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ENTREVISTA

Jesica Scheimberg, shlijá comunitaria

“A pesar de las dificultades, podemos llevar a la práctica todo lo que imaginemos y soñemos”

Hace un año llegó de Israel, y sus actividades como shlijá en el seno de la kehilá han sido incontables: trabaja con el Departamento de Juventud y Educación de Hebraica y con muchas otras instituciones de la comunidad. Conversamos con Jesica sobre este año de actividades, y sus perspectivas para los que vienen

—¿Quién es Jesica Scheimberg?

—Nací en Argentina, de donde hice aliá a los 10 años con mi familia —mis papás y hermana— a Beersheva, donde vive una gran comunidad latinoamericana. Siempre crecí en medio de olim, los inmigrantes que llegamos a Israel. De esa manera, por un lado tenemos nuestra identidad latinoamericana, y por otra parte estamos tratando de construir una vida nueva, una identidad nueva, en Israel. Estas son cosas que desde entonces me marcaron para ser hoy lo que soy.

A los 13 años empecé a activar en un movimiento juvenil, y en la Escuela de Madrijim tomé el camino como madrijá, donde me enamoré de la educación. También, durante 6 años bailé danza contemporánea y fui madrijá de baile. Luego me enrolé en el ejército, en una unidad que se llama Tzarel, que agrupa a voluntarios de todas partes del mundo, de todos los países, de todas las edades, que quieren colaborar en el ejército por sentimiento de amor con Israel, con el sionismo. Mi cargo era ser la guía de esos grupos que venían de todo el mundo, de 15 a 80 años de edad, judíos y no judíos. Me encargaba de organizar la parte logística con los comandantes locales de cada base, pero sobre todo la educación, la parte del sionismo, de conocer la sociedad israelí, ser como una embajadora con todos esos grupos que venían a conocer y alimentarse de todo lo que se vive dentro del ejército. Ahí yo sabía, lo tenía muy claro, que mi amor era por la educación, la diplomacia pública, por representar a mi país y mi sociedad.

Al terminar el ejército, a los 21 años, viajé a Toronto, Canadá, trabajé en un campamento comunitario como la shlijá de Israel, y en la escuela judía. Cuando regresé a Israel seguí trabajando con otras ONG de educación para la naturaleza. Y paralelamente trabajé en un campamento de refugiados de Eritrea, jóvenes de 13 o 14 años, no judíos. Todo esto me fue marcando mucho en mi visión de la educación, y por eso me preguntaba ¿qué tenemos que hacer para que esta sociedad mejore?

A los 22 años empecé a estudiar Relaciones Internacionales y Estudios Latinoamericanos en la Universidad Hebrea de Jerusalén, y también trabajaba en el Parlamento israelí, en el departamento de educación, que se encargaba de recibir las delegaciones diplomáticas de países hispanoparlantes; un trabajo muy enriquecedor, que abría muchas puertas. Cuando terminé la carrera me mudé a Tel Aviv, donde trabajé en el Consulado de México.


—¿Cómo surgió lo de la Shlijut?

—Los trabajos, las experiencias, las oportunidades que tuve me llevaron a entender qué quiero ser, qué persona quiero ser. Sentí que había llegado el momento de salir de Israel y trabajar con las comunidades de la diáspora. Por casualidad conocí a Vivi Burstyn, la shlijá que había estado en este cargo antes que Marcelo “Chelo” Ellman. Hablé con ella, tuvimos una buena conexión, y me comentó su experiencia en Venezuela, el trabajo tan maravilloso que hay que hacer, los jóvenes tan activistas de la kehilá, que aquí se podían inculcar los valores sionistas y el amor por Israel... Me entusiasmé mucho con la idea, me entrevisté con Anabella Jaroslavski, y aquí estoy. Previamente había venido en julio de 2015 para tener un feedback e inmediatamente me enamoré. Siento que este es mi lugar, que mi misión está acá. Aquí puedo educar, trabajar, inculcar valores, enfocarme en los procesos educativos, representar al Estado de Israel y su relación con la diáspora. Este es el lugar para mí.


—¿A qué actividades te dedicas en Venezuela?

—Soy la shlijá de la Agencia Judía. Trabajo con toda la comunidad, específicamente con la gente que se concentra en Hebraica, y también con la Federación Sionista, el ICVI, el Keren Hayesod, y dentro de Hebraica trabajo con todos los departamentos a nivel institucional, sobre todo con los eventos que se relacionan con Israel, como la asociación con la ciudad de Shoham, y trabajo con el equipo local de proyectos para jóvenes y adultos, los programas para Masá, el programa Taglit para jóvenes de 18 a 26 años, y también manejo el Departamento de Aliá de la Agencia Judía. Mi principal labor es en el Departamento de Juventud y Educación, que es donde está la parte fuerte: los jóvenes. Yo asesoro al equipo de profesionales y gerencial del departamento, en los procesos educativos: lo que tiene que ver con sionismo e Israel, actualidad, diplomacia pública, hasbará, y trabajo con los movimientos juveniles de Hebraica: Macabi y Hashomer Hatzaír.

Con el Colegio, trabajo en el marco de Arajim, que son clases para quinto año, donde escribo el pénsum del segundo trimestre de las clases, que es sobre Israel. También me encargo de IsraelMun, que es como el modelo de las Naciones Unidas pero sobre Israel; esto para 3°, 4° y 5° año. También doy charlas sobre oportunidades de estudio en Israel.

Un proyecto interesante que traje el año pasado es el seminario de liderazgo Manigut, donde trabajamos con todos los jóvenes que activan en la comunidad, que tienen potencial para el crecimiento, y por eso los invitamos a profundizar en ese proceso: darles las herramientas para el crecimiento, para la búsqueda individual, que entiendan su rol como jóvenes.

Estoy dictando un curso de hebreo práctico todos los martes, porque el idioma es la ventana para la cultura, para conocer Israel. Este año comenzamos el proyecto del Mes del Hebreo para intensificar nuestra identidad como judíos, como sionistas, como comunidad. Capacito a los miembros del Proyecto Mekorock, en cuanto al Beit Midrash, donde aprendemos nuestras fuentes judaicas y las relacionamos con temáticas actuales y con la justicia social.

Trabajo desde la mañana hasta la noche, incluyendo fines de semana.


—¿Qué balance haces de la juventud comunitaria en Venezuela?

—Acá es admirable cómo, a pesar de la situación, se puede salir adelante desarrollando proyectos, y creciendo a nivel educativo. Siempre hay un seminario, una charla, un evento, una actividad… Este es un ejemplo a seguir a nivel continental. No hay una comunidad como la de Venezuela, y mucho más considerando la situación que aquí se vive.

El reto que tenemos con la juventud es que centren la atención, que dejen a un lado los celulares, y logremos captar su atención. La educación es un proceso, y no se ven los resultados inmediatamente. Uno debe ir poco a poco, sembrando y cosechando, podando aquí y allá. Yo tengo fe de que con educación, trabajo y capacitaciones podremos crear una juventud mucho más activa, más comprometida, más consciente. Aquí hay potencial, hay jóvenes increíbles.


—¿Cuál es la mayor satisfacción que has tenido en este año de trabajo?

—En enero pasado cumplí un año en Venezuela, ahora firmaré por un año más, porque siento que hay muchos retos que quiero asumir y cumplir, y procesos que apenas estoy comenzando y necesito tiempo para verlos crecer. Desde el primer momento me recibieron de la mejor manera posible, desde el madrij más joven hasta el presidente de Hebraica. Anabella Jaroslavsky es la guía que siempre me apoya y me da espacio para crecer y crear. Aquí hay una conciencia mayor acerca de los procesos educativos, qué queremos hacer y qué queremos lograr. Mi meta para el próximo año es poder traer mucho más a Israel, tener más espacio para exponer las bellezas de esa, nuestra otra casa; conocer Israel a profundidad, a pesar de las limitaciones. Siguiendo el ejemplo de los pioneros podemos llevar a la práctica, a pesar de las dificultades, todo lo que imaginemos y soñemos.

S.R. / Á.M.

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