Raquel Markus-Finckler*
El 27 de enero no es una fecha. Es una herida de la humanidad con fecha en el calendario. Es un recordatorio incómodo de lo que el ser humano es capaz de hacerle a su prójimo cuando decide despojarlo de su nombre para volverlo número, de su rostro para volverlo polvo, y de su derecho a existir para convertirlo en engranaje dentro de una maquinaria de muerte.
La Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) designó este día en conmemoración de la liberación de Auschwitz-Birkenau. Pero ¿qué se libera cuando lo único que queda es el silencio de los que ya no están? No se libera lo que ya fue roto. No se devuelve el tiempo. No se deshacen la muerte, el sufrimiento o el horror. La historia no tiene botón de “deshacer”. Y la memoria, cuando es verdadera, tampoco debería tenerlo.
El 27 de enero es el tipo de fecha que exige que la memoria deje de ser un museo. A veces se habla del Holocausto como de un capítulo cerrado, una lección aprendida. Pero la memoria no es un objeto estático, mucho menos estético. Sirve para mirar el presente con una lucidez que debería arder.
Porque lo que ocurrió entonces no comenzó con cámaras de gas y no se limitó al pueblo judío que habitaba Europa. De hecho, comenzó con palabras. Con discursos incendiarios, con odio en pequeñas píldoras. Comenzó con el permiso social para humillar. Con la normalización del desprecio. Con la idea de que hay vidas que valen menos. Con el silencio de quienes vieron venir el incendio y prefirieron no acercarse.
(Foto: gaceta.unam.mx)
Eso es lo que el 27 de enero de cada año le exige a la humanidad: una conciencia despierta. No una ceremonia bonita. No un post de compromiso pasajero. No una frase de “nunca más” repetida como un mantra automático. “Nunca más” no es un eslogan. Es una tarea. Y esa tarea no se limita a una sola identidad.
El Holocausto fue un intento sistemático de exterminio del pueblo judío (aunque no exclusivamente del pueblo judío), y esa verdad histórica debe decirse sin miedo, sin revisionismos y sin relativismos.
Su lección atraviesa a toda la humanidad: cuando el odio se vuelve doctrina, cuando la propaganda reemplaza a la empatía, cuando el dolor ajeno se convierte en estadística, el mundo entero entra en peligro.
Hoy, la memoria compite con el ruido. Con la desinformación. Con la indiferencia elegante. Y también compite con algo más oscuro: la facilidad con la que algunas personas se permiten negar, minimizar o distorsionar lo ocurrido, como si seis millones fueran un argumento discutible, como si la historia fuera un terreno negociable.
Por eso, recordar no es mirar hacia atrás. Recordar es vigilar el presente. Es cuidar el lenguaje. Es preguntarnos qué estamos tolerando hoy que mañana nos dará vergüenza. Es entender que el odio no siempre grita: a veces sonríe, se disfraza de justicia, se maquilla de ideología y se presenta como una opinión más. Basta ver cómo se habla hoy de ciertos grupos en redes sociales y tribunas políticas.
Recordar también es honrar. Honrar a quienes murieron sin despedida. A quienes sobrevivieron cargando cenizas y heridas invisibles. A quienes, incluso en medio del horror, eligieron la humanidad: los que escondieron, ayudaron, salvaron, resistieron.
El 27 de enero no nos pide solo tristeza. Nos pide responsabilidad. Nos pide educar, hablar, incomodar si hace falta. Nos pide no acostumbrarnos al desprecio, ni a la xenofobia convertida en política, ni al antisemitismo que resurge con nuevos disfraces. Nos pide algo simple y feroz: no permitir que el ser humano vuelva a convertirse en número.
Este 27 de enero de 2026, que cada nombre pese. Que cada vida importe. Que la memoria sea brújula y no reliquia. Y que nuestro “nunca más” se traduzca en gestos concretos: en preguntar, confrontar, educar y, sobre todo, en no mirar hacia otro lado. Porque si la memoria se apaga, la historia no descansa: se repite.
Canción de cuna (para quienes aún no llegan)
A los que vienen sin saber lo que nosotros ya sabemos,
ojalá les dejemos menos miedos, más preguntas,
más espacios que habitar, y menos culpas que heredar.
Niños que corran solo por jugar, niños que griten solo para llamar,
que no sepan de pesados equipajes, que solo conozcan la luz en los follajes,
que jamás conozcan el sabor de la hiel en sus bocas o el frío del temor en la piel.
Duerme, niño que aún no llegas a este mundo desvelado,
si hoy cumplimos las promesas, mañana podrás nacer
en un mundo que no te enseñe nunca a huir, esconderte o temer.
Queremos cantarte nanas que no mencionen a lobos,
queremos leerte cuentos de pájaros y de nortes,
que aprendas una historia que no cuente las guerras,
pues el mundo habrá dejado a un lado sus peleas.
Niño que aún no naces, espero saber protegerte
del mal que sacude todo cuando el bueno está silente.
Espero tener la fuerza para llenar tu cuna de versos,
y que nunca tengas que buscar al monstruo bajo tu cama,
ese mismo al que he temido tantas noches y madrugadas.
Que estas fechas de memoria sean solo eso: una lección,
que el pasado sea luz de guía, el futuro, bendición.
Que este pueblo, caminante, ya no tenga que aprender
el daño que hace la rabia, la falta que hace la fe.
No podremos hacerlo solos, aunque estemos bien despiertos,
necesitamos que otros construyan puentes que nosotros cruzaremos
para poder dejarte limpio el mundo que habitarás:
un mundo de juego y nanas, un mundo de calma y paz.
*Periodista, escritora, poeta, editora.