En todo el mundo árabe, en China y en Rusia, se ejerce mano dura contra el islam radical, mientras en el Occidente liberal la violencia prolifera sin control. Los judíos lo pagan primero, pero como siempre en la historia, no serán los últimos
Ariel Kahana*
Dos líneas conectan la masacre de Bondi Beach, el ataque a una sinagoga de Manchester en Yom Kipur, el asesinato de una pareja que trabajaba en la embajada de Israel en Washington el verano pasado, y muchos otros ataques contra judíos que se han vuelto comunes en Occidente.
El primer denominador común es la trasformación de los judíos de todo el mundo, simplemente por ser quienes son, en objetivos cuyo asesinato se considera legítimo. Los llamamientos a la aniquilación que han resonado en las capitales occidentales durante más de dos años han creado el ambiente. En él, ya sea por iniciativa espontánea o por dirección externa, es fácil que crezcan células terroristas activas.
El 9 de octubre de 2023, apenas dos días después de la masacre cometida en Israel por los terroristas de Gaza y varias semanas antes de que las FDI respondieran, una manifestación propalestina junto a la Ópera de Sydney entonó repetidamente Gas the Jews (“gaseen a los judíos”). El gobierno y los medios australianos se concentraron durante largos meses en un inútil debate sobre si la frase había sido dicha o no, en lugar de condenar el tono virulentamente antisemita de la manifestación, cuyo detonante fue que la alcaldía de la ciudad había decidido proyectar los colores de la bandera de Israel sobre la icónica estructura como una expresión de solidaridad
(Foto: AP)
La segunda línea que conecta la ola de ataques contra las comunidades judías en todo el mundo es más elusiva y menos visible. Es difícil convencer a alguien que no es judío de que será el siguiente. A primera vista, el aumento global del antisemitismo se justifica como consecuencia de la guerra en Gaza, o como una enfermedad ancestral. Intente convencer a un estadounidense, un británico o un australiano de que quien asesinó judíos hoy lo asesinará a él mañana.
Y sin embargo, al igual que Israel y los judíos, todo Occidente está amenazado por esta ola de violencia asesina, aunque gran parte de él aún no se dé cuenta. Particularmente ciego ha sido, y sigue siendo, el gobierno del primer ministro australiano Anthony Albanese, quien incluso después del segundo atentado terrorista más mortífero en la historia de Australia, sigue sin comprender dónde radica el problema. Su débil respuesta inicial al ataque ilustra lo poco que comprende la gravedad de la amenaza que se ha construido bajo sus narices durante su mandato.
En su gran estupidez, Anthony Albanese no ha comprendido que cualquiera que legitime una masacre ocurrida a miles de kilómetros de su país acabará con un matadero en su playa más famosa. Esa es la naturaleza del terror: no tiene fronteras
Albanese ha mostrado una postura especialmente conciliadora ante la violencia que asola a su país desde la masacre del 7 de octubre. En lugar de prohibir lemas violentos como «globalizar la intifada” y «Palestina será libre del río al mar», reconoció un Estado palestino. En lugar de filtrar la entrada de terroristas instigadores, prohibió la entrada en Australia a israelíes de alto y bajo rango. En su gran estupidez, Anthony Albanese no ha comprendido que cualquiera que legitime una masacre ocurrida a miles de kilómetros de su país acabará con un matadero en su playa más famosa. Esa es la naturaleza del terror: no tiene fronteras.
Este es precisamente el problema del Occidente progresista. Paradójicamente, en los países árabes, en China y en Rusia, una mano de hierro aplasta la incubadora del Islam radical. Allí, en países que no son democracias, se entiende que esta corriente cultiva tanto lemas extremistas como la propia violencia. En cambio, en los países que se autodenominan liberales, la incitación y la violencia que la acompaña se desbocan con muy pocas restricciones.
*Corresponsal sobre diplomacia de Israel Hayom.
Fuente: Israel Hayom.
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.