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VIDA RELIGIOSA

Tentación


Chaim Raitport
Rabino de la Unión Israelita de Caracas
rabinoraitport@gmail.com

¿A lguna vez ha conocido un bebé que, al salir del vientre materno, desee comerse un chocolate? ¡Por supuesto que no! Todos los padres asumen la misma conversación cada vez que un bebé comienza a ingerir sólidos: “¿Cuánto tiempo crees que podamos mantenerlo alejado de los dulces?”. Mientras el bebé está libre de dulces, los padres viven en paz; una vez que ha probado el primer caramelo, la batalla inicia. El niño quiere más y más dulces; los padres quieren que consuma menos. La criatura entonces engatusa, amenaza y llora. Finalmente, quien tiene la mayor autodisciplina prevalece. ¿Merece un bebé nuestra admiración por evitar el chocolate antes de haberlo probado? ¡Por supuesto que no! Lo que no se conoce, no se puede desear.

Una mujer me dijo una vez que cuando ella empezó a mantener el kashrut, su obstáculo más difícil fue renunciar a los muffins de arándano de Boston. Hizo un viaje especial a Boston para comer un panecillo por última vez, antes de hacer kasher su cocina.

Nunca comí panecillos de arándano de Boston. De hecho, ni siquiera sabía que Boston era famoso por sus muffins de arándano. ¿Merezco admiración por evitar estos panecillos? Por supuesto que no. Vuestra admiración se debe a esa mujer increíble, su sacrificio personifica el dominarse a uno mismo. Mi contención en ingerir el producto es consecuencia de la ignorancia.

El texto en la Torá afirma que Adán y Eva fueron colocados en el Jardín del Edén. Estaban rodeados por hermosos árboles, con deliciosas frutas y aromas placenteros. Podrían satisfacer los deseos de su corazón, pero ¡un árbol les estaba prohibido! La presencia de este da pie a una pregunta obvia. Si Dios no quería que comiesen de ese fruto, ¿por qué lo coloca en el Edén? Los padres que no quieren que sus hijos consuman chucherías, no colocan a sus hijos delante de un plato con dulces.

Nuestra incredulidad crece aún más cuando sabemos que Dios ordenó a Adán y Eva consumir los frutos de todos los demás árboles en el jardín. ¿Se imaginan a un padre colocando a su hijo delante de un plato de dulces y le da la instrucción de comer todos los dulces de la bandeja, menos uno? El niño se atormentaría con la tentación, exactamente como le ocurrió a Eva.

La trama se complica todavía más. De acuerdo con nuestros sabios, la corteza del árbol del conocimiento era comestible y tenía el sabor de la fruta prohibida. Esta corteza no solo era comestible, sino que también era permisible su consumo a Adán y Eva. Esto significa que Dios les permitió chupar la savia de la corteza y así descubrir el sabor de la fruta, pero les prohibió comer el fruto.

¿Se imaginan a un padre colocando a su hijo delante de un plato de dulces, dándole permiso de comer todos los dulces en el plato, menos el más delicioso, pero permitir que el niño quite el envoltorio del caramelo prohibido, lamerlo y así descubrir su sabor? ¿Quién puede esperar que un niño resista tal tentación? ¿Acaso fueron predestinados Adán y Eva por Dios al fracaso?

Esto, en efecto, es una trama impresionante en contra la humanidad. Adán y Eva fueron creados inocentes y puros; en su estado original, nunca habrían trasgredido la voluntad divina. Pero Dios no quería más ángeles; ya tenía suficientes. Esta vez él quería seres humanos. Falibles y débiles como somos, así es como Dios nos quiere.

Él desea que sintamos el encanto de lo prohibido, que seamos tentados y que luchemos en contra de esas tentaciones. Él nos dotó de almas mucho más recias que las que les dio a los ángeles. Tales almas se desperdiciarían en los ángeles, quienes nunca tendrían motivos para explotar todo su potencial.

Dios quería seres humanos a los que poner a prueba a cada paso. Expuso nuestros deseos a la atracción de la tentación y nos obliga a explorar en lo más profundo de nuestro ser para encontrar fuerzas y vencer esas tentaciones.

Enfrentando al alma contra la tentación mundana, se da rienda suelta a las energías espirituales sin explotar, que nos cubren con un halo de divinidad y se irradian al mundo que nos rodea. En la lucha contra nuestras debilidades nuestro compromiso se afinca y nuestro vínculo se fortalece.

De hecho, si no fuera por ello, viviríamos en una paz idílica. Nunca nos sentiríamos tentados, nunca seríamos cuestionados y nunca enfrentaríamos dificultades. Sin embargo, tampoco creceríamos intelectualmente.

Así pues, Dios tentó a Adán y a Eva, e inició la transición de la inocencia angelical a la madurez mundana. Simultáneamente en ese momento, se dio inicio a nuestra ascensión de la debilidad del mortal a la fortaleza de la inmortalidad.

La Torá describe al árbol del conocimiento como “bueno y malo”. Cuando el mundo fue creado, las cosas eran o buenas o malas. El árbol del conocimiento introdujo, por primera vez, el concepto de un elemento negativo en lo que por lo demás era positivo, y viceversa.

La introducción de Adán y Eva a la tentación fue mala inicialmente, pero el beneficio a largo plazo de esa experiencia, indudablemente fue bueno.

Hoy en día, es raro encontrar actividades que son totalmente buenas o malas. La vida es ahora sofisticada, plena de matices de gris. La caridad es buena, pero si se fomenta la dependencia es mala. Las drogas son perjudiciales, pero cuando son recetadas por un médico, son beneficiosas. Los caramelos tienen buen sabor, pero sus efectos a largo plazo son negativos. Ejercitarse físicamente es difícil, pero sus efectos a largo plazo son positivos.

El árbol del conocimiento oscureció nuestra claridad e introdujo un serio dilema. ¿Cuándo los medios justifican el fin y cuándo no? ¿Cuándo el mal supera el bien y cuándo no?

Este dilema es el legado que nos dejaron Adán y Eva. Cada vez que nos enfrentamos a él, nos vemos obligados a avanzar o a retroceder. Afortunadamente, la Torá nos da una pista a seguir: dificultades a corto plazo que conducen a beneficios a largo plazo son positivas; beneficios a corto plazo que conducen a problemas en el largo plazo son negativos. Si bien esto es una simplificación excesiva del problema, es una idea que se debe utilizar como un trampolín para una mayor contemplación y aplicación específica.

Es la condena que nos dejaron Adán y Eva, pero también es su regalo.

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