Jerusalén, a comienzos del siglo XX, era un cruce de voces y de pasos, una ciudad donde las piedras doradas guardaban siglos de plegarias y donde el aire se llenaba con campanas, con el llamado del muecín y con los rezos hebreos que se escapaban de las sinagogas. En las calles estrechas del mercado se mezclaban especias, telas y panes calientes, y las lenguas distintas se entrelazaban en un murmullo incesante. Allí, en una esquina bañada por la luz áspera del mediodía, tres mujeres se encontraron sin proponérselo. No se conocían, pero el gesto compartido de cubrirse la cabeza las unía en un mismo lenguaje silencioso.
La primera, judía, ajustaba con cuidado un pañuelo oscuro, prendido con alfileres invisibles. Para ella, cubrir el cabello era guardar lo íntimo, proteger lo que pertenecía al hogar y al vínculo con su esposo. El cabello descubierto era como abrir una puerta que no todos debían cruzar. El pañuelo no la borraba, la preservaba; era un signo de dignidad y de pertenencia, una manera de decir que lo más delicado de su ser no estaba destinado a la mirada pública.
La segunda, cristiana, bajaba una mantilla blanca sobre la frente con gesto aprendido. En su tradición, cubrirse al orar era un acto de humildad, un silencio que acompañaba la plegaria y la alejaba de la vanidad. El velo era memoria de madres y abuelas, un hilo que unía generaciones en la liturgia. No lo entendía como sometimiento, sino como afinación: ponerse el velo era entrar en tono, prepararse para que la oración resonara con claridad.
(Imagen: ChatGPT)
La tercera, musulmana, acomodaba su hijab de lino con firmeza. Para ella, la tela era identidad y dignidad. El Corán pedía modestia, y el velo era la manera de decidir qué mostrar y qué reservar. No lo vivía como prisión, sino como continuidad: en una ciudad donde las banderas cambiaban y los imperios se sucedían, el hijab le daba coherencia, la situaba en medio del bullicio sin perderse en él.
Las tres guardaron silencio un instante. El viento levantó las telas y las hizo dialogar sin palabras. En Jerusalén, donde todo era mezcla y roce, cubrirse la cabeza era más que una prenda: era un lenguaje antiguo, una gramática del cuerpo que decía “hasta aquí entra el mundo, desde aquí empiezo yo”. Cada una escribía una palabra distinta sobre su frente: intimidad, recogimiento, modestia. Pero todas compartían la raíz: el deseo de que lo sagrado —sea hogar, liturgia o identidad— tuviera una forma visible. Cubrirse la cabeza no era ocultarse ni renunciar al mundo. Era seleccionar, reservar, recordar. Era continuidad en medio de rupturas históricas, resistencia frente a la mirada apresurada, afirmación de un espacio propio.
Y así como el viento levantaba los velos en aquella plaza de 1910, también los levanta hoy, más de un siglo después, en 2025. La narración se desplaza, como si caminara desde las piedras de Jerusalén hasta las calles del presente. En París, una joven musulmana ajusta su hijab en el metro mientras debates políticos discuten si debería o no llevarlo en espacios públicos; su gesto es íntimo, pero se convierte en símbolo político sin que ella lo busque.
En Teherán, mujeres se cubren por mandato, pero algunas se rebelan quitándose el velo en plena calle, convirtiendo el acto en bandera de resistencia y en riesgo personal.
El velo, la mantilla o el pañuelo ya no son solo memoria; son también espejo de las tensiones contemporáneas entre tradición, libertad y pertenencia
En Caracas, una mujer judía ortodoxa se coloca su pañuelo al salir de casa, mientras otra, más liberal, lo guarda en un cajón y lo usa solo en celebraciones familiares, mostrando que la tradición puede ser tanto continuidad como elección.
En Sevilla, las mantillas negras aún recorren las procesiones de Semana Santa, mientras en Roma la mayoría de mujeres entra a misa con la cabeza descubierta, recordando que la práctica se ha vuelto opcional.
El gesto que en Jerusalén parecía incuestionable ahora es plural y disputado. Para unas mujeres es continuidad y fe, para otras es resistencia cultural, y para otras más es una práctica que debe ser revisada o abandonada. El velo, la mantilla o el pañuelo ya no son solo memoria; son también espejo de las tensiones contemporáneas entre tradición, libertad y pertenencia. Y el viento, que nunca deja de soplar, sigue levantando las telas, recordando que cubrirse la cabeza es un acto que cambia de sentido con el tiempo, pero que siempre habla de identidad, de cuidado y de la manera en que cada mujer decide habitar el mundo.
Mi opinión es que cada mujer, de cualquier religión, debe poder elegir si cubrirse la cabeza o no. Y que las sociedades de cualquier país deben respetar lo que ellas, en absoluta libertad, decidan. Tan irrespetuoso es imponer que se cubran como imponer normas para impedir que lo hagan.
*Periodista, ensayista y novelista venezolana.
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Maravilloso escrito, como todo lo de Soledad.