos, más solidarios, más valientes. Que podamos ver el regreso de los rehenes a sus hogares, el fin del sufrimiento en Israel y la paz para todo nuestro pueblo. Que la memoria de nuestros padres y abuelos nos inspire a seguir construyendo aquí, en Venezuela, una vida judía con propósito, con dignidad y con esperanza. G’mar Jatimá Tová. Que seamos sellados en el Libro de la Vida con salud, paz, dulzura, propósito, y la fuerza de seguir construyendo juntos.