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VIDA RELIGIOSA

El verdadero líder espiritual


Chaim Raitport
Rabino de la Unión Israelita de Caracas
rabinoraitport@gmail.com

¿Q uién es un auténtico líder espiritual? ¿El venerable sabio que se sienta a analizar profundamente un antiguo volumen de sabiduría, o quien, en las calles, acompaña y guía a los perplejos y es mentor de las almas que buscan un norte? ¿Será el erudito cuya mente está inmersa en el conocimiento antiguo, o el que socorre a los necesitados y aconseja a los pobres? ¿El rabino piadoso cuya oración y meditación derrite corazones, o el alma alegre cuyo regocijo ilimitado se expresa en el canto y la danza espontánea?

Se trata de un viejo debate, pero de innegable actualidad, que ocurre en las diferentes etnias. Los judíos también debatieron esta cuestión, cada bando insistiendo en que su ruta es la correcta. Algunos creen que la verdadera adoración de Dios se encuentra en la reclusión, el estudio y la oración meditativa. Otros sostienen que Dios se encuentra entre su pueblo, en la calle y en sus hogares.

El primer modelo de líder, quien está apartado de las masas, sin obstáculos dedica su tiempo al estudio profundo y al culto. Este líder puede convertirse en un verdadero modelo a seguir y admirar. La desventaja es que este tipo de dirigente no está en contacto con las personas, y no entiende realmente sus necesidades ¿Cómo pueden guiar sin saber las necesidades de los que están destinados a conducir?

El segundo tipo de dirigente se dedica a su rebaño, que verdaderamente conoce; se relaciona con sus preocupaciones y entiende sus necesidades. El líder comprometido puede dirigirse a las masas, colocarse a su nivel y hablar con ellos en su idioma. Por otro lado, estos dirigentes están expuestos a las influencias externas y corren el riesgo de poner en peligro su propia búsqueda espiritual, su altruismo e incluso su integridad.

Cada modelo es válido en sí mismo, pero la única manera de determinar cuál fue liderazgo judío original es volver al inicio y buscar nuestra respuesta en Abraham, el primer patriarca del pueblo judío.

Sin embargo, Abraham produce más confusión que claridad. Al revisar su historia, comprendemos que abarcaba ambos modelos, e incluso podría haber sido el origen del debate.

Su nombre original fue Abram. Justo antes de designarlo como el primer patriarca de la nación hebrea, Dios cambió su nombre a Abraham. Abram es una amalgama de dos palabras hebreas: Av, que significa “padre”, y Ram, que significa “exaltado”. Mediante la adición de la letra hei justo en la mitad del nombre original del patriarca, Dios enseñó a Abraham la función propia de un líder.

La Torá nos dice que la letra hei representa las palabras hebreas Hamón Goyim (“multitud de naciones”). Dios parece decir: “Si quieres ser un patriarca, no puedes recluirte en una torre de marfil y divorciarte de las multitudes. Debes dejar de ser un Abram, un padre exaltado y distante de tus hijos, y convertirte en un Abraham, que se relaciona con las multitudes”.

De hecho, una sucinta revisión del estilo de vida de Abraham mostrará que él era un maestro que estaba en contacto constante con sus semejantes, en lugar de ser un erudito solitario. Abraham provocó un movimiento religioso revolucionario que trasformó la antigua Mesopotamia. Antes de Abraham, ese lugar era un bastión de la idolatría y el culto pagano. Abraham organizó conferencias masivas y mantuvo debates públicos. Además, escribió más de cuatrocientos manuscritos que describen sus argumentos en favor del monoteísmo. Fue un activista en cada nivel, alimentó a los hambrientos y alojó a los pobres, ilustró a estudiantes y a las masas educadas.

El primer patriarca no fue un solitario académico. Era un hombre inducido a compartir su mensaje; una antorcha que encendió una fogata. En todos los aspectos, Abraham era un hombre del pueblo.

A primera vista parecería que Dios respaldó el estilo de liderazgo de Abraham. Tu nombre, según parece decir el Amo del Universo, no se ajusta a tu carácter. Cambio tu nombre para reflejar mejor tu estilo, porque esa es la forma de liderazgo que deseo para mis hijos.

Sin embargo, en un estudio más profundo, encontramos esta explicación demasiado simplista. Si Dios quiso trasmitir un mensaje de activismo sobre la piedad personal, habría cambiado el nombre de Abraham a algo así como Ami-el, que significa “mi nación es divina”, o Betoj-Ami, que significa “entre los de mi nación”. En lugar de ello, Dios conserva el nombre original de Abraham en su totalidad, y se limitó a añadir la letra hei.

Parece que el mensaje divino destinado a Abraham fue que uno u otro enfoque pueden funcionar. Se puede ser un padre exaltado, si ese es el estilo de dirección particular, o si se percibe como el enfoque apropiado para la comunidad. Sin embargo, no se rechaza categóricamente el otro modelo. Ser un padre que está involucrado con las multitudes es también un enfoque válido, si tal es su estilo de liderazgo o si se tiene en cuenta que es el enfoque apropiado para el momento y lugar. Se es libre para adoptar cualquiera de los dos estilos de liderazgo.

Si bien es cierto que ambos enfoques son válidos y que cada líder debe elegir de acuerdo a sus circunstancias, creo que el enfoque óptimo, de hecho, se puede encontrar en el nombre combinado de Abraham.

Salir de una casa de estudio y un santuario es un riesgo espiritual solo si el mundo exterior representa un compromiso a la integridad. Aquel que puede llevar el aprendizaje y la intensidad del santuario a los grandes espacios abiertos no tiene por qué hacer elección alguna. Tales líderes pueden prosperar en el ámbito exterior.

No tenemos por qué elegir entre la piedad aislada en el interior de un recinto y la conexión comprometida con Dios en espacios externos. Podemos hacer ambas. En tanto Abraham se ocupe de la tutoría, la orientación y la enseñanza de la Torá a las masas, sería inmune a las influencias del exterior. Estaría tan ocupado elevando a sus semejantes que no podía ser arrastrado hacia abajo.

De esta manera, es muy posible ser un Abra “ha” m: un padre exaltado a los niveles más altos, entre las multitudes. Para lograrlo, debemos aprovechar la fuente de energía espiritual que Dios invistió en el alma de Abraham, y por su intermedio, en cada uno de nosotros.

¿Podemos salir de nuestros protectores capullos espirituales sin comprometer nuestra piedad e integridad? La respuesta es afirmativa, pero solo si llevamos con nosotros la Torá y la intensa conexión espiritual que poseemos.

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