
Han pasado siglos. Siglos de sombras, de silencios, de acusaciones que deformaron la historia y sembraron dolor en la memoria de un pueblo. La idea del “deicidio”, esa acusación que pretendía cargar sobre los hombros del pueblo judío la muerte de Jesús, no fue solo un error teológico: fue una herida moral, una distorsión que alimentó el antisemitismo, justificó persecuciones y encendió hogueras de odio en nombre de la fe.
Hoy, en 2025, cuando el papa declara que la Iglesia se opone a toda forma de antisemitismo, no está pronunciando una frase diplomática: está desmantelando una lógica. Está diciendo, con la fuerza de la palabra y el peso de la historia, que aquel disparate no tiene cabida en la conciencia cristiana. Que no hay Evangelio que legitime el desprecio. Que no hay teología que pueda sostener el odio.
(Foto: Catholic News Agency)
Esta oposición no es apenas doctrinal: es ontológica. Es una toma de posición sobre el ser humano, sobre la dignidad compartida, sobre la memoria que nos constituye. Es afirmar que el cristianismo, en su núcleo más íntimo, no puede sostenerse sobre el desprecio, ni sobre la sospecha, ni sobre el olvido de la genealogía que lo precede. Porque el cristianismo nace del judaísmo, y por tanto lo honra, lo reconoce como fuente, como matriz espiritual. Y en ese reconocimiento hay una ética del vínculo, una teología de la gratitud.
Condenar cualquier intento de revivir la acusación de deicidio no es solo un acto de justicia histórica: es un gesto de fidelidad al mensaje de Jesús, que nunca fue de exclusión, sino de acogida; que nunca fue de culpa impuesta, sino de compasión compartida. Es reconocer que la fe, si quiere ser verdadera, debe purificarse de toda arrogancia, de toda superioridad, de toda tentación de señalar al otro como culpable.
El papa, al declarar esta oposición sin matices, no solo habla a los fieles: interpela a todos los seres humanos y a su conciencia. Nos recuerda que el antisemitismo no es un error doctrinal, sino una fractura en la posibilidad misma de comunidad. Y que la Iglesia, si quiere ser fiel a su vocación, debe ser espacio de hospitalidad, no de exclusión; debe ser memoria viva, no negación del pasado.
Así, el cristianismo que se quiere fiel a su raíz debe mirar al judaísmo no como sombra, sino como luz. No como error, sino como origen. No como amenaza, sino como hermano mayor en la historia de la revelación. Y en ese gesto de reconocimiento, hay redención. Hay posibilidad de futuro. Hay humanidad. Hay que oponerse al antisemitismo. Sin medias tintas ni ambages.
Bien por el papa. Muy bien.
*Periodista, ensayista y novelista venezolana.