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    Opinión

    “Ámsterdam, París… ¿y luego?”, por Elías Farache

    Published by Yossi Bentolila on 18 noviembre, 2024
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    El 6 de noviembre en Ámsterdam. El 14 de noviembre en París. Solo falta ver la fecha y lugar del próximo encuentro de fútbol en el cual participe Israel o algún equipo de la liga del país, para figurarse lo que puede pasar.

    En Ámsterdam ocurrió un pogromo de nuestros días, cuando los israelíes y judíos que fueron a apoyar a un equipo de fútbol fueron emboscados. La policía local fue desbordada, si es que no estaba algo impedida por el susto y la sorpresa. La respuesta del gobierno israelí fue una acción diplomática inmediata y el envío de aviones de rescate para quienes estaban en la ciudad, presas del miedo y sin la certeza de que las autoridades locales pudieran protegerlos.

    La semana siguiente, en la ciudad de las luces, un encuentro de fútbol entre Israel y Francia despertó los temores de algún episodio parecido al de Ámsterdam. El evento deportivo dejaba de tener importancia como tal, se trataba de otra cosa ya: el derecho de los judíos franceses de apoyar a quien les viniese en gana, la presencia de israelíes y judíos en el partido, las acciones y reacciones que rodearían todo esto. Con un antecedente lamentable de la semana anterior en Holanda.

    Antes del partido Paris Saint Germain-Atlético de Madrid del 6 de noviembre, fanáticos desplegaron una gigantesca pancarta que decía Free Palestine, reemplazando la letra “i” por un mapa de Israel con fondo de kefia, lo que simboliza el deseo de eliminar el Estado judío
    (Foto: Reuters)

    La politización del deporte es algo problemático. Utilizado y hasta diseñado como actividad que permita además de identidad y promoción de actividades sanas, es también una forma de distracción y hasta evasión, sin el componente violento de otro tipo de enfrentamientos. El fútbol en Europa mueve masas, tanto de las aficiones a equipos que no son necesariamente del país de quienes los siguen y aplauden, como de las selecciones nacionales. En todos los países del mundo existen aficiones de equipos en España, Francia, Italia, Gran Bretaña, Alemania y Europa en general. Aficionados que pagan suscripciones de TV en sus países, y que se aventuran a viajar a los enfrentamientos que se suceden con regularidad durante todo el año. Los judíos y los israelíes no son la excepción. 

    Pero los judíos y los israelíes, estos últimos por judíos, deben transitar por Europa con discreción, sin elementos que los identifiquen como solideos (pequeño gorro que cubre la cabeza de los hombres, kipá en hebreo), atuendos típicos que los delaten ni, por supuesto, cualquier símbolo nacional como una estrella de David o una bandera de Israel. Estas y otras son las “recomendaciones de seguridad” que se les dan a los judíos que hacen vida en casi todos los países de Europa, en pleno siglo XXI, en aras de prevenir cualquier lamentable suceso; siendo lo lamentable la necesaria recomendación de esconderse.

    Israel es a los países del mundo lo que el judío y las comunidades judías a su entorno local: un elemento incómodo, rechazado. Por muchas razones, algunas contradictorias entre ellas mismas. Como los judíos en forma individual y las comunidades judías en el seno de una sociedad que los adversa, ahora por su identificación natural con el único Estado judío del mundo, por tener siempre diferencias no aceptadas, no toleradas.

    Si los israelíes deben dejar de ir a los partidos de fútbol de los cuales son hinchas para prevenir agresiones, si Israel debe cerrarse cual gueto nacional en un mundo que lo adversa y condena, hemos avanzado muy poco desde los oscuros días de la Segunda Guerra Mundial

    Si los israelíes deben dejar de ir a los partidos de fútbol de los cuales son hinchas para prevenir agresiones, si Israel debe cerrarse cual gueto nacional en un mundo que lo adversa y condena, hemos avanzado muy poco desde los oscuros días de la Segunda Guerra Mundial. Estos últimos días ha sido el fútbol, pero tenemos 420 días desde el 7 de octubre de 2023 que han significado guerra y destrucción, dolor y muerte, incomprensión e intolerancia.

    Ámsterdam y París nos recuerdan vívidamente lo que vivieron los judíos en una Europa siempre orgullosa de su superioridad intelectual. Justo cuando se pensaba que se normalizaba la posición de Israel en el concierto de naciones, resurgen o despiertan los fantasmas del antisemitismo de siempre, en forma abierta o bajo nombres y causas disfrazadas que no engañan a nadie.

    Faltan muchos eventos a los cuales Israel debe asistir: sus equipos, sus fanáticos. Ocasiones que se consideran alegres y relajantes se convierten en otras de estrés y temor, incomodidad y frustración. Retos sin sentido, y violencia. Es reconfortante que, en el siglo XXI, a diferencia del pasado reciente y lejano, un Estado pueda rescatar a las víctimas de la violencia enviando aviones y presionando gobiernos. Es muy triste que, en el siglo XXI, haya necesidad de rescatar ciudadanos amenazados y agredidos por hordas descontroladas, sin autoridades que puedan imponerse.

    Luego de Ámsterdam y París hay muchas otras capitales, muchos otros eventos. Muchos judíos y un Medio Oriente que no se termina de resolver. ¿Arde París y arde Europa?

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    Yossi Bentolila
    Yossi Bentolila

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