Dani Lerer*
La aritmética del dolor no sabe de años bisiestos ni de cambios de hora. Para el resto del planeta, han pasado dos años, tres meses y diecinueve días desde aquella mañana negra. Han cambiado gobiernos, han estallado otras guerras, el mundo ha seguido girando con su indiferencia habitual, y el tráfico en Ayalón vuelve a ser insoportable.
Pero para nosotros, no.
Para el pueblo judío, el sol se puso el 7 de octubre de 2023 y se negó a salir por completo. Hemos vivido 843 días atrapados en la misma noche, en una vigilia interminable, contando las horas no por las manecillas del reloj, sino por la ausencia de nuestros hijos. Mientras quedara un hermano, una hermana o un padre en la oscuridad de los túneles, una parte de nuestro espíritu seguía secuestrada.
El “Reloj de los rehenes” ubicada en la plaza de Tel Aviv donde durante más de dos años se congregaban miles de israelíes para exigir el retorno de los secuestrados en Gaza, se detuvo a las 17:35 horas del 26 de enero, para marcar que los restos de Ran Gvili regresaron a su familia y a su nación
(Foto: redes sociales)
Hoy, las Fuerzas de Defensa de Israel han recuperado el cuerpo de Ran Gvili.
Ran, ese héroe de la policía, miembro del Yasam, que cayó defendiendo el Kibutz Alumim. Ran, quien se lanzó a las balas para salvar vidas ajenas mientras el mundo aún dormía. Hoy, Ran ha vuelto a casa.
Con su regreso, el reloj vuelve a andar. Se cierra el capítulo más doloroso de nuestra historia moderna. Ran era el último secuestrado que quedaba en manos de los monstruos de Hamás. La última pieza de un rompecabezas macabro que nos rompía el alma cada mañana al despertar.
La recuperación de Ran Gvili marca un hito sicológico brutal. Hasta ayer, la esperanza y la angustia se mezclaban en un cóctel venenoso. Hoy, la angustia da paso a la certeza. Y la certeza, aunque duela como un hierro candente, es necesaria para sanar.
Israel ha cumplido su promesa más sagrada, esa que lo diferencia de sus enemigos y, lamentablemente, de gran parte de las naciones occidentales que sermonean desde la comodidad de sus cafés: Israel no deja a nadie atrás. Ni vivos, ni muertos. El pacto de sangre entre el Estado judío y sus ciudadanos no tiene fecha de caducidad.
Por eso digo que hoy es 8 de octubre.
Porque el 7 de octubre fue el shock. Pero el 8 de octubre fue el día en que nos prometimos que lucharíamos hasta el final. Hoy, con Ran de vuelta en suelo israelí para recibir la sepultura de un héroe, ese “final” operativo ha llegado. Hemos tardado 843 días en cruzar la noche.
Al mundo, que tantas veces pidió a Israel “proporcionalidad” y que olvidó a sus secuestrados a los cinco minutos, solo tengo esto para decirles: Miren a Israel hoy. Miren cómo llora a Ran Gvili. Miren cómo un país entero se detiene por un solo hombre, por un solo cuerpo.
Israel ha cumplido su promesa más sagrada, esa que lo diferencia de sus enemigos y, lamentablemente, de gran parte de las naciones occidentales que sermonean desde la comodidad de sus cafés: Israel no deja a nadie atrás
Esa es la fuerza del Estado judío. Mientras sus enemigos celebran la muerte, Israel santifica la vida y honra la memoria.
Ran descansa hoy en su tierra, pero su regreso nos obliga a despertar. Ya no hay nadie en Gaza esperándonos. Están todos en Israel. La misión está cumplida, pero el dolor es infinito.
Hoy, más que nunca, abracen a los suyos. Lloren con orgullo. Y respiren hondo, por doloroso que sea el aire: hoy, por fin, amaneció.
Am Israel Jai.
*Politólogo, analista internacional, columnista y comunicador argentino.
Fuente: danilerer.com