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OPINIÓN

La Unesco contra Jerusalén



Tsega Melaku*

N ací en Etiopía, África. Mis antepasados llegaron allí tras la destrucción del Primer Templo. Durante miles de años mi comunidad anhelaba el hogar perdido en Jerusalén, con la esperanza de retornar algún día y reconstruirlo. Cuando algunos estudiosos iban allá a hablar con los judíos, lo primero que se les preguntaba era “¿Cómo están nuestros hermanos en Jerusalén?”, seguido inmediatamente por “¿Ha sido reconstruido el Templo?”. La esperanza de regresar nos daba la fuerza que necesitábamos para soportar las persecuciones y el antisemitismo. Siempre rezábamos por la posibilidad de retornar algún día. No a Tel Aviv o Haifa, sino a nuestra Jerusalén.

En los años 1980, cuando Etiopía, apoyada por la Unión Soviética, nos impedía regresar a Jerusalén, no nos dimos por vencidos y lo hicimos contra todos los obstáculos. Hombres, mujeres y niños caminaron, descalzos, a pesar de peligros mortales, hasta que fueron trasladados por aire a Israel. Este largo viaje fue como una moderna versión del Éxodo, y fue conocido como “Operación Moisés”. El trayecto a pie, en el que miles morirían de hambre o enfermedades, tenía un solo propósito: regresar a Jerusalén para reconstruir el Templo donde una vez estuvo.

La semana pasada, la Unesco ratificó una resolución que pretende cortar los lazos del Judaísmo con el Monte del Templo. Yo experimenté el antisemitismo mientras crecía en Etiopía, donde nos llamaban falashas: los extraños, los indignos, aquellos a quienes había que negar todos los derechos. Los etíopes aspiraban a que nos convirtiéramos al Cristianismo, pero nos mantuvimos leales a Yirusalem, como la llamábamos. Ese anhelo nos motivaba y nos hacía más fuertes, y al final lo logramos.

Es simplemente alucinante que 24 países votaran a favor de borrar los vínculos judíos del Muro Occidental y el Monte del Templo; eso me dejó desconcertada. Estoy igual de desconcertada por el hecho de que 26 Estados se hayan abstenido. Hubo solo seis justos en la ciudad de Sodoma, que votaron en contra.

Todos los que votaron a favor de esa resolución deberían tener presente que la historia es más poderosa que la política

¿Debemos evitar la confrontación en estos temas? ¿Deberíamos tan solo ignorar esas resoluciones y decir que no valen ni el papel en el que están escritas? Habiendo estado al frente de los esfuerzos de diplomacia pública de Israel en ambientes hostiles, creo que nunca deberíamos esquivar esas batallas. Incluso cuando la sangre nos hierve y la situación luce como una afrenta, uno no debe abandonar el ring de boxeo, porque ello equivaldría a rendirse.

La misma determinación que tuvimos en nuestro camino hacia Jerusalén debemos tenerla para aclarar los hechos históricos ante el mundo, en el ámbito que sea, no solo para honrar la memoria de aquellos que perecieron camino a casa, sino además porque al final podemos lograr que la gente vea las cosas de una forma distinta y responda favorablemente. De hecho, la directora general de la Unesco, Irina Bokova, acusó la influencia de esos esfuerzos y presentó una versión más balanceada después de que se aprobó la resolución, diciendo que tanto el Judaísmo como el Islam tienen vínculos con el Monte del Templo. Ella fue luego denostada por algunos tras hacer esas declaraciones.

Todos los que votaron a favor de esa resolución deberían tener presente que la historia es más poderosa que la política. Es incluso más poderosa que los esfuerzos por hacer ver a Israel como una entidad extraña que no tiene lugar en esta región. Yirusalem es nuestro hogar.

*Reportera de la Autoridad de Radiodifusión de Israel

Fuente: Israel Hayom. Traducción NMI.

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