Los conflictos armados, las guerras y la violencia constituyen la expresión irracional de los seres humanos. De las sociedades y los países. De las ideologías. Son difíciles de comprender y más aún de evitar. Impera cierta lógica en ellos, pero está impregnada de esa irracionalidad que caracteriza sus desarrollos.
Churchill le reclamó a Chamberlain que pactara con Hitler antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Al elegir apaciguar a la bestia nazi antes que disuadirla, trazó la ruta de la futura confrontación. La disuasión de Alemania nunca se logró; se consiguió su rendición luego del conflicto más feroz que conociera la humanidad.
En otras ocasiones históricas, el apaciguamiento ha funcionado. Ocurre cuando priva cierto espíritu de reconocimiento del error propio o de la superioridad de la contraparte. También cuando el que apacigua es generoso y el apaciguado agradecido. La disuasión funciona cuando quien la ejerce está dispuesto a actuar en ese sentido y el disuadido percibe la determinación de su contraparte, así como su propia inferioridad y las consecuencias perjudiciales de su eventual negativa.
Columnas de humo se elevan desde varios puntos bombardeados en Teherán a comienzos de la actual guerra
(Foto: AFP)
En el caso de Occidente frente a Irán, no se dieron estas circunstancias ni condiciones por muchos años. Barack Obama y Joe Biden creyeron poder apaciguar a un país fuerte, decidido y retador. Donald Trump I no logró disuadir al coloso persa a pesar de sus acciones y retórica altisonante. En todo este largo recorrido ya histórico, Israel denunciaba las intenciones de Irán para con el pequeño país, el peligro que representaba su programa nuclear y también su programa de misiles y cohetes. Ni el apaciguamiento ni los intentos de disuasión funcionaron.
Los eventos trágicos del 7 de octubre de 2023 terminaron mostrando el poderío de Irán, las conexiones con sus proxies, su capacidad de acción y su tremenda influencia. También su determinación firme de enfrentar a Israel y a quienes osasen apoyarlo. Los ataques a Israel en 2024 y la guerra de junio de 2025 no dejaron duda de su capacidad de fuego. Cohetes y drones fueron disparados sin escatimar esfuerzos, y los daños que recibió como consecuencia de esta iniciativa no fueron suficientes para disuadirlo de sus intenciones ni acciones. La derrota no fue asumida, y los daños causados a su enemigo, sin importar su magnitud, se consideraron la victoria.
Unos pocos meses después, Donald Trump II pierde la paciencia con quienes dan largas en las negociaciones, prosiguen con sus andanzas y no se amedrentan. Quizá en junio de 2025 este mismo Trump debió dejar al primer ministro de Israel seguir unos días más en la guerra que duró solo doce largos e intensos amaneceres. En tal ocasión, la disuasión tampoco funcionó.
El apaciguamiento no funcionó. Tampoco la disuasión. Los términos victoria y derrota tienen distintas acepciones en las partes enfrentadas; eso es grave, pues puede alargar el conflicto con todas las macabras consecuencias que esto acarrea
El 28 de febrero de 2026 estalló esta guerra increíble que nos mantiene en vilo. Estados Unidos lanzó su ofensiva “Furia Épica”, e Israel lanzó “El Rugido del León”. Irán ha respondido con una andanada de cohetes y drones a diestra y siniestra que no le augura ninguna victoria, salvo la autopercibida cuando causa alguna baja a sus agresores o a quienes se atreven a apoyarlos de una u otra manera. Está claro que quienes detentan el mando en la Persia de nuestros días no han sido disuadidos, y tienen una concepción de la vida y la guerra diametralmente opuestas a quienes se decidieron a enfrentarlos de manera tan vehemente.
El apaciguamiento no funcionó. Tampoco la disuasión. Los términos victoria y derrota tienen distintas acepciones en las partes enfrentadas; eso es grave, pues puede alargar el conflicto con todas las macabras consecuencias que esto acarrea. Destrucción y víctimas, desasosiego en la región y en todas las partes del mundo. En la historia de la humanidad, las guerras se terminaban con victoria y rendición; esta última, mientras más pronto se asumiera vistas las circunstancias, menos daños acarreaba.
El conflicto de Gaza e Israel demostró que la rendición no estaba en el panorama de los derrotados, porque sencillamente no se consideraron derrotados en su perspectiva particular. Las lecciones de este evento están por aprenderse y asimilarse, según parece. Lo cierto del caso actual es que no ha funcionado el apaciguamiento, no ha dado frutos aún la disuasión, y no se ve todavía la necesaria rendición del perdedor.
Mientras tanto, todos pierden.